lunes, 30 de marzo de 2009

Los medios y el variable sentido de cada palabra

Eduardo Pérsico

Cada palabra se jerarquiza o envilece según desde donde se pronuncie. En ámbitos como podría ser el profesoral o académico hasta cuenta la altura que asume el dicente, y sería ocioso abundar con otras establecidas convenciones. Así bien vale decir que por ‘palabra’ comprendemos los idiomas y dialectos para la comunicación, talvez desde que la especie humana se agrupara en manadas donde además del hambre, el mayor factor de integración resultara la palabra. Su buen o mal uso devino en convivencias, separaciones, luchas, descubrimientos y postergaciones. En la difusión del conocimiento sólo la palabra enlaza los nuevos conceptos con los ya existentes en la estructura del individuo, y de ahí en más si ella se traiciona o malversa puede acarrear significados siniestros a la sociedad toda. Y volviendo a la posición desde dónde y cómo se pronuncian las cosas, Napoleón Bonaparte aseguró ‘un Idioma es un dialecto con un ejército detrás’. Una clara definición del Poder de la fuerza armada en este caso, para la construcción de pensamiento de las comunidades, un asunto tan bien ilustrado por la adopción del castellano en Sudamérica en desmedro de las lenguas nativas. Un logro del poder militar afín a la infinidad de púlpitos del invasor sobre quienes aquí vivían; brutal invasión del norte al sur cruzando el Ande hacia la inmensidad de la pampa sureña, indiscutible verdad que nos fuera escamoteada durante siglos aunque por fortuna, hoy muchos españoles aceptan desde dónde y con qué palabras el Poder supo contarnos la historia.

Últimamente se diría que a la universal estafa urdida en Wall Street para zafar a USA de su pantano entre producción y consumo, hoy los impagos se llaman ‘activos tóxicos del sistema’, los despedidos son ‘aspirantes a un seguro social’, las familias masacradas en Medio Oriente por los yankis ‘daños colaterales no deseados’, y en Argentina, - esta misma de sentirnos ingenuamente ajenos a toda manipulación ideológica- las corporaciones informativas malversan y trastornan sin piedad al pensamiento colectivo. Falseando, extrapolando y denunciando improbables atentados de los malos contra los buenos, bien maniquea la cosa, esas corporaciones fabricantes de opinión retomaron un rol decisivo en nuestra disputa interna, favorecidas hoy por la demorada disputa entre una parte del sector agropecuario y el gobierno constitucional. Sin reparos, la mayoría de radios, televisoras y diarios tradicionales machacan como noticias sus opiniones haciendo estas indiscutibles, un antiquísimo ardid que descubriera al diputado socialista Alfredo L. Palacios allá por 1905, al desafiar en la calle a un escriba que no explicitara bien sus dichos ‘usted no repitió mis palabras exactas y como eso es una injuria personal, debería prepararse’.

Hoy principalmente los canales televisivos compiten para pronunciar la frase más descomedida contra el gobierno constitucional, adversario a quien aspiran a decapitar usando cualquier recurso ante la inminencia de ser presentado ante el Congreso Nacional, por cuenta del Poder Ejecutivo, una nueva ley de radiodifusión que suplantaría otra sancionada hace décadas por un gobierno militar de facto. Ese cambio que si es bien intencionado, democrático y culturalmente actualizado, lo merece todo país organizado en lo institucional, pero cayó como un baldazo entre los tradicionales dueños de los medios de comunicación en Argentina. En principio por el riesgo que implica sacudir las sábanas de recientes fantasmas nacionales, como la desaparición de personas donde tantos responsables aguardan turno para desfilar ante Tribunales. Para ellos donde no falta gente de los medios, curarse en salud y diluir esa realidad que puede acosarlos no sólo económicamente sino en jurídicamente personal, es primordial. Así que de inmediato surgió la descalificación sin debatir y el ataque frontal contra esa ley, encabezada por los más conocidos locutores televisivos que dicen todo con esa sonrisa diluida de quien lo están violando pero dólares más o menos, les gusta.

Así las cosas, es notorio en el conflicto gobierno-ruralistas la supresión de términos inteligibles para la comprensión del relato. Además del trasnochado ‘quienes cortan las rutas son asambleístas autoconvocados’ y ‘los camioneros ajenos que quieren pasar son provocadores del poder sindical’, renglones para inquietar con un próximo enfrentamiento social, también es poco visible la mescolanza conceptual que todos soslayan en el conflicto. ¿En qué sistema económico estamos insertos? Mostrando su Capitalismo puro y sin discusión, los dueños de la tierra suelen exhibir en su tranquera ‘Propiedad privada. No pasar’. Doctrina bien opuesta al Estado Benefactor keynesiano, dirían sus economistas contrarios a toda semblanza socializante aunque hoy como siempre junto a los dueños de la tierra, tan liberales y capitalistas, si pierden exigen el auxilio del Estado y en sí, de la comunidad íntegra. Si los sacude la sequía, bajan los precios internacionales o deben pagar retenciones a las exportaciones, - cargas impositivas dentro del Capitalismo iguales al acrecentamiento de los controles cuando se vende al exterior y evitar mayor evasión tributaria- cada productor rural se enrola contra al Estado por su no intervención a favor de ellos y sin cambiar de monta, silencian su ideología Capitalista como buenos patrones de la tierra, para que el Estado Benefactor le atempere sus pérdidas. sus pérdidas. Cuando si fueran en verdad Capitalistas, según discursearon siempre, ante las pérdidas irreparables venderían sus tierras y a otra cosa. Algo que debe hacer cualquier productor de otro ramo: si pierde con su explotación la vende porque no puede cargar su fracaso a la comunidad toda. En el Capitalismo, gane o pierda, nadie tiene derecho sobre los demás; así como ninguno tomaría ese campo del que hablamos, por tratarse de una propiedad privada. Algo que por omisión o escamoteo, en ningún medio jactancioso de su pluralidad informativa se dice. Qué lamentable, ¿no?

Eduardo Pérsico, escritor. Nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

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