jueves, 27 de marzo de 2008

A 32 años del terror. A 32 años del amor.

El 24 de marzo del año 1976, es una fecha dolorosa para los argentinos; un momento histórico que marca el comienzo de una etapa que, por sus innumerables consecuencias, nos habita en memorias y olvidos desde entonces. Y, a la vez, nos marca como pueblo, nos identifica.

¿Se puede habitar el olvido?; sí se puede. Porque aquello que olvidamos, a decir verdad, es material que queda reprimido, sin poder salir a la luz; el motivo, quizás el principal, es la angustia que provoca saber.

Saber que muchos de nuestros compatriotas fueron masacrados, torturados; arrancados por la fuerza de su casa, de su trabajo, de los espacios públicos. Saber que muchos niños nacieron en cautiverio, para ser despojados de su verdadera identidad, para ser entregados - en las sombras - a familias que no eran la suya. Saber que el ser humano puede ser también terriblemente cruel y despiadado con sus congéneres, esto es, con los que comparten el género humano, la humanidad; ya que siendo todos humanos - hermanos en la condición -, aquellos militares, no pudieron reconocer en el otro su derecho a la vida, su dignidad, su libertad.

¿Se puede habitar la memoria?, sí se puede. Pero hay una exigencia irrenunciable: la valentía o el coraje; porque recordar es asumir la responsabilidad moral de ver y reconocer los acontecimientos de esa época; de vernos nosotros mismos en esos momentos y de asumir el lugar que ocupamos en ese entonces. Y a partir de esa rememoración, construir un espacio social que de sentido a nuestra historia colectiva, a nuestro lugar en el mundo, a la tarea que nos toca cumplir ahora, 32 años después.

Recordar, para encontrar con el paso de las horas, las huellas de ese tiempo, lo que se repite, lo que se supera, lo que se elabora. Nunca es suficiente, nunca se termina, porque no hay presencia más fuerte que la ausencia, nosotros debemos honrar a los ausentes; también tenemos que honrar a los sobrevivientes, a los que se exiliaron, a los presos y detenidos; a los que perdieron la posibilidad de concretar su utopía, de quedarse en su patria para ver crecer sus hijos, para despedir sus ancestros, para completar sus sueños.

El Golpe Militar fue un golpe al corazón de nuestra sociedad, que todavía nos golpea, que aún nos deja heridas. Es la fuerza, la violencia de un Estado que dejó de ser un Estado de Derecho; por lo tanto no hubo Estado, no existió justicia, ni jueces, ni tribunales, ni organismos que ofrecieran protección a los ciudadanos. Decir que hubo "terrorismo de estado" es nombrar una tremenda contradicción, porque los agentes del estado no deben aplicar una política de terror. Es por eso que resulta necesario hacer también una revisión de nuestros conceptos y de nuestros pensamientos; porque en el discurso se deja correr el error, el equívoco, la confusión.

En marzo del '76 nos quedamos sin democracia, sin asistencia, sin leyes que nos igualen y resguarden nuestras garantías constitucionales.

La Doctrina de Seguridad Nacional fue otra manera de nombrar aquel suplicio; ¿seguridad para quién?, ¿seguros de quiénes?, ¿asegurarnos de qué? Esa doctrina fue la ideología más mentirosa que pudieron crear; los que logramos conservar la lucidez, estábamos seguros de quién era el enemigo, y el enemigo ostentaba todo el poder.

Luego vinieron otras ideologías - tan engañosas como aquella -, como por ejemplo, la de "la lucha de los dos demonios": uno era el demonio de la dictadura, otro era el demonio de la subversión. Pero no se puede equiparar la violencia del estado a la violencia que pueda ejercer un grupo, por fuera de las instituciones estatales, al margen de ellas. Los demonios, en realidad, fueron ellos, los que llevaron adelante la terrible y lamentable "desaparición forzada de personas".

Una persona, un sujeto, un individuo, crece al amparo de su cultura, de sus mayores. Sabemos cuánto esfuerzo demanda criar un hijo, educarlo, ayudarlo a crecer. Esto no es una operación personal, es social, es de todos; una comunidad guarda un conjunto de esfuerzos para dar a las nuevas generaciones una identidad, una tarea, una herencia. Una comunidad aguarda durante un largo período, los frutos de su trabajo.

La desaparición por la fuerza, de muchos sujetos, de muchos jóvenes, deja desamparada a esa comunidad, desconcertada; es la tremenda violencia de la invisibilidad, de dejar sin rastro a una generación entera; de condenar a los hombres a la duda acerca de su paradero, de su destino final. Esas personas que se esfumaron, ¿dónde están?

Fue entonces que las madres y las abuelas de Plaza de Mayo comenzaron a transitar el gran esfuerzo de la búsqueda, del duelo eterno, de la exigencia de saber qué pasó; de saber dónde están sus hijos, quién se quedó con su descendencia, con sus nietos.

Ante la violencia, el amor.

Ante la fuerza brutal, el amor.

Ante la crueldad más vil, el amor.

Así me atrevo a resumir la tarea de las madres y las abuelas. Porque es ese amor lo que nos puede redimir en esta sociedad, golpeada por la tortura y la desaparición.

El amor necesario para crear los lazos sociales, para tener más hijos, para inventar ilusiones, para construir escuelas, para proteger la naturaleza, para cuidar a los ancianos, para plantar un árbol, para leer un libro.

Traer al presente, tener presente el horror de esos años, es muy triste; ver las imágenes de los que ya no están, conocer las historias interrumpidas por la injusticia, compartir con los jóvenes de la actualidad los documentales y las películas que reconstruyen esos acontecimientos, es muy triste.

Sin el amor de las madres y las abuelas, sin esa pulsión de vida, sería muy tremendo rememorar. Es por eso que digo que son 32 años del horror, pero también son 32 años del valor que da ese amor.

Al mismo tiempo que se engendraba la proclama de "aniquilar el accionar subversivo", comenzaba la búsqueda de los desaparecidos. Es por eso que hoy debemos retomar, retornar a esos dos extremos de nuestra historia; que, afortunadamente están en las antípodas, pero están los dos. Porque si solamente hubiese el terror, no podríamos seguir siendo humanos.

Para terminar, dejo lugar a un testimonio, de alguien digno de hablar sobre estos padecimientos. Porque son los testimonios de los que sobrevivieron a esos años, de los que regresaron al país, de los que salieron de las prisiones de la dictadura; los que nos permiten reconstruir fielmente esos tiempos.

Esos relatos están muy cerca de otros relatos de tragedias similares en Europa, en los tiempos del nazismo.

En su narración autobiográfica, Primo Levi, sobreviviente de un campo de exterminio, nos dice:

"La convicción de que la vida tiene una finalidad está grabada en todas las fibras del hombre, es una propiedad de la sustancia humana. Los hombres libres llaman de muchas maneras a tal finalidad, y sobre su naturaleza piensan y hablan mucho: pero para nosotros la cuestión es muy simple.

Aquí y hoy, nuestra finalidad es llegar a la primavera. De otras cosas, ahora, no nos preocupamos. Detrás de esta meta no hay, ahora, otra meta. Por la mañana, cuando en formación en la plaza de la Lista esperamos sin fin la hora de ir al trabajo, y cada soplo del viento se nos mete por debajo de la ropa y recorre en escalofríos violentos nuestros cuerpos indefensos, y todo alrededor está gris, y nosotros estamos grises; por la mañana, cuando todavía está oscuro, todos escrutamos el cielo hacia oriente acechando los primeros indicios de la dulce estación, y la salida del sol es comentada todos los días; hoy un poco antes que ayer; hoy un poco más caliente que ayer; dentro de dos meses, dentro de un mes, el frío nos dará tregua y tendremos un enemigo menos" (LEVI, Primo. Si esto es un hombre. Muchnik Editores. Barcelona. 2002. Páginas 119-120).

Angelina Uzín Olleros (*)

(*) Master de Filosofía (Universidad de París VIII). Profesora de las cátedras de Ética y Derechos Humanos (UADER). Problemática de la Ciencia y Filosofía Política (UNER)

(Artículo Publicado en la Revista Misceláneas. Año 3. Marzo de 2008. Nº 38)

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