lunes, 7 de julio de 2008

Lo que falta ¿es Educación?

¿A qué le llamamos “educación” cuando la reclamamos?

Desde los tiempos de la Ilustración, y tal vez, desde tiempos mucho más remotos, una idea ha calado hondo en el imaginario social. Para entenderlo en términos argentinos podríamos traducirlo así: “El problema de este país es que falta educación, si el pueblo fuera menos ignorante no tendríamos los problemas que tenemos”. ¿Quién no ha escuchado esta frase alguna vez, quién no ha pensado en la educación como salvadora, como panacea que podría acabar con los problemas que enfrentamos? En la educación en definitiva, se depositan las esperanzas de un futuro mejor. Pero, ¿es así? Y cuando hablamos de educación, ¿de qué hablamos?

Eso que llamamos Educación, así, con mayúscula, como una entidad unívoca, como un concepto que con solo nombrarlo invoca una magia sin contradicciones; no existe. La educación implica muchas cosas y en no pocas oportunidades, lejos de ser portadora de valores positivos para el desarrollo social, se convierte en la fuente de transmisión de los peores vicios y miserias. Tenemos arraigada la idea de que siendo una sociedad atravesada por múltiples contradicciones, sin identidad ni objetivos políticos comunes, en definitiva, sin proyectos colectivos, la Educación, que provendría de algún lugar cercano al limbo, nos salvará. Sin embargo, ¿quiénes son los que educan? ¿Quiénes que no seamos nosotros mismos?

La raíz de la palabra maestro esta emparentada con la palabra mostrar, enseñar era y sigue siendo básicamente mostrar, el profesor demuestra al alumno su propia comprensión del material, su capacidad para realizar el experimento químico, su capacidad para resolver la ecuación en el pizarrón, la mano guía la del alumno sobre las teclas del piano, la enseñanza ejemplar es actuación y hasta puede ser muda. Todas las planificaciones escolares en todas las materias hablan de fomentar en los chicos la tolerancia, el respeto por el otro, los valores ciudadanos, la igualdad de oportunidades; tenemos la ilusión de transmitirles esos valores y principios. El problema es que no actuamos así, no les mostramos eso. El sistema educativo argentino no actúa movido por estos principios.

Pongamos como ejemplo a los que son considerados los mejores colegios de la Argentina, los que en las mediciones de calidad que tanto les gustan a los técnicos son calificados como de excelencia académica. Los tenemos de dos tipos: por un lado, colegios privados con una infraestructura imponente, mucho idioma, mucha computación, mucho proyecto, mucho orgullo de pertenecer y llevar esos uniformes que tan claramente los distinguen. Eso sí, la cuota es carísima. Por otro lado, tenemos a los prestigiosos colegios dependientes de las universidades nacionales a los que se accede luego de un durísimo año de competencia con los otros aspirantes, y en los que queda claro que solo entran los más aptos, los mejores promedios, los que no se han equivocado o se equivocaron muy poco, los que tuvieron el temple y sobresalieron del montón. En esa línea están también cada vez más colegios que prometen la tan mentada y de moda “excelencia académica” y que en esa carrera y con ese objetivo van dejando en el camino a todos aquellos que no pueden seguir el tren. A todos ellos los une un principio subyacente, tienen en común el manejo de una lógica de exclusión. Y esto lo están viendo y viviendo los chicos; tanto los que pertenecen a estos colegios como los que se quedaron afuera. Esta lógica excluyente se transmite, se enseña, se muestra, no explícitamente claro.

Lo que subyace como discurso subliminar, lo que en educación se llama el “curríuculum oculto” de esta lógica es: “sálvate a ti mismo, o sálvese quien pueda”. Es por eso que llegados a este punto seria oportuno que nos preguntemos: la excelencia académica, ¿no tiene nada que ver con generar espacios de creación colectiva? Por qué no pensar en la fuerza del trabajo grupal, en el equilibrio y enriquecimiento que generan los emprendimientos colectivos. En donde el encuentro con el diferente de nosotros en lugar de una amenaza pueda ser una oportunidad. Por qué es excelente acumular determinados conocimientos y no es excelente trabajar con los chicos que tienen dificultades, fomentar la colaboración más que la competencia, la construcción entre todos ubicando diferentes roles, hablar y ejercer la igualdad.

Lo que falta no es educación, así a secas, sino un proyecto educativo que tenga como objetivo construirnos como sociedad. Una comunidad no es un conjunto de gente viviendo cada uno en pos de sus propios objetivos y bregando por sus propios intereses. Los problemas que enfrentamos, las rarezas que nos pasan, no tienen como fondo la falta: el problema es lo que hay.

Hoy en día, sin embargo, ésta es la sociedad que tenemos, ésta es la sociedad que somos y, por lo tanto, es una quimera pensar que nuestra educación pueda llegar a ser diferente. ¿Quiénes sino nosotros somos los educadores? Queramos o no, las nuevas generaciones nos están mirando. Más allá de nuestras buenas intenciones, lo que hacemos es nuestra mayor enseñanza. Tratemos de ser dignos Maestros.

Sergio Wischñevsky * Historiador de la UBA, rector de la Escuela del Caminante.
http://www.pagina12.com.ar/diario/mitologias/27-107354-2008-07-07.html

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