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sábado, 19 de septiembre de 2009

¿Dónde Quedó La Palabra De Dios?

Veca Muelle

Quiero empezar esta misiva recordando el mensaje final de las conclusiones del Concilio Vaticano II, que vuelve a reconstruir una Iglesia Liberadora que retoma el camino de Cristo en su opción por los pobres.

Mensaje a la humanidad en la fe y en la palabra de Cristo que fue tomado como bandera por muchos de mi generación y que nos llevaron a despojarnos de todo egoísmo, hacer de la solidaridad y el mirar al que esta al lado, una forma obstinada de creer y consecuentemente de vivir. Aún cuando muchos jóvenes compañeros, amigos, padres, hijos, fueron torturados, asesinados y desaparecidos en todas las comarcas de América Latina.

En estos momentos difíciles que padece la humanidad violentada por un sistema tan injusto y desigual recuerdo el mensaje a los jóvenes 7.A, del Concilio Vaticano II. “…Finalmente, es a vosotros, jóvenes del mundo entero, a quienes el Concilio va a dirigir su último mensaje. Porque sois vosotros los que tenéis que recibir la antorcha de las manos de vuestros mayores y viviréis en el mundo en el momento de las mayores transformaciones de su historia. Sois vosotros los que, recogiendo lo mejor del ejemplo y de las enseñanzas de vuestros padres y maestros, vais a formar la sociedad de mañana; os salvaréis o pereceréis con ella.

Y esa Iglesia joven, con el rostro de Cristo joven, selló el pacto de compromiso social y de luz con millones de seres humanos que sobreviven en medio de la más absoluta miseria y desventura. Nunca sentimos a nuestra Iglesia en su opción por los pobres, tan hermana, tan cercana, generosa y viva.

Hoy, en los albores del siglo XXI, los monarcas en el ejercicio de fe, radicados en Roma y en nuestras latitudes, y que sentimos tan próximos físicamente y tan distantes espiritualmente, se escandalizan de la pobreza y se muestran complacientes con la riqueza y la inequidad.

Padecemos un mundo unilateral y hegemónico donde los poderosos, los mercaderes de la condición humana imponen el individualismo y la codicia como valores fundamentales en la construcción del ser. Estos pocos, infinitamente ricos, viven en olor de santidad comprando indulgencias a las jerarquías obispales que hicieron de la misión pastoral una forma de ejercer poder político y social.

Una Iglesia representada en su institucionalidad por quiénes en su pobreza de espíritu viven guarecidos bajo el ala de los que premian y castigan. Negociantes del verbo divino que no resguarda al manso y abandonan a su suerte a millones de seres humanos que nada tienen y aún más, están sometidos a la desdicha de no ser reconocidos como sujetos de la historia. Su humilde condición de excluidos del sistema los descalifica en sus opciones políticas y los reduce a la infame representación de la barbarie.

Viejos recuerdos me alientan y me desalientan. Y me apoyo en la humildad y en la firmeza en su fe de Monseñor Evaristo Arnz y en la entrega en cuerpo y alma de Monseñor Arnulfo Romero, Obispo de El Salvador, en el que me siento tan representada, recordando su palabra tan samaritana que me transformó en mujer de fe y no en mujer de duda.

Aquellas palabras pronunciadas en la que sería su última homilía “… siempre estaré al lado de los pobres, al lado de aquellos a quien Cristo amó con preferencia…”

Fue fusilado en medio del templo de Cristo.

Esa Iglesia que añoramos que con el verbo enseña al que no sabe; que techo y comida no son beneficio, sino parte de los derechos de vivir con dignidad.

Viejos recuerdos de jóvenes que creyeron en el prójimo, en construir una sociedad más justa, que hoy no están y que murieron hechos jirones me quiebra lo que queda de mi tenacidad.

Reducir la condición humana. Mutilándola. Rompiéndola. Dinamitándola. Precipitándola desde las alturas duele. Muchas palabras blasfemas fueron dichas en nombre de Dios para consolar a los desventurados. ¿Se puede estar bien con Dios y con el diablo? + (PE)

Veca Muelle
http://www.ecupres.com.ar/noticias.asp?Articulos_Id=3994

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sábado, 29 de agosto de 2009

EE.UU. - La teología capitalista del dedo malo

P. Luis Barrios *

Se está demostrando a diario que la religión no es necesariamente
sinónimo de alienación y que en todas las religiones hay siempre
grupos crecientes de personas que en el nombre de la fe pretenden
la conquista de la situación infra-humana creada por la miseria
y la situación deshumanizante que produce el exceso
de confort y el egoísmo.
[Obispo Helder Camara (El Obispo Rojo)]

Las personas que en este momento socio-histórico están mirando, o llegando, a la Iglesia (o Iglesia) como experiencia de liberación, lo hacen en un momento en que nuestra sociedad cada vez mas sigue siendo una con mucha incertidumbre y desequilibrio social, político, económico y espiritual.

Esta sociedad con pocas esperanzas en un futuro inmediato exige a la Iglesia -y a otras instituciones políticas, económicas, sociales, judiciales, laborales, estudiantiles, etc.- a que se enfrente a las injusticias e inmoralidades de nuestros tiempos de una manera relevante y reverente. Esta exigencia por desgracia ha caído en oídos sordos cuando analizamos la práctica de fe de la Iglesia.

De aquí entonces la necesidad de que la Iglesia reevalúe constantemente su visión, misión y acción hacia la sociedad contemporánea que le cobija. Desenmascarar -con la intención de denunciar y cambiar- las mentiras de este sistema capitalista me parece a mí es el reto principal que se le enfrenta a la Iglesia. Por desgracia nos hemos entretenido en buscar la mejor manera de acomodar la práctica del Evangelio subversivo del hermano y compañero Jesús, por un evangelio deformado que coquetea místicamente con la clase dominante y gobernante del país. Esto con la intención de por un lado no ofender a quienes están oprimiendo y explotando al pueblo, y por otro lado, no poner en apuro los privilegios económicos y sociales que esos grupos nos dan. De aquí el que ante la crucifixión diaria del pueblo, el credo del silencio de un Cristianismo prostituido, es la respuesta de muchas de las Iglesias y de muchos líderes religiosos/as.

No hay la menor duda que la práctica de la justicia en la Biblia es sinónimo de liberación. Cuando se le ofrece a una persona (a un pueblo) su liberación en todos sus aspectos -social, política, económica, sexual, espiritual, etc.- se le otorga su salvación. Por lo tanto, una Iglesia que desee salvar al pueblo debe de principiarse en el éxodo piadoso de producir justicia (lea cuidadosamente los capítulos 12 al 14 del libro de Éxodos). Es esta salvación holística la que nos permite construir y sentir la experiencia liberadora de Dios horizontalmente y aquí en la tierra. A la misma vez, esta experiencia redefine diariamente los símbolos de liberación del Éxodo como lo son la Pascua, los retos del Mar Rojo, la Ley que se les dio en El Sinaí y El Tabernáculo como morada de nuestra Diosa. Este paradigma de liberación tiene una capacidad increíble de apertura hacia la diversidad y la inclusión y celebración de la misma. Una Iglesia que no tenga esta capacidad de liberación, es un opio más que solo persigue hipnotizar y distraer al pueblo. Es una Iglesia deshonesta que ha traicionado el proyecto de liberación de nuestra Diosa.

Yo soy fiel creyente que es posible educar a un pueblo para esta liberación. Fue a este proceso que nuestro San Romero respondió cuando nos sigue diciendo: lo primero que debe buscar una educación es encarnar al ser humano en la realidad, saberla analizar, ser críticos de su realidad (Homilía 30 de abril de 1978, IV, p.194). Por lo tanto, nunca tengamos miedo de poner al pueblo de frente a las realidades opresoras y excluyentes, dejándoles ver que nuestra Diosa no es responsable de estos males. Vamos a enseñarle que la pobreza es el resultado de una distribución errónea de la creación, en donde unas pocas gentes cogieron mucho y el resto de la mayoría de la gente cogió poco.

Por desgracia, dentro de su irreverencia e irrelevancia, la Iglesia ha querido dar respuestas irrespetuosas a las crisis del diario vivir diciéndonos que estamos mal, o seguimos mal, porque al dedo malo todo se le pega. Esta teología capitalista del dedo malo pone todo su énfasis en dos fundamentos dogmáticos sumamente peligrosos: 1) el esfuerzo individual y 2) la bendición por parte de Dios para que seas parte de la abundancia. Los valores del egoísmo, individualismo y la competencia alimentan a estos dos fundamentos. Y por supuesto, queda muy bien acomodada para una Iglesia para quienes militan en la derecha.

La falta de esfuerzo personal y el que Dios no te está bendiciendo -nos dicen quienes promueven esta teología- son las razones por las cuales tenemos pobreza y desigualdad en nuestra sociedad. Por lo tanto, buscar respuesta donde podamos tener explicación a la pobreza, opresión, exclusión y a la desigualdad en el contexto de la globalización neoliberal es eludido. Y muy atrevidamente se trae a nuestra Diosa al medio de este meollo de la crisis para así de esta manera buscar la fiebre en la sábana sin tener que lidiar con un enfermo agónico y desahuciado al cual conocemos como capitalismo.

Ahora bien, ¿cuáles son algunas de estas crisis a las cuales la Iglesia tiene el deber moral de responder con una praxis liberadora? Aquí en Estados Unidos nuestra democracia hace rato entró en un ciclo crítico y créame cuando les digo que nuestra Diosa no es responsable de este disparate. Por un lado los salarios de la gente trabajadora no están a la par con el nivel de vida. Por el contrario, se siguen aprobando dizque salarios mínimos cuando lo que se debería de aprobar son salarios de sobrevivencia que respondan a la realidad del costo de vida. Mientras tanto cada día que pasa se reporta que las ganancias económicas de las corporaciones siguen engrandeciéndose.

O sea que la disparidad entre personas ricas y pobres cada año es mucho más grande. Dentro de esta realidad entonces podemos identificar otros entornos como lo son los 40 a 44 millones de personas que son analfabetas funcionales y el 16% de la población, o sea, unas 46.6 millones de personas, que no tienen seguro médico. Súmele a esta escenario que entre el 17.6% y el 22.4% de nuestros/as niños/as viven en la pobreza.

Mientras tanto, mucho más serio que el crimen de la calle lo sigue siendo el crimen corporativo que las institucionales del "orden" y judiciales siguen ignorando. Anualmente aquí en Estados Unidos unas 56,000 personas mueren como consecuencia de enfermedades relacionadas con su trabajo tales como el cáncer en los pulmones y el haber sido expuesto al asbesto. Además miles de personas asimismo mueren como víctimas de la violencia silenciosa de la contaminación ambiental, alimentos contaminados y mala práctica médica.

Para principios del siglo 20 el 80% de los medios de comunicación escritos eran independientes, pero para el 1989, la realidad se cambio y el 80% de estos medios fueron adquiridos por corporaciones.

Una pastoral que haga sentido a las luchas del pueblo aquí en Estados Unidos debe asimismo tener la capacidad de retar nuestros centros de adoración para que se conviertan en ciudades refugio para el pueblo inmigrante. Esta a mi juicio es una manera de resistir la xenofobia que se ha desatado como parte de la agenda de exclusión de quienes están en el poder. Por lo tanto un proyecto de acompañamiento pastoral de declarar que no hay seres humanos ilegales debe demandar una amnistía general y un paro a las deportaciones.

Este septiembre del corriente año el Grupo de los 20 realizará su cumbre aquí en Estados Unidos en la ciudad de Baltimore. Este G-20 es un grupo de países formado en 1999 por los ocho países más industrializados (G-8-Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Reino Unido y Rusia), y once países recientemente industrializados de todas las regiones del mundo (Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, China, India, Indonesia, México, República de Corea, Sudáfrica y Turquía) y un representante de la Unión Europea. La agenda será la misma que siempre han ejecutado: discutir sobre asuntos financieros fuera del contexto de la responsabilidad de inversión social; resolver las crisis económicas jodiendo al pueblo; y validando una especie de dictadura económica. Ahora bien, ¿cuál será el papel que la llamada Iglesia de Dios va a jugar en todo este proceso de condenar esta institución y a la misma vez salir a las calles para combatirla? Eso está por verse.

Por lo tanto, ¿qué tal si nos dejamos de acomodar y prostituir la práctica del Evangelio de identificar, denunciar y combatir el pecado social, y nos ponemos a construir Iglesia relevantes y reverentes que acompañen al pueblo hacia su liberación? ¿Qué tal si declaráramos a todo el mundo que la práctica de este Evangelio subversivo es anticapitalista? ¿Qué tal si nuestras Iglesias se convierten en centros espirituales de conspiración contra todo lo que atenta contra la creación de Dios? ¿Qué tal si practicamos la oración emancipadora pragmática con pensamientos, acciones y emociones que nos reconecten con las luchas del pueblo? ¿Qué tal si en el contexto de la paz con justicia edificamos el amor solidario como el sacramento más importante para desmantelar la teología capitalista del dedo malo? Vamos a darle religión liberadora al pueblo para que despierte, se empodere y se movilice hacia su liberación.

[Nuestros agradecimientos a p. Luis Barrios por sus constantes artículos que nos envìa: Movimiento Tambièn Somos Iglesia, Chile (tambiensomosiglesiachile@yahoo.com) y Movimiento Teología de la Liberación, Chile (opcion_porlospobres_chile@yahoo.com)]

* Iglesia de Santa María, New York

http://www.adital.com.br/site/noticia.asp?lang=ES&cod=40763

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martes, 22 de julio de 2008

Totalitarismo y dignidad

Rafael Fernando Navarro

Cuando preguntamos qué es el hombre, estamos sitiándolo, amurallándolo hasta tal punto que termina destruido. Porque el hombre no es, sino que deviene. Lo humano siempre está llegando a serlo. El hombre pregunta por sí mismo, es siempre el dato penúltimo, y se hace en la medida que tiene conciencia clara de estar llegando a ser.

Este quehacerse con los demás es la tarea política en el sentido noble del término, en cuanto construye la ciudad habitable para todos.

Este dinamismo existencial lo ignora el Arzobispo de Valencia, Agustín Gascó, cuando con una simpleza absoluta nos previene que si la política pretende ocupar el lugar de Dios, genera una práctica social monstruosa y termina en totalitarismo. En su visión cosificada de lo humano no cabe realmente el hombre ni la política. Tal vez eso explique el totalitarismo (ahora sí) dogmático en el que se mueve con la proclamación de una ley natural que vincula la conciencia humana a Dios, sin permitirle una iniciativa en libertad y convirtiendo la existencia en una determinista respuesta a los designios de un Dios, no prójimo, sino dominador.

Todo totalitarismo aplasta la dignidad. No registra la historia reciente esa lucha antitotalitaria durante los cuarenta años de dictadura última. En la manifestación de Cibeles ya nos avisó este esforzado valedor de la democracia que estaba amenazada por los divorcios exprés y la homosexualidad. Los homosexuales y los separados son los grandes peligros para el sistema de libertades que hemos conseguido. Es admirable esta conversión que le ha permitido a Gascó transitar de la connivencia más repudiable con los golpistas a la preocupación por una dictadura impuesta por Zapatero. Parece ser que el actual gobierno, no sólo ataca a la familia, sino que arremete contra una Constitución, una democracia y unos derechos humanos que tanto le costó conquistar a la Jerarquía católica enfrentándose al general.

¿Se ha dado cuenta este Cardenal libertador de la imposibilidad de desarrollar iniciativas intelectuales dentro de la Iglesia? ¿Habrá que recordarle, sin necesidad de acudir a la Inquisición, nombres como Congar, Rhaner, Küng, Häring? ¿Habrá que mencionar a los teólogos de la liberación? ¿Será necesario dictar una orden de alejamiento por el maltrato dispensado a la mujer? ¿No será totalitarismo la elección de los Papas -Jefes de un Estado piramidal-- la designación de los Obispos sin intervención alguna de los que van a estar bajo su jurisdicción canónica? ¿No será el celibato una imposición inapelable emanada de una distorsionada concepción de la sexualidad? Responsabilizar de todo a los designios de Dios sobre el ser humano es manipular el evangelio y contribuir a la destrucción del hombre como misterio para sí mismo.

Urge un diálogo de la Iglesia con el siglo XXI. Pero es imprescindible para ello que renuncie al totalitarismo ejercido sobre Dios y sobre el hombre. Sólo desde la pobreza de un vaciamiento (kénosis) brota la palabra como oferta creadora.

Rafael Fernando Navarro

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viernes, 20 de junio de 2008

Lo que espera de los cristianos un “no creyente”

Pepcastelló

Leyendo el artículo de Manolo González, “La última cena, ¿una Eucaristía laica?”, que me llegó por el boletín PANAMAPROFUNDO, me ha venido a la memoria otro que leí hace poco, escrito por Ray McGovern con motivo del viaje de Benedicto XVI a Washington, en el cual el autor recuerda unas palabras de Albert Camus en su visita al monasterio dominicano de Latour-Maubourg en 1948. La evocación me ha venido posiblemente por contraste, pues en tanto que McGovern señala que los dominicanos querían saber lo que un no creyente pensaba sobre los cristianos a la luz de su conducta durante los años treinta y cuarenta, una plausible actitud que en mi opinión debiera tomar como ejemplo el mundo católico actual en el sentido de tratar de verse con los ojos del otro, en el artículo de González observo un muy loable afán de darle un significado humano a la Eucaristía pero sin salirse de madre en ningún momento.

El discurso de Manolo González, con todo y verlo lleno de excelente intención y buenos deseos, me ha recordado aquel canto que en las celebraciones eucarísticas en lengua catalana entonan a veces los fieles antes de darse la paz: Ai, quin gran goig, quina joia, quan els germans s’estimen! (¡Ay, que gozo, que alegría, cuando los hermanos se aman!). Y me ha hecho pensar que tal vez desde una óptica eclesial sea muy conveniente pedir que haya paz entre los fieles católicos, pero visto desde fuera, como yo lo veo, mejor sería que esa multitud de fieles que compone la Iglesia Católica tuviesen un poco menos de beatífica fidelidad corporativa y un poco más de humano sentido de rebeldía; de esa rebeldía que Camus expresa con estas palabras:

Lo que el mundo espera de los cristianos es que los cristianos deberían pronunciarse, fuerte y claro, y que deberían expresar su condena de tal manera que nunca pudiera aparecer una duda, ni la más ligera duda, en el corazón del hombre más simple.

Lo que sé y a veces crea en mí un profundo anhelo es que si los cristianos se decidieran a hacerlo, millones de voces, millones digo, en todo el mundo se sumarían al llamado de un puñado de individuos aislados, quienes, sin ningún tipo de afiliación, interceden actualmente casi por doquier e incesantemente por niños y otra gente.

No sé si esto sería ahora tal cual él dice, pues los tiempos han cambiado mucho de entonces acá y la pasividad de las gentes es hoy escandalosa, pero veo que coincide bastante con lo que más recientemente escribió Pagola y publicó “ecleSALia” en noviembre del 2006: «La Iglesia atraerá a la gente cuando vean que nuestro rostro se parece al de Jesús, y que nuestra vida recuerda la suya».

Desde donde yo me encuentro, un lugar al cual los complicados malabarismos mentales de la teología no alcanzan pero sí la sabiduría popular que expresa el viejo refrán «quien calla, otorga», la pasividad de la feligresía católica frente a la conducta de sus jerarcas no puede ser vista sino como complicidad. Una complicidad culpable por omisión, según señalaba entre otros Martin Luter King cuando decía: «La historia tendrá que registrar que la mayor tragedia de esta época de transición social no es el estridente clamor de los malos, sino el asombroso silencio de los buenos». De los buenos católicos, se me ocurre añadir.


Pepcastelló

Para quienes se interesen por los citados artículos de Manolo González, Ray McGovern y José Antonio Pagola ofrecemos los siguientes enlaces:

http://eclesalia.blogia.com/2006/112201-de-la-verdad.php

http://bibliotecadelgrillo.blogspot.com/2008/06/la-ltima-cena-una-eucarista-laica.html

http://bibliotecadelgrillo.blogspot.com/2008/06/y-la-guerra-papa-benedicto-cundo-va.html


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martes, 17 de junio de 2008

Jefe blanco-Jefe negro

Rafael Fernando Navarro

Jefe de Estado Benedicto. De blanco entero. Enviado, dice. Representante, dice. Vicario, dice, de Cristo. ¿De qué Cristo? De blanco entero. Con gólgotas relucientes. Pisando primaveras italianas. Cruces inmaculadas. Dominando almenas de conciencia. Guardia vaticana. Guardaespaldas de negro. Para protegerlo de ataques de cristos insurrectos, disconformes, que protestan entre las flores. Jefe de Estado Benedicto.

Jefe de Imperio Buhs. De oscuro entero. Bombas de racimo en las venas. Cerebro de guantánamos naranjas. Con derecho a suprimir derechos. Manos firmantes de guerras. Moisés que divide el mar. Olas de espuma buena. Espuma negra de olas perversas. Buhs es un impuesto que debe pagar el mundo.

Jefe blanco-Jefe negro. Juan Pablo II se opuso a la guerra de Irak. Benedicto coincide con Bush en la defensa de los valores fundamentales: hay que condenar el aborto, los matrimonios homosexuales, la investigación con células madre. La guerra es connatural al hombre. A lo mejor responde a una selección natural. El fuerte mata al débil. El rico pisa al pobre. Débil y pobre se archivan y se convierten en historia para exámenes de selectividad. Sin mayor importancia. Jefe de Estado Benedicto. Jefe de Imperio Bush. Manos tendidas. Osmosis íntima. Vd. ponga los muertos. Nosotros nos encargamos de plantar las cruces. Blanco y negro: complementándose. Y se engendra un tiempo gris, amenazante siempre, cruz-invertida-espada, para matar en nombre del bien, en nombre de Dios. Juntos purificando el mundo, sembrando espigas cómplices del hambre, mazorcas de bioetanol para que algunos se maten a doscientos por hora. Coches ecológicos alimentados por el hambre. La fe mueve montañas. El hambre mueve motores. Jefe blanco-Jefe negro coincidentes en la primavera italiana. Mientras, los francotiradores amenazan los célibes claveles vaticanos.

¿Bush quiere ser católico? ¿Como Blair? Supongamos que peregrina a Irak y llora la orfandad de los niños, junto a las viudas sin besos que llevarse a la boca. Y camina descalzo hasta Palestina y les reconoce una tierra para sembrarla de futuro. Y a la América Latina creadora autóctona del mañana. Imposible. Bush se nutre de petróleo, de minas antipersonas, de guerras que cotizan en bolsa, del mercado negro de la sangre.

El Papa indulta crímenes. Perdona en nombre de Dios, siempre en nombre de Dios. Dios es reversible: seda por fuera, general vencedor por dentro. Maquillado de derecho canónico es más accesible, aunque sin duda más falso. Derecho compatible con casi todo, dependiendo de las circunstancias. Jefe negro. Tal vez católico sin saberlo. Desde siempre enviado, representante desde siempre. Casi Jefe blanco. Como Benedicto. Como Blair.

Y Aznar, complemento trinitario. Cruzado defensor. Dispensador de democracia en Irak. Donante de bienestar. Concesionario de libertades cero kilómetros.

Jefe blanco. Jefe negro. Bush, Blair, Aznar conversos. El mundo luce estética de silicona.

Rafael Fernando Navarro

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martes, 3 de junio de 2008

¿Rouco, cristiano?

Rafael Fernando Navarro

Juan G. Bedoya escribe en el País correspondiente al 1 de Junio de 2.008: “Rouco entró a los diez años en el seminario de Mondoñedo y desde entonces no ha hecho más que pensar y hablar en cristiano” El comentario viene a propósito de un libro escrito por José María Zabala, aunque no publicado por orden expresa del propio Cardenal de Madrid.

No se trata de comentar el libro de Zabala que naturalmente desconozco. Pero sí de mostrar mi desacuerdo con Juan G. Bedoya cuando afirma que el Cardenal sólo piensa y habla en cristiano desde su más tierna infancia.

Afirmar que la educación para la ciudadanía no es constitucional, que en España no se respetan algunos derechos fundamentales porque no son coincidentes con las exigencias de una jerarquía anclada en el sexo, rebelarse contra la investigación científica, contra los derechos de la mujer sobre su propio ser, no es pensar ni hablar desde el cristianismo evangélico.

Condenar la homosexualidad, gritar que la Iglesia está perseguida, convertir en inmoral toda decisión que no cuadre con una visión estática de la historia, anatematizar una visión política enfrentándola a unos dogmas, erigirse en maestro de la verdad única sin respetar el esfuerzo de los pueblos por construir su propio destino, es seguir tomando el nombre de Dios en vano desde la atalaya de un complejo de superioridad incompatible con la madurez humana.

El cristianismo no es el resultado de un entramado de normas canónicas. Es más bien un proyecto abierto al hombre y para el hombre en el que está implicado Jesús de Nazaret. Lo humano es siempre el misterio, lo inacabado, lo inabarcable. Sobre el vértigo de la libertad, el hombre se construye a sí mismo y a sí mismo se concibe como la sorpresa infinita que eclosiona en la muerte.

La hechura del misterio no responde a ninguna ley natural, prefijada, inamovible. Esta visión estática cosifica al hombre y le priva del dinamismo histórico, del devenir propio de todo lo sorprendentemente viviente.

La Jerarquía de la Iglesia se ha instalado en el temor, el miedo, el catastrofismo. Vive siempre a la defensiva. Todo lo que no puede ser dominado desde su autoridad mitrada es condenable. Ignora que la construcción del mundo exige desbrozar el presente, con el gozo intimo del buscador, para lograr un mañana más justo, más humano y humanizante.

¿España descristianizada? Tal vez España madura, responsable de sus decisiones, donde también el cristiano debe arrimar el hombro, pero sin privilegios, sin tutelas de conciencia, a la intemperie.

Dios, como el hombre, es siempre una pregunta. Nunca la tranquilidad de una respuesta.

Rafael Fernando Navarro

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miércoles, 21 de mayo de 2008

La costosa ataraxia

Pepcastelló

Permanecer en actitud serena ante lo que sentimos en lo hondo como injusticia o engaño premeditado es para algunas personas, entre las que se cuenta quien esto escribe, muy difícil. Cada cual es como es y responde como responde; hay quien se inhibe y vive y hay quien se lanza al monte.

Modelar el carácter a partir de una edad ya algo avanzada no es tarea fácil. Algo pueden ayudar a controlar la propia conducta los fármacos que ahora hay disponibles, pero en general y aun sin ser una verdad absoluta, el viejo refrán de «genio y figura hasta la sepultura» tiene mucho de cierto. Tal vez por esta razón hindúes y budistas piensen en la reencarnación como una solución para seguir con la ardua tarea de alcanzar la perfección en este mundo antes de quedarse definitivamente en el otro, lo cual vendría a ser el equivalente del purgatorio católico, esa especie de sala de espera donde las almas se pulen antes de partir definitivamente hacia el cielo. Quizá una y otra idea no sean más que fantasías, pero da igual, porque a algo tiene que agarrarse la mente para no caer en el vació de ánimo que conlleva pensar como un absurdo la propia vida.

El problema de la ataraxia es el costo. ¿Quién la paga? En general, las cosas las paga quien las sufre. No quien echa mano al bolsillo y saca el dinero o la tarjeta de crédito, sino quien con su sudor y sufrimiento hizo posible que ese dinero fuese a parar a manos de quien lo usa. Pero pensarlo de este modo nos resulta incómodo, y preferimos echar mano de nuestra moral de propiedad privada, la cual se puede resumir con un refrán ya viejo por olvidado que dice: «a cada cual lo suyo y robar lo que se pueda».

La moral es la mejor ataraxia que podemos tener fácilmente a nuestro alcance. Si todo el mundo lo acepta, y sobretodo si las personas prominentes de nuestro entorno encabezan esa aceptación, nuestro ánimo puede permanecer sereno. Podemos seguir con nuestra paz en el alma, centrando toda la atención en nuestros asuntos, impertérritos ante el dolor ajeno causado por nuestra forma de vida, a pesar de tener por bien cierto que si pocos podemos tener mucho es porque muchos pueden tener muy poco. No importa. Nuestras autoridades morales tradicionales dicen que el orden es sagrado y que debemos limitarnos a paliar el sufrimiento que hallemos en nuestro metro cuadrado. Ahí está el ejemplo de la Madre Teresa de Calcuta, una santa a ojos de todo el mundo. Caridad, pues, y nada de pensamientos revolucionarios, que estos no favorecen en nada la ataraxia.

Quienes se han dedicado al estudio de las creencias y las ideas religiosas coinciden en que todos los pueblos han elaborado en cada momento de su historia formas de pensamiento religioso que les permitiesen vivir en paz consigo mismos y con su entorno inmediato. Y la historia – la no tan especializada sino más general − nos cuenta que tan celosos de esa paz han estado los líderes humanos que en no pocas ocasiones han impuesto ese pensamiento a fuego y espada a propios y a extraños. Mantenimiento y expansión de la fe le han llamado en uno y otro caso; pero lo que ha contado en ambos ha sido asegurar que en el entorno inmediato no hubiese nada que pudiese alterar ese pensamiento colectivo que tanta paz da al alma. Ya es antiguo, pues, eso de hacer pagar a otros la ataraxia.

Hoy gozamos de paz en el mundo opulento que habitamos. Y hoy igual que ayer, el costo de nuestra paz es la desgracia ajena. El mundo pobre es el que, gracias a Dios, paga con su dolor nuestra ataraxia. Hablar de justicia y de paz sin alterarnos es posible gracias a esta bendita forma de vivir y de pensar que llevamos cristianos y paganos, la cual nos impide cuestionar para nada esta droga del bienestar que es el pensamiento satisfecho, religioso y profano. Gran regalo del cielo, para quienes lo gozamos. Gran ejemplo de paz y convivencia en armonía este orden sagrado que han logrado a través de los siglos los líderes espirituales y terrenales de nuestra opulenta civilización occidental cristiana. ¡Elevemos con gozo el corazón al cielo y demos gracias!

Pepcastelló

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martes, 13 de mayo de 2008

A quienes molestó mi escrito sobre la eucaristía

Pepcastelló

Una persona religiosa, por quien siento respeto y aprecio, me manifiesta su disconformidad con cuanto digo, que considera más o menos como un insulto a su fe. Y ello me mueve a dar esta explicación de cual ha sido mi intención al decir lo que digo.

Me parece que no es opinión mía sino algo compartido por quienes de ello entienden, que las religiones son elaboraciones culturales que han surgido en diversos momentos de la historia de los pueblos, y que inspiradas a o no por dios o por dioses, según lo que cada cual crea, han tenido como finalidad señalar caminos por los cuales el pueblo podía avanzar colectivamente.

Épocas y situaciones distintas han dado distintas maneras de pensar y de creer, las cuales han servido para orientar el pensamiento colectivo mediante la configuración mental de los individuos a fin de perpetuar la forma de vida a la cual se había llegado.

Una tal forma de ver el pensamiento religioso no me parece que tenga que ofender a nadie, excepto a quienes creen a ojos cerrados que el mismo Dios del cielo ha puesto en su sitio todas y cada una de las cosas que ahora hay. Pero ante esta forma de pensar, yo me callo y me retiro.

Mi escrito iba dirigido a quienes en algún momento se han cuestionado, ni que sea en su fuero interno, la utilidad de la forma de pensamiento religioso que ofrece actualmente la Iglesia Católica. Y no pretendía otra cosa sino mostrarles como vemos su rito principal quienes estamos fuera aunque nos morimos de ganas de compartir cuanto de esencial y humano tiene el cristianismo. Admito que mi escrito fue provocador, empezando por el título, pero en ningún momento fue mi intención hacer mofa de nada ni de nadie, por más que a alguien pueda parecérselo.

En más de una ocasión he manifestado mi convicción profunda de que en el seno de las tradiciones religiosas hay grandes fuentes de sabiduría. El cristianismo es la tradición religiosa en la que he crecido, y es la que predomina en mi actual entorno. De aquí que desee muy de corazón que su profunda sabiduría sirva para humanizar esta sociedad materialista que se autodestruye a velocidad de vértigo. Y veo para ello un inconveniente, que es el “enfoque celestial” de la sensibilidad religiosa católica.

Desde mi punto de vista, creer que el seguimiento de Jesús consiste en recrearse en el placer de la contemplación mental del imaginario religioso es un error grave. Poner el símbolo antes que lo simbolizado es, en mi opinión, poner los bueyes detrás de la carreta. No es que entienda mucho de evangelios, pero algo me los he leído durante años y, si no recuerdo mal, Jesús predico el amor y la compasión por encima del culto. Y lo que veo en mi entorno es justamente todo lo contrario, una Iglesia centrada en el culto que, como mucho, recomiendo el amor y la compasión. Alguien dijo «Jesús predicó el reino, pero vino la Iglesia», y yo añado que esta iglesia en vez de predicar el reino predica a Jesús. Y lo que es aun más gravé es que por encima incluso de Jesús se predica a sí misma.

No tengo nada en contra de los arrobos emocionales que se pueden obtener mediante la práctica religiosa. Al contrario, pienso que si el humanismo no ha triunfado es por falta de liturgia. Pero en mi opinión, creer que el seguimiento de Jesús consiste en recrearse en el placer que da la contemplación mental del imaginario religioso es un error grave, es poner el símbolo por delante de lo simbolizado, es poner los bueyes detrás de la carreta. Es llevar el mundo religioso por una vía espiritual que de tanto mirar al cielo no ve nada de cuanto pasa en la tierra, y si lo ve lo ignora, como los dos “buenos” judíos de la parábola del buen samaritano. Y aun a riesgo de ser juzgado por juzgar, me atrevo a decir que este error es intencionado, porque es la única forma de mantenerse al margen de todo el conflicto que conlleva el mensaje revolucionario de Jesús que transmiten los evangelios.

Pienso que cada cual es muy libre de elegir el camino de espiritualidad que más le plazca, pero veo urgente que el mundo religioso actual encuentre uno por el que podamos transitar quienes no estamos en predisposición mental de creer lo que no cuadra con los conocimientos humanos que hoy tenemos.

En fin, no es sino mi opinión, y hay otras muchas.

Ruego a quienes ofendí que me disculpen, pues no fue en ningún momento mi intención.

Luz, gozo y paz a todas y a todos.

Pepcastelló

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lunes, 12 de mayo de 2008

Alquimia eucarística

Pepcastelló

En el transcurso de una eucaristía que se celebró hace unos días para festejar los cien años de una monja y a la vez sus setenta y cinco de vida religiosa, cuando el oficiante se preparaba para “convertir” el pan y el vino en el «El Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo», me vino a la mente la nota dos veces buena (por buena y por breve) de Luis Alemán “Un apunte sobre las primeras comuniones” que pocos días antes había leído en “feadulta”. Y también los de José M. Castillo sobre “La Iglesia como sacramento”; y algunos de Juan Luis Herrero y de otros que escriben con similar talante sobre lo que es y lo que debiera ser la Iglesia. Y se me ocurrió −¡blasfemo de mí!− que mientras el centro de la liturgia católica sea el goce de la ingestión divina, pocas posibilidades hay de que se produzcan cambios profundos en la Iglesia Católica Romana. Porque, ¿para qué cambiar nada si gracias a como ahora están las cosas los fieles católicos pueden alimentarse a diario con «el Cuerpo de Cristo», el mismo Dios hecho carne humana?

Si la fe católica consiste en «creer» cuanto de fabuloso la Iglesia afirma, entre lo cual se halla el poder de los sacerdotes para convocar al mismo Dios del cielo mediante un determinado rito, y estas creencias aportan a los fieles un bienestar emocional que se puede realimentar continuamente, ya sea en personal conversación con Dios, ya sea devorándolo a diario, y si encima estos placeres sitúan mentalmente al creyente por encima de los demás mortales increyentes, ¿para qué cambiar nada? ¿Acaso no es esta presencia divina un anticipo de lo que se supone será el cielo? No, nada de cambios. Nada de dudas sobre la doctrina de la Iglesia ni sobre la potestad del Papa y los sacerdotes ni sobre la Providencia Divina ni sobre Jesucristo, ese Jesús de Nazaret divinizado a golpe de concilio y convertido luego en manjar delicioso. Nada de cuestionar nada que pueda echar por los suelos ni el más mínimo de los refinados “placeres del alma” que la fe conlleva. Y menos aún pensar en echar la propia suerte con los pobres de la tierra. ¡Qué disparate! A los pobres hay que echarles limosna, eso sí, para aumentar el bienestar interno que produce la buena conciencia, pero nada más. Pobres los habrá siempre, y la Iglesia no puede ser pobre porque para mantener este culto, que tan placentero resulta a sus fieles, necesita organización, templos, formación y manutención de clérigos, influencia política y social… Riqueza material, se mire como se miere, pero una riqueza que sirve para seguir en lo más hondo del alma a aquel que dijo «mi reino no es de este mundo».

Y así cavilando mientras la ceremonia iba avanzando y ya los fieles se ponían en hilera para pasar a comulgar, mi mente blasfema llegó a pensar que la Iglesia es el conjunto de gentes que se reúnen para gozar del refinado placer que da sentir la presencia divina, ese estado de bienestar que producen las hormonas cuando el pensamiento se ocupa en la contemplación de imágenes celestiales.

Me hizo feliz aquella idea, porque por fin podía entender cómo es posible meter en un mismo saco al papa, a los cardenales, a los obispos que viven lujosamente, a los párrocos, a las religiosas y religiosos que viven más humildemente atendiendo a los pobres, a esos mismos pobres que más humildemente ya no pueden vivir, a los ricos que son causa de tanta pobreza, a los dictadores asesinos y genocidas que protegen a los ricos, a los torturadores, a los curas pederastas… ¡Todos son Iglesia! Basta para ello con que todos coincidan en reunirse para rezar el mismo Credo y, sobretodo, para gozar las excelencias de ese divino manjar que se obtiene mediante la alquimia eucarística.

En fin, espero haberlo entendido bien esta vez, pero si no es así, ruego a Dios que perdone mis cábalas, porque a las personas católicas que me lean ya entiendo que les va a costar.

Luz, gozo y paz a todas y a todos.

Pepcastelló

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jueves, 13 de marzo de 2008

La Gracia Vaticana

Pepcastelló

Su Santidad Benedicto XVI, con el talento eclesiástico que le caracteriza, ha dado una muestra más de intolerancia religiosa. Por si había poca discordia en el mundo, la Iglesia Católica Romana (ICR) se dedica a echar leña al fuego. Primero contra los musulmanes, ahora contra los judíos. ¿Cuál será el próximo objetivo de su cruzada?

En un mundo que se ahoga de materialismo, donde cada día es más evidente la falta de valores humanos, en vez de buscar paz y concordia, vías para la convivencia, para poner la dimensión espiritual de la persona en el primer plano de la vida al margen de tradiciones y creencias, a este trasnochado líder eclesiástico no se le ocurre nada mejor que resucitar la intolerancia religiosa del medioevo proclamando a los cuatro vientos la supremacía de la fe católica.

Supongo que quienes se ocupan de estudiar el funcionamiento de la mente deben tener explicaciones para conductas semejantes, pero quienes las vemos desde posiciones menos científicas no podemos sino considerarlas necias, de auténtico disparate. Y nos parece increíble que alguien con un mínimo de inteligencia pueda comportarse de este modo, a menos que esté lleno de maldad.

En fin, por si a alguien le faltaban motivos para no querer formar parte del mundo católico, ahí tiene uno más.

Pepcastelló

Católicos, judíos y ciudadanos

Julio María Sanguintetti (*)

"Recemos por los judíos. Que Dios Nuestro Señor ilumine sus corazones para que reconozcan a Jesucristo, Salvador de todos los hombres. Dios, omnipotente y eterno, tú que quieres que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, concede, propicio, que, entrando la plenitud de los pueblos en tu Iglesia, todo Israel sea salvado".

Esta plegaria ha sido adoptada por decisión de Benedicto XVI el pasado 5 de febrero, para ser formulada en la celebración litúrgica del Triduo Pascual -el Viernes Santo- y así comunicada a todas las Conferencias Episcopales del mundo, con el consiguiente revuelo entre las comunidades judías y aquellos que han propiciado, desde sus respectivas religiones, el diálogo "judeo-cristiano" abierto después del Vaticano II.

El tema desborda el debate religioso. Más allá de ese bienvenido diálogo, lo que pone en cuestión la plegaria es el principio de tolerancia que preside la vida institucional y social de los Estados democráticos modernos.

Que una comunidad religiosa pretenda difundir su fe, va de suyo. Que rece para que todos los que no la profesan, encuentren su verdad, está en la lógica de la actividad de cualquier activista de una creencia. Pero cuando una iglesia constituida singulariza su prédica en los fieles de otra religión específica y reclama que se haga lo necesario para "salvarlos" estamos entrando ya en el camino de la intolerancia.

¿Con qué derecho, específicamente, se sienta en el banquillo de los acusados de vivir en el error a los miembros de otra comunidad que ejerce el mismo derecho que ella a creer en su Dios? No podemos ignorar que hacerlo con los judíos y con "Israel todo", que debería ser salvado, es retornar al aire de aquellos tiempos en que desde los púlpitos católicos se les condenaba por "deicidio", como "asesinos de Jesucristo". Bien se sabe que esa doctrina fue un elemento sustantivo para que los nazis pudieran desarrollar su prédica antisemita y desatar el Holocausto, la mayor tragedia de nuestra civilización. ¿Dónde estaba Dios? se preguntó el actual Papa cuando visitó el campo de concentración de Auschwitz, y muchos, con incuestionable lógica, le preguntaron dónde estaba entonces la Iglesia católica, silenciosa en momentos en que ocurría una tragedia de la que tenía cabal noticia.

Por cierto, la nueva oración no contiene las frases difamatorias de antaño: ya no se habla de "los pérfidos judíos", expresión borrada por Juan XXIII. Sin embargo, se inscribe en una dirección fundamentalista de peligrosa actitud discriminatoria. Nadie puede ignorar que el pueblo judío ha sido de los más perseguidos de la historia y, como ha logrado sobrevivir -a diferencia de otros tantos que sucumbieron,- continúa en el centro de vastos escenarios de prejuicio. El fundamentalismo islámico, y hasta jefes de Estado como Ahmadineyad, proponen destruir el Estado de Israel y la nación judía y lo hacen a grito pelado. Tampoco es un misterio reconocer que el prejuicio antisemita va más allá, está aún vigente en el mundo y que la política de Israel, polémica como todas las políticas, ambienta reacciones prejuiciosas.

En ese cuadro, cuando la Iglesia católica, tan parsimoniosa siempre, sale a intentar la salvación de los judíos y de Israel todo, proponiéndose sacarlos del mundo del error en que viven, es obvio que está reinstalando en la picota a ese perseguido pueblo y de alguna manera volviendo a condenarlo. ¿Por qué no se hace lo mismo con los musulmanes o con nosotros los agnósticos liberales, que hoy podríamos debatir el tema al amparo de las garantías que nuestra filosofía logró arrancar a los absolutismos?

Algunos voceros eclesiásticos alegan que la plegaria se ha aliviado de adjetivos acusatorios y que, además, no se leerá necesariamente en todas las iglesias, porque ella se inscribe en la rehabilitación del viejo misal, que no es de empleo obligatorio. Pero no cabe agradecer a la Iglesia que se haya corregido ella misma, limando viejas aberraciones inquisitoriales, del mismo modo que no hace a la cosa el porcentaje de templos en que se lea la plegaria. Lo que preocupa es la plegaria en sí misma, como expresión de un retroceso cívico muy serio. E insistimos en la palabra cívica, porque es un tema de ciudadanía.

La persecución racial, la intolerancia religiosa, la difamación histórica son males endémicos que aún debemos combatir. No es razonable, por lo mismo, que una Iglesia vaticana que venía evolucionando hacia el diálogo y la convivencia, dé este paso atrás. Grande o pequeño no interesa. La cuestión es que la mentalidad que está en la raíz de esa decisión no se compadece con los esfuerzos de los últimos Papas y vuelve a sembrar una semilla de intolerancia que no deberíamos observar con indiferencia.+ (PE)

Julio María Sanguintetti (*)

(*) Julio María Sanguinetti fue presidente de Uruguay. Es abogado y periodista.

Este artículo se publicó en el diario El País, Montevideo, el 11 de marzo de 2008.

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sábado, 9 de febrero de 2008

¿Existe un modelo de “familia cristiana?

Dijo Jesús: “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que paz no, sino espada. Porque, de ahora en adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; se dividirá padre contra hijo e hijo contra padre, madre contra hija e hija contra madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12, 51-53), “así que los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mt 10, 36).

Jesús dijo además: “No llaméis padre a nadie en la tierra, pues uno solo es vuestro Padre, el del cielo” (Mt 23, 9). Y algo más sorprendente: “Un discípulo le dijo: Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre. Jesús le contestó: Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos” (Mt 8, 21-22). Más aún: “Otro le dijo: Te seguiré, Señor, pero primero déjame despedirme de mi familia. Jesús le replicó: Uno que echa mano al arado y mira atrás no es apto para el Reino de Dios” (Lc 9, 61-62).

Y todavía, un relato desconcertante: “Llegó su madre con sus hermanos y, quedándose fuera, lo mandaron llamar. Una multitud de gente estaba sentada en torno a él. Le dijeron: Oye, tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera. Él les contestó: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y, paseando la mirada por los que estaban sentados en corro en torno a él, añadió: Mirad a mi madre y a mis hermanos. Pues el que cumpla la voluntad de mi Padre del cielo, ése es hermano mío y hermana y madre” (Mc 3, 31-35).

A todo esto hay que añadir que las relaciones de Jesús con su familia no fueron buenas: “Entró en casa, y se reunió tal multitud que no podían ni comer. Sus familiares, que se enteraron, se pusieron en camino para echarle mano, pues decían que había perdido el juicio” (Mc 3, 20-21). Después fue un día a su pueblo, Nazaret, “se puso a enseñar en la sinagoga” y el resultado fue que “todos se escandalizaban de él”. Y Jesús dijo: “Sólo en su tierra, entre sus parientes y en su casa desprecian a un profeta” (Mc 6, 4). Y es que, según el evangelio de Juan, “ni sus parientes creían en él” (Jn 7, 5).

Está claro que, para Jesús, ni la familia es intocable, ni la familia es lo primero, ni las relaciones de parentesco son lo principal. Para Jesús, lo determinante no son las relaciones de familia, que son obligatorias legal y socialmente a cambio de ofrecer una forma de “seguridad social” (J. P. Meier). Para Jesús, lo fundamental son las relaciones de fe, que son libres y se basan en el amor mutuo, la “relación pura”, que resume la religión entera (Mt 7, 12; Lc 10, 27-28). En el fondo, esto es lo que quiere decir Jesús cuando dice que el marido no puede repudiar a su mujer “por cualquier causa” (Mt 19, 3-6).

Hasta el año 845, los cristianos se casaron como se casaban todos los ciudadanos en los tiempos del Imperio Romano. Incluso después de tantos siglos, el matrimonio se justifica por razones de derecho civil, no por argumentos teológicos. Así consta en los “Decretos Pseudoisidorianos” (F. G. Le Brass).

En el reinado de Pipino el Breve, y por influencia de san Bonifacio, se originó dentro del Imperio Franco una evolución hacia la consecución de un control eclesiástico sobre los matrimonios. En los siglos XI y XII, la Iglesia tuvo total jurisdicción sobre el matrimonio y sus efectos civiles. Pero hay que esperar hasta ese tiempo para que la Iglesia tomara conciencia de la dimensión sacramental del matrimonio.

La primera vez que se atribuye al matrimonio un carácter religioso (“religiositatis species”) es en 1139, en el II Concilio de Letrán (Denz. 718). A finales del siglo XII, en 1184, es cuando se vio el matrimonio como sacramento, en el Concilio de Verona (Denz. 761).

Es verdad que, mucho antes, san Agustín habla del matrimonio como sacramento (“De bono coniug.” 7). Pero Agustín no entiende el “sacramento” en sentido propio. Ni dice que sea fuente de gracia (P. Adnés). La liturgia del matrimonio fue obligatoria para el bajo clero. Los laicos podían aceptarla o prescindir de ella. Es a partir del Concilio de Trento (siglo XVI) cuando la teología del sacramento del matrimonio fue aceptada por toda la Iglesia (Denz. 1801-18012).

Si durante tantos siglos no estuvo clara en la Iglesia la teología del matrimonio ni el modelo de familia, es porque en la Biblia no hay un modelo uniforme. Y menos aún se puede hablar de un modelo basado en una presunta “ley natural”. Por ejemplo, la poligamia estuvo permitida en Israel, desde los Patriarcas hasta el tiempo de Jesús y hasta mucho más tarde (J. Jeremias). San Pablo habla del matrimonio (Ef 5, 21-32) afirmando que lo propio del marido es el “amor”, en tanto que a la mujer le corresponde la “sumisión”.

Ahora bien, si Jesús fue tan crítico e incluso tan duro con la institución familiar y las relaciones de parentesco; y si además la Iglesia, durante tantos siglos, no se interesó apenas por el sacramento del matrimonio, hay que preguntarse por qué ahora los obispos dicen que lo más grave que está ocurriendo es que el Gobierno está poniendo en peligro la “familia cristiana”. ¿No será que lo de la “familia cristiana” es una pantalla que oculta otros intereses? Me temo que sí.

Un modelo de familia presupone un modelo de sociedad y un modelo de política. Una política conservadora necesita un modelo de familia tradicional. Y la familia tradicional es el medio más eficaz para mantener la sociedad tradicional.

Jesús no tuvo familia. Dejó la familia en que vivía, no se casó ni formó un hogar. Todo lo que ata: ataduras familiares, políticas, religiosas..., no brota del Evangelio, sino de otros intereses. Entonces, ¿de dónde viene lo de la “familia cristiana”? ¿de Jesús? ¿de los obispos? La familia es necesaria. Pero que nunca sea un modelo de familia que somete, que ata y que impone un modelo de política y de sociedad.

José M. Castillo

http://www.feadulta.com/ventana-modelofamilia.htm

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martes, 5 de febrero de 2008

Pelayo y los obispos

Rafael Fernando Navarro

Hermosas las grutas asturianas. Barandales verdes para apoyar la mirada y que los ojos caminen hasta una Covadonga suprema. Allí España es norte. Granada al fondo con boabdiles y alhambras. Giraldas verticales. Mezquitas de Córdoba lejana y sola. Y así, escalando por todos los reinos hasta terminar en Asturias. España monolítica, cristiana, eucarística. España solemne de palios bordados, de custodias de Arfe, de Cristos velazquianos. De Queipos de llanos y Sanjurjos. De Macarena capitana generala y de capitán general Francisco Franco. España reconquistada. Reyes Católicos al frente. Con judíos expulsados. Sin inmigrantes que contaminen la pureza de la sangre ibérica. Santiago matamoros. Santiago y cierra España, bien hermética, hedonista, reflexiva sobre sí misma. Fiesta de la raza. Agustinas de Aragón dispuestas a santas cruzadas contra hordas judeomasónicas. Con Cañizares y Roucos, Sebastianes y Martínez Caminos como guardianes de las conciencias, conductores de los caminos patrios, estrellas polares para descarriados. Conquistadores de mundos gauchos, de pachamama ubérrima, de sangre morena de indios sometidos. En Covadonga es todo luz porque en el imperio no se pone el sol. Esta es la España una, grande y libre que sueñan los Obispos y que tratan de reconstruir. La Iglesia siempre ha confundido unidad con uniformidad haciendo del latín un vínculo lingüístico hipostático, obligando al senegalés a vestir ropajes occidentales con una absoluta falta de respeto hacia costumbres, signos y símbolos no europeos. Y con esta mentalidad siguen orientando la interioridad de los sometidos, temerosos de la improvisación, del riesgo, de la aventura humana siempre abierta al infinito. Pelayo sigue revestido de pontifical, pectoral de pobre Jesús crucificado, mitra constantiniana por las afueras de la historia.

Los españoles salimos de la oscuridad de una dictadura y empezamos la andadura hacia unos valores hasta entonces impensables. Nos dimos una Constitución que reconoce la diversidad que nos constituye, la cooficialidad de lenguas como un Pentecostés laico, el amor a los homosexuales y el reconocimiento de su derecho al amor, proclamamos el valor de la mujer como mujer, hicimos de la conciencia una apertura inalienable, de la palabra una libertad y de la libertad una esencia inexpugnable. Y así vamos, alegres del camino emprendido, haciéndolo día a día, con el asombro de cada amanecer, con el desafío de la utopía entre los ojos, con la alegría de lo siempre inacabado, con la permanente resurrección de cada hombre, con la creación de una horizonte limpio. Inventamos la humildad que nos lleva al diálogo, al intercambio, al mutuo enriquecimiento. Abandonamos, ojalá para siempre, los dogmatismos de lo inmutable. Aprendimos a dudar, a tener fe en el otro, a considerarlo creador de futuro. Decidimos arrimar el hombro convencidos de que otro mundo es posible, de que la injusticia puede ser vencida, de que la investigación es una llamada de la profundidad, de que la hondura sin fondo es lo innombrablemente humano, de que cada hombre es el misterio, el interrogante, la más bella hechura. Algunos han convocado a Dios como prójimo, un Dios que no es pasión inútilmente sartriana, sino buceador de rosas imposibles y por imposibles más bellas. Hemos aprendido a preguntarle por el mar al mar sin pretender más respuestas que brisas informes, que olas irregulares, que mareas inciertas.

Señores Obispos: no me guíen, no me orienten, no predeterminen mi existencia. Vengan, si son capaces, a lo impredecible que va del ser al ser.

Rafael Fernando Navarro

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El Vaticano y la campaña electoral

La Iglesia católica es una confesión religiosa y un Estado. Ambas cosas a la vez. Por tanto, el papa es, al mismo tiempo, un dirigente religioso y un jefe de Estado.

Es verdad que el Estado de la Ciudad del Vaticano es territorialmente muy pequeño. Pero este Estado tan pequeño tiene una peculiaridad que no tiene ningún otro país del mundo. El jefe del Estado Vaticano, en cuanto líder religioso, tiene unos mil millones de súbditos, es decir, tiene una determinada autoridad para mandar en todos los países del planeta. Sin olvidar que el poder del papa es un poder que toca donde ningún otro jefe de Estado puede tocar, en la intimidad de las conciencias.

Desde este punto de vista, no es ningún disparate decir que, por ejemplo, en muchos ciudadanos españoles, el jefe del Estado del Vaticano manda más que el jefe del Estado español.

Y el papa sabe muy bien que eso es así. El 24 de junio de 2005, declaró Benedicto XVI que los asuntos relacionados con la ética “tienen su último fundamento en la religión”. Es decir, cuando se trata de problemas relacionados con las decisiones de conciencia, el último fundamento (para la toma de tales decisiones) está en lo que diga el papa. Lo cual es ambiguo. Porque Benedicto XVI dijo esas palabras ante el presidente de la República Italiana, no en una ceremonia religiosa, sino en un acto estrictamente político, en el palacio del Quirinal, cuando el papa, hablando como jefe de Estado, explicaba públicamente su pensamiento sobre la “laicidad del Estado”.

Y lo peor del caso es que este pensamiento papal es, no sólo ambiguo, sino sobre todo peligroso. Porque los asuntos de la moral y de la ética tocan directamente a muchos e importantes asuntos de la vida sobre los que un Estado de derecho tiene la obligación de legislar. Y entonces los ciudadanos, que tienen creencias católicas, se pueden (y se suelen) ver en la complicada disyuntiva de tener que decidir a quién le hacen caso: ¿a los obispos que representan al papa o al parlamento que representa al Estado?

Pues bien, sabemos que los obispos suelen zanjar estas situaciones exigiendo al Estado que legisle, para todos los ciudadanos, de acuerdo con las exigencias morales que dicta el papa para los católicos.

Así las cosas, cualquiera entiende que la concentración que organizaron los obispos el pasado 30 de diciembre, en la plaza de Colón de Madrid, fue un acto, no sólo religioso, sino también electoral. Y lo grave del asunto es que a mucha gente le parece lo más lógico del mundo el acto electoral de derechas que se organizó en Madrid el 30 de diciembre.

De la misma manera que, hace unos años, a millones de televidentes les pareció normal que Juan Pablo II le echara una reprimenda, con el dedo alzado, al ministro de cultura de Nicaragua, Ernesto Cardenal, que, ante todo el gobierno de la nación, aguantó de rodillas la regañina del Pontífice. ¿Ustedes se imaginan que, en una recepción oficial y ante las cámaras de la televisión en el aeropuerto de Barajas, el presidente Sarkozy pusiera de rodillas a un ministro de nuestro gobierno y, apuntándole con el dedo, le dijera amenazante que tiene que cambiar de conducta?

Las ingerencias del Vaticano en los asuntos internos de otros Estados han sido más frecuentes de lo que sospechamos. Sobre todo cuando se acercan acontecimientos importantes, como es el caso de un referendo o unas elecciones generales. Cuando yo era estudiante en Roma, los italianos veían como cosa normal que, en las campañas electorales, el Cardenal Vicario de la diócesis de Roma convocara a los superiores de frailes y monjas para darles severas instrucciones indicando a quién había que votar.

El Vaticano y sus representantes actúan con cautela en estos casos. Pero lo hacen con eficacia. Puesto que, como he dicho, tocan donde no pueden tocar los poderes del Estado laico. En este sentido, el Vaticano juega con ventaja. Y tiene una fuerza, que muchos no imaginan, para decantar el voto de muchas personas.

Porque en España la conciencia “religiosa” es un refuerzo enorme para potenciar o modificar la conciencia “laica”. Además, en algunos casos (como ocurre en España), el Estado se ve presionado por el deber de respetar los acuerdos internacionales que ha suscrito con el Vaticano. Con lo cual la ventaja se acrecienta. Por eso, en España, los obispos no van a decir a quién se debe votar. Les bastará con decir que hay que votar “en conciencia”. Con eso tendrán fuerza para movilizar a más gente de la que quizá sospechamos.

Para evitar confusiones, ambigüedades y conflictos, que dañan a todos y antes que nadie a la misma Iglesia, creo que lo mejor sería que despareciera el Estado de la Ciudad del Vaticano con todo su montaje de relaciones diplomáticas de alta política. Si el papa representa a Jesucristo en la tierra, no resulta fácil imaginarse a Jesús de Nazaret revestido de los poderes y oropeles de los jefes de Estado.

Y mientras eso no llega (que no sé si llegará alguna vez), los gobiernos deberían poner todos los medios legales, que ofrece el Estado de derecho, para evitar las ingerencias de un Estado (el Vaticano) en los asuntos que conciernen a la organización política de otro Estado. Empezando, claro está, por acabar con los concordatos y acuerdos con la Santa Sede, que tantas veces suelen ser el coladero de ingerencias de la religión en la política

José M. Castillo

http://www.feadulta.com/iglesia-ELVATICANOylacampana.htm

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