lunes, 25 de agosto de 2008

Plegaria atea

Pepcastelló

Recuerdo mi primera estancia en Taizé, la impresión que me produjo aquel excepcional lugar y la emoción de aquella forma de plegaria colectiva. Llevaba años sin orar y sin recitar un solo padrenuestro cuando me vi sumergido de pronto en aquella atmósfera de cantos y silencio. El impacto emocional que me produjo me es difícil de explicar. Tanto me impactó, que de regreso a casa me propuse hacer plegaria a diario. Pero en solitario y a palo seco, es decir, sin el soporte emocional que allí tenía, no me fue fácil.

Hacer plegaria en Taizé es sencillo, pues todo está eficientemente estudiado para que quien participe en ella se vea emocionalmente abocado hacia su propio interior. El silencio, la luz tenue, la sensación de projimidad que da una multitud postrada en el suelo sin sillas ni bancos y algo apretujada; los cantos breves, de entre seis y ocho compases la mayoría de ellos, con una sola estrofa, a cuatro voces los más, que se repiten incesantemente como un mantra y llegan hasta lo más hondo... Todo junto actúa como una excelente catarsis emocional que hace aflorar los más profundos sentimientos.

El efecto conseguido dentro del templo se prolonga a la salida. No hay bullicio ni nada que nos adormezca la conciencia, y los cantos resuenan en la mente durante todo el día. Es muy difícil zafarse de la atmósfera de Taizé mientras se permanece en aquel recinto. Cierto que la alegría está presente en todos los rincones, porque Taizé está pensado para jóvenes y rebosa juventud por doquier, pero esa es una alegría natural, sana, que no representa ningún obstáculo para el recogimiento.

Por aquel entonces yo no había leído todavía el opúsculo de Marcel Legaut “Plegaria de hombre”, de modo que descubrí por mí mismo que orar es, ante todo, «abrir el alma y ponerse en presencia de la propia conciencia». Da igual lo que se diga y da igual a quien se le diga, porque la plegaria es el alma que brota por la boca de quien canta, de quien ora, de quien llora en silencio. Es la toma de conciencia de la propia dimensión interior. Y esta forma de orar no necesita explicitar ninguna creencia, y por esta razón sirve tanto a las almas creyentes como a las ateas.

La plegaria en casa no está tan asistida. No goza del apoyo de la multitud, de la música, del entorno... Exige pararse, dejar la acción y ocuparse durante unos minutos en tomar conciencia de la propia alma. Que se siga un determinado ritual y se tenga presente o no a Dios, eso dependerá de los gustos y las creencias que profese quien ore. Pero lo esencial de la plegaria, según yo lo veo, es la postración del alma, ese tomar conciencia de la propia pequeñez ante la Vida, ante el Misterio, ante el propio destino o ante lo que a cada cual le cuadre. Eso más la contemplación de todos los sentimientos que una tal forma de mirar y de pensar comportan, tales como agradecimiento, conformidad, humildad, etc. En fin, el tema es complejo y yo no soy un especialista, por tanto no me meteré en camisa de once varas. Si lo he abordado es tan sólo para compartir estas divagaciones mías y ver si alguien se anima a ofrecernos las suyas, pero iré a lo que iba.

Siguiendo con mis heréticas cábalas, una de las cosas que se me ocurren es que el cristianismo debiera “liberar” la plegaria. Es decir, que debiera dejar de tenerla “atada” a la idea de Dios, porque ya se ve que no es en absoluto necesario. Pienso que a la vista de cómo evoluciona el pensamiento colectivo en el mundo actual, el cristianismo y más concretamente el catolicismo que es la que me cae más cerca, debiera aplicarse a ofrecer prácticas de espiritualidad que pudiesen ser aceptadas por personas de diversas religiones y aun por no creyentes.

Las religiones son caminos de sabiduría que los distintos pueblos han ido hollando a lo largo de la historia en función de las circunstancias y sobre la realidad del corazón humano. Son por tanto mutables, evolutivas, y una prueba de ello es la mutación de sus dioses, que si en un tiempo fueron apasionados guerreros en otro fueron jueces severos, pasaron luego a ser amantísimos padres y han acabado desapareciendo en el mundo actual. La función básica de las religiones ha sido siempre la de generar esperanza y lanzar a las gentes en pos de la utopía, pues el corazón humano necesita nutrirse para no desfallecer, y esta necesidad sí que es invariable.

Dejando atrás épocas de superstición en las que lo sagrado constituía un universo amenazante al cual los humanos debían someterse, las religiones han ido evolucionando hacia una concepción cada vez más humana cuyo fin es la transformación interior de la persona y por ende la evolución de la sociedad hacia niveles de mayor humanidad. Los pilares sobre los que se asienta desde antiguo este proceso transformador son la reflexión, la forma de vida y la plegaria, los cuales no necesitan ninguna clase de tributo divino sino una sensibilidad humana que desee la transformación a la cual llevan. Y desde esta óptica, la plegaria puede ser vista como un ejercicio mental que no precisa de ningún dios que la escuche, porque es la mente de la persona orante quien la oye.

Bueno, ahora sí que me he ganado el anatema. Suerte que ya no se estilan las hogueras, pero aun así mejor será “que Dios me pille confesado”.

Pepcastelló

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