viernes, 20 de febrero de 2009

A vista de perro

Pepcastelló

Hace ya años, allá por entre los sesenta y setenta, tuve ocasión de ver una colección de fotografías titulada “París visto por un perro”. Las fotos no eran nada del otro mundo; calles, papeleras, bancos, farolas... Pero el fotógrafo había hecho todas las tomas desde una altura no superior a la de un perro mediano, lo cual le daba una perspectiva inusual a lo cotidiano.

Ponerse a la altura del otro para tratar de ver las cosas como él las ve, no es lo corriente, sino un difícil ejercicio que apenas hace nadie porque encierra el riesgo de perder las ventajas que nos da la carencia de empatía. Pero es la condición necesaria para entender los puntos de vista, las opiniones, los sentimientos y las acciones ajenas.

Algo de esto me vino a la mente cuando leí en su día el artículo de Leonardo Boff “En la sala de la Ex-Inquisición” [KOINONIA/Boff/083]. En respuesta a los cargos que le hacía el Cardenal Ratzinger, que le acusaba poco menos que de herejía, Boff dice: «usted no tiene ojos para la teología de la liberación porque ve el mundo de los pobres por esas ventanas cuadradas por donde no llega su grito». Elocuente cruce de acusaciones que dejaba claro donde estaba cada cual.

Lo he recordado de nuevo hace muy pocos días al leer el testimonio de unas cooperantes en los “asentamientos humanos” de Chimbote, puerto de mar pesquero, en el norte de Perú, con fábricas de harina de pescado que emplean en precario, junto con la pesca cuando no hay veda, a la mayor parte de la población obrera. Chozas sin agua, calles de pura arena, son el “hábitat” de esa creciente población hambrienta y marginada, explotada por los ricos y pastoreada por un obispo, español para más señas, que vive en una zona residencial fuertemente custodiada, a la cual tampoco llegan los gritos desgarrados de los pobres.

Es evidente que esta Iglesia Católica Romana mira desde lo alto; que sólo se postra de rodillas y mira hacia arriba cuando mira al cielo, pero que se mantiene altiva ante la realidad del mundo en que vivimos. Ni por un instante se le ocurre a esa alta clerecía salir de su privilegiado entorno palaciego para mirar desde la perspectiva de la población doliente, cargada de penas y privada en su realidad de los más elementales derechos por la dureza de corazón de los amos del mundo. La miseria humana a ras de suelo, a vista de perro, no es lo que quieren ver esos clérigos encumbrados, sepulcros blanqueados, corazones de piedra, amantes del bienestar material, de los honores mundanos, de los atributos del poder.

Desde la libertad de pensamiento que ofrece la no adhesión a ninguna confesión religiosa, sin la mirada excelsa de quienes tienen su mente acomodada a celestiales visiones y a doctrinales interpretaciones, el hereje impenitente que esto escribe ve como pura vergüenza las referidas conductas, episcopal y cardenalicia, tan distantes de esas capas de población miserable, excluida, marginada. Ni rastro de Buena Nueva se vislumbra en sus comportamientos; ni una brizna de amor ni de compasión en sus corazones ante tanta humanidad lacerada.

¿Imagina alguien a Jesús ignorando altivamente al leproso que le suplica?

Pero Jesús anunciaba el Reino de Dios, no la Iglesia, que es lo que llegó en su lugar, como bien señaló Alfred Loisy. Jesús no se mantenía alejado de los pobres, pero la Iglesia instituída a fuerza de concilios vive instalada en el mundo rico. Sólidos muros de piedra, de sentimientos y de intereses separan a los de arriba de quienes viven en el polvo y en el barro. Ni el mensaje de Jesús ni el llanto de los pobres pueden atravesar esas colosales murallas. Ni uno ni otro pueden ser escuchados desde los suntuosos aposentos de quienes se erigen en representantes divinos.

A quien esto escribe no le es fácil ver la sede de Pedro bajo la cúpula vaticana, sino más bien la de Constantino y quienes le sucedieron. Diez y seis largos siglos de alianza y connivencia con los poderes terrenales, de ignorancia voluntaria del sufrimiento de millones de seres bajo el domino de las clases pudientes así lo atestiguan.

Posiblemente quien esto lea pensará que quien lo escribe no goza de la altitud de miras que da la fe en la Santa Madre Iglesia Católica. Nada más cierto. Tal vez si la tuviera su perspectiva sería otra, mucho más excelsa, no tan cercana a la de un perro. Tal vez entonces no pensaría, como piensa ahora, que los millares de “madres teresas” y de “santos romeros” que ha habido y hay en diversos lugares del mundo no bastan para compensar el daño que hace el mundo rico, ni para blanquear la podredumbre que encierra el fausto clerical. Tal vez. Pero ya advertimos desde un buen comienzo que estamos mirando desde abajo, a vista de perro.

Pepcastelló

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