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miércoles, 11 de noviembre de 2009

Las bienaventuranzas duelen

El seguimiento incómodo

Thelma Martínez, stj, thelmastj@yahoo.com.mx
Nicaragua

“Felices los que son perseguidos por causa del Bien porque de ellos es el Reino de los Cielos…” Mt. 5, 1-12

Y felices los que lloran… y los que son compasivos, y los que no necesitan de grandes cosas para ser felices… Y los que luchan por la paz y la justicia… y los que no hacen la guerra, y los que quieren creerle a la gente porque “son limpios de corazón”…

Felices los que RESISTE porque buscan y creen en el BIEN…

Van a ser perseguidos, procesados, silenciados…

Van a ser aplastados, pero no vencidos.

El bien, la justicia, la verdad, la libertad, tienen un costo: la muerte. No hay otra salida. Aún no sé por qué…

Pero ese fue el precio que pagó Jesús.

Resistió a un sistema opresor, lleno de mentiras. Resistió a una práctica religiosa cargada de hipocresía y de miedo. Resistió a un IMPERIO… Y creyó en la bondad intrínseca de cada ser humano.

Descubrió que Dios era Madre y Padre a la vez… femenino y masculino por igual. Y por eso no hizo distinciones. Tuvo discípulas también…

Fue “un pensador contra la ley”, como dice una canción.

Feliz porque fue libre y liberó. Y eso le costó la muerte.

Ante este Jesús tan difícil, yo me pregunto algunas cosas:

¿Será este el camino que de verdad queremos los cristianos?

¿De verdad creemos en el Reino? ¿Así, con estas consecuencias de revolución?

¿En serio queremos apuntarnos a un discipulado incómodo, que nos cuestione siempre y que nos empuje a decir lo que de verdad pensamos, creemos y sentimos?

¿De verdad queremos llorar con el dolor de la impotencia cuando vemos que el sistema no se mueve ni un ápice a pesar de tantos intentos?

¿Estamos dispuestas a arriesgar la propia vida porque queremos hacerle bien a la gente y a la sociedad a pesar de que los poderosos se encarguen de lo contrario?

¿En serio queremos formar una iglesia “contestataria”, “profética”, “liberadora”, asumiendo que para eso nos tengamos que poner frente a frente y decirnos con toda honestidad y RESPETO lo que no nos gusta y lo que creemos que va en contra del mismo Evangelio? E incluso… ¿arriesgándonos a que nos tilden de “heréticos” porque no pensamos como nos han enseñado a pensar?

No lo sé…

El Reino cuesta la misma vida… y todas las muertes juntas.

La de Jesús y la de sus verdaderos discípulos y discípulas.

Y tal vez mi tentación hoy sea la peor de todas: preguntarme para qué tanto esfuerzo…

Preguntármelo cuando veo que mi país se parte en dos y que los pobres son los más usados y los más engañados… Los pobres sólo servimos para que hagan discurso de nosotros, para que nos tengan lástima y para que nos manipulen y engañen con entregas de terrenos de miseria para que construyamos nuestras casas de cartón. Se burlan de nosotros y se les olvida que también somos GENTE. Y lo peor de todo… es que muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de que los poderosos nos están usando para existir. Y así, a lo largo de la historia, nadie ha podido “vencer” el “fenómeno de la pobreza”.

Me pregunto si “otro mundo es posible” cuando veo que la libertad de expresión no sólo es perseguida por el gobierno, sino también por la misma Iglesia oficial cuando alguien “se pasa del límite” de lo permitido para opinar… o disentir.

Me pregunto si el Reino es de los compasivos y los pacíficos cuando los países del primer mundo invierten cada vez más en armamento y lujos incomprensibles para los que vivimos cada día con lo mínimo. Cuando siento que me hierve la sangre ante tanta mentira y corrupción de los que están en el poder en mi país y en todos los demás países del mundo… ellos están felices, y mi gente sigue buscando comida, trabajo, vivienda, salud y educación… pero “no hay presupuesto” para estos “gastos”.

Me pregunto si el Reino es de los pacientes cuando de verdad a veces no sé cómo aguantarme las ganas de gritar: BASTA! Ante tanta desigualdad, miedo, injusticia, opresión, complejos, manipulación, luchas de poder, egoísmo, envidias y falta de libertad.

Tengo que preguntarme estas cosas porque las bienaventuranzas hoy me duelen… Me duelen porque a pesar de cuestionármelas las quiero para mi… y para el mundo.

Porque le creo a Jesús me duele su mensaje liberador.

Porque creo en el bien y en el Reino me duele el discipulado.

Y porque aún no comprendo por qué el precio tiene que ser la muerte.

En el fondo… lo que no entiendo es que el mundo no quiera el BIEN. No entiendo por qué le tememos a la libertad, a la justicia, a la Verdad, a la paz y al respeto mutuo.

No sé por qué Jesús dice que son Bienaventurados los “perseguidos”… es que no entiendo por qué tienen que perseguir a alguien que quiera la justicia…

A no ser que…

El SISTEMA que hemos creado a lo largo de la historia sea todo lo contrario a lo que Dios siempre ha querido.

Y romper con este sistema… Sólo lo pueden lograr los valientes… o los locos… o los creyentes comprometidos que estén dispuestos a dar la vida por este Reino diferente.

Entonces… la pregunta me la hago más en silencio y en verdad, sólo para mí misma: ¿esta es la vida que quiero asumir? ¿De verdad quiero yo alistarme en esta fila en contra del sistema frente al cual Jesús mismo luchó?

Puedo elegir no seguir. Y unirme a la masa. Ser alguien más del montón y pasar la vida “medianamente feliz”. Acomodada y ciega para que la realidad que vea no me “afecte” ni me comprometa con el deseo de un cambio.

Pero si elijo un “sí quiero”, y me voy detrás de este hombre libre que se llama Jesús… tengo que saber que la vida no será nada fácil y que al final me quedaré bastante sola gritando en la lontananza mis gritos de BASTA ante todo lo contrario a la bondad, la verdad, el amor, la libertad y la justicia.

A no ser que…

En este seguimiento también me encuentre con algunos locos que, al igual que yo, le crean a Jesús: “Felices los que son perseguidos por causa del Bien porque de ellos es el Reino de los Cielos…”

Si los encuentro… seré más “medianamente feliz”, seré profundamente “BIENAVENTURADA” porque en este seguimiento encontré hermanas/os, amigos, pueblo… identidad y pertenencia. Gente de a pie que también apuesta por el Reino que no está en “los cielos”, sino que lo podemos construir ya, hoy, como una pequeña levadura, en la masa de esta tierra.

Tal vez, por esta posibilidad que de cierta forma puedo percibir incipiente, tímida, frágil y sólida a la vez, renuncio a la tentación de renunciar y me alisto en las filas del seguimiento incómodo, incomprensible y, verdaderamente, BIENAVENTURADO…

Thelma Martínez, stj, thelmastj@yahoo.com.mx
http://eclesalia.blogia.com/2009/110901-incomprensible.php


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jueves, 24 de septiembre de 2009

La pobreza, el poder y la conciencia

Thelma Martínez, teresiana, thelmastj@yahoo.com.mx
Nicaragua

La pobreza se nos mete en las venas… nos enferma y nos denigra. Nos oprime desde dentro y nos oprime desde fuera. Aunque, cuando nos oprime desde fuera, es más llevadera.

Cuando la pobreza se nos mete en la cabeza, en los pies, en las manos, en la mirada y en el corazón, nos nubla la conciencia. Nos hace sentir menos y nos pone al frente del más dañino de todos los espejos: los demás en comparación con nosotros, los pobres…

Entonces viene el poder a terminar de arruinarlo todo…

Y los pobres nos acercamos al que puede más porque esperamos que nos dé algo de lo mucho que tiene: su dinero, su influencia, su prestigio, su inteligencia, su belleza, o, simplemente, su cariño y preferencia. Y los pobres nos alzamos así al poder sobre nuestros semejantes, los otros pobres con los cuales, sin querer, también competimos. Los que se quedan abajo, se quedan tristes… deseando estar en el lugar que ocupamos los de arriba, los preferidos del jefe…

Y si la pobreza se nos mete en la cabeza, no valen los títulos universitarios que saquemos para “mejorar en la vida”, o los bienes personales ni las riquezas que después logremos (si las llegamos a tener). Porque siempre nos vamos a estar pensando como pobres… siempre nos vamos a creer menos que los demás… siempre vamos a estar compitiendo con aquellos que están cerca del poder. Siempre estaremos pensando en función de lo que no tenemos y quisiéramos tener… o, si llegamos al poder o al “éxito”, nos vamos a olvidar de lo que una vez no tuvimos… de lo que fuimos: pobres. Porque sentiremos vergüenza del recuerdo…

Si se nos mete en los pies, la pobreza nos hace haraganas… y miedosas… Y aprendemos a caminar detrás de los pasos de aquellos a quienes consideramos mejores… y nos detenemos con cada nuevo obstáculo. Y damos pasos de hormiga en aquellos lugares anchos, donde podríamos correr y hasta volar, porque no nos terminamos de creer que estamos ahí precisamente para correr o para volar. Y si no nos mete miedo la pobreza en los pies, nos hace mañosos… porque entonces buscamos siempre cómo aventajar al que viene detrás de nosotras, correr despacio, en zig-zag, nunca de frente, buscando cómo ponernos en lugares donde saquemos ventaja, donde nos arrimemos al poder y al bienestar, aunque eso signifique hacerle trampa a los otros. Pero… “tenemos que sobrevivir”, y aquí se trata de la ley del más fuerte…

Cuando la pobreza se nos mete en las manos, nos ata… Nos amarra y nos desfigura las manos. Nos inutiliza. Porque pensamos que es poco o nada lo que somos capaces de hacer. O nos hace sirvientas de las personas que ostentan poder, dinero o influencias. Nos volvemos serviles e intentamos contentar todo el tiempo a quien está en un “rango” superior al nuestro. Porque tenemos miedo que nos quiten el trabajo… ese trabajo que nos da de comer todos los días (si es que lo tenemos). Así, sin querer y sin que nos demos cuenta, la pobreza nos hace mendigas… y nuestras manos atadas se liberan sólo para ser extendidas para pedir… dinero, favores, privilegios, cariño, aprobación y compasión.

Si se nos mete en los ojos, la pobreza nos hace ciegas. No sabemos vernos por dentro, ni descubrir nuestras capacidades, oportunidades y espíritu de lucha. Sólo vemos lo que NO tenemos… y lo comparamos con lo mucho que otros tienen. Nos entra la tristeza… y la rabia. Y tampoco miramos a nuestro alrededor. No nos damos cuenta de que hay otras personas que están en peores condiciones y que, tal vez, podrían necesitar de nuestra solidaridad. Miramos con desconfianza, con la mirada turbia porque pensamos mal de los demás… porque en el fondo también pensamos mal de nosotros mismos.

Pero cuando nos conquista el corazón, estamos liquidadas… porque la pobreza conquista nuestras ganas. Y lo peor de todo, nos hace amarla, desearla y buscarla. Es una contradicción tremenda: por un lado, no queremos la pobreza porque nos hace sufrir. Por otro, amamos sentirnos víctimas… pobres, limitadas, excluidas. Y le echamos la culpa a los ricos del mundo, a los que tienen poder, a los que son “mejores” que nosotros, los pobres Pobres…

Y si la pobreza nos llega al corazón, nos nubla la conciencia. Ya ni siquiera somos capaces de decir quién somos… ni de dónde venimos, ni sabemos hacia dónde vamos. La sociedad no nos importa, porque ella misma tiene la culpa de que seamos pobres. Y los ricos nos pisotean sin que nosotros nos demos cuenta, o si nos damos cuenta, no protestamos, pues no hay nada qué hacer… Y los otros pobres son nuestros iguales hasta que nos hacen competencia y se quieren meter en nuestro camino y quitarnos las migajas a las cuales, por ser más pobres, tenemos derecho. Y si el sistema nos oprime no opinamos, y si opinamos y luchamos es porque los líderes nos lo dicen. Y así se nos pasa la vida diciéndonos que somos pobres, y que no es justo, y que pobrecitos nosotros que somos pobres, y que quiero quedar bien con el patrón, la jefa y los dueños. Pero también pisoteo a los otros pobres que están debajo de mí… Cuando la pobreza se nos mete en la conciencia, ni siquiera nos damos cuenta de fuimos nosotras mismas quienes entregamos nuestra propia dignidad, a cambio de un “bienestar”, y nos volvimos objeto de uso y de consumo de quienes ostentan un poder opresor.

Y todo esto, sin darnos cuenta… porque no fuimos capaces de despertarnos la conciencia.

Al final, pienso que el problema no es pasar hambre o angustia por las deudas… El problema es quedarse siempre en el hambre y en la angustia, y aprender a estirar la mano para pedir clemencia a los que tienen o pueden más… o no creer que pueda caminar con la misma dignidad que mi jefa, aunque no ande una ropa tan buena o mi porte no sea “distinguido”… El problema es creer que su dignidad depende de su cargo, de su dinero, de su preparación profesional, de su apellido o de su distinción… y no de su ser PERSONA… tan digna y tan semejante a mí… y a todos los seres humanos de este mundo.

El problema es el miedo que nos oprime… porque con ese mismo miedo nos volvemos opresoras y reproductoras de pobreza…

El problema es que ni siquiera tenemos conciencia de que la humanidad no podemos dividirla más por los “estratos sociales”… porque esa división no fue pensada por el Creador. Y porque este es un pensamiento absurdo… ilógico. Basta vernos unos frente a otros, y darnos cuenta de que somos hechos con la misma materia…

El problema no es ser pobre… sino que la pobreza se nos meta en las venas y nos envenene la sangre, y nos haga seres inferiores (porque nos vivimos comparando con los demás).

La pobreza no está sólo en la casa… en la cartera vacía ni en el fogón apagado porque no hay nada para cocinar. La pobreza está en el alma humana… en la mendicidad de nuestras relaciones y en la mezquindad de nuestros deseos.

Los pobres no sólo somos los que no tenemos dinero…

Los pobres somos los que no nos creemos gente.

Hasta que dejemos de pensar como pobres… entonces seremos, por fin, seres libres. Y ningún sistema nos podrá aplastar, porque la liberación la llevaremos por dentro, y se nos saldrá por los poros en cada uno de nuestros actos. En ese momento ya no nos pensaremos como ricos o pobres, sino simplemente, como seres humanos… Sólo entonces tendremos las agallas para ponernos de pie y enfrentar a este sistema opresor… y decir un “basta” a la injusticia. Sólo entonces tomaremos conciencia de nuestra igualdad, y nos uniremos entre todos los seres humanos, pobres y ricos, que queramos luchar por un mundo justo. Un mundo donde no haya espacio para las diferencias, porque son ilógicas… inhumanas e incivilizadas.

Cuando seamos libres desde dentro, nos liberaremos también desde afuera.

Y la pobreza habrá salido ya de nuestras cabezas, pies, manos, miradas, corazón y conciencia… y todas las personas tendremos el mismo poder creador…

Ese poder libertador que nos fue entregado desde el inicio de la historia de la humanidad.


Thelma Martínez, teresiana, thelmastj@yahoo.com.mx
Nicaragua
http://eclesalia.blogia.com/2009/092401-agallas.php

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