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sábado, 21 de noviembre de 2009

Libertad falaz

Pep Castelló

¿De qué son libres los pobres en el mundo que gobiernan los ricos?

Con motivo del veinte aniversario de la caída del muro de Berlín, durante unos cuantos días han abundado toda clase de comentarios en los que no faltaba la palabra “libertad”. Eso me ha traído a la memoria que hace algún tiempo difundí entre mis contactos un artículo de Frei Betto en el que elogiaba los logros sociales de Cuba. A una amiga monja le extrañó que Betto pudiese elogiar la actuación del régimen cubano puesto que «como todo el mundo sabe, en Cuba no hay libertad». Le pasé la pregunta a otra amiga monja radicada en América Latina, que conoce muy bien la realidad de Cuba y la de su patria grande, y esta me respondió: «cierto que hay cosas que se debieran mejorar; pero la falta de libertad de los ricos en Cuba es cosa de niños comparada con la que padecen los pobres en los países que gobiernan los ricos».

Una respuesta tan contundente no puede por menos que hacernos reflexionar sobre qué entendemos por libertad y qué por esclavitud, dos ideas que suelen evocarnos un imaginario de tiempos pretéritos y países lejanos, como si un ataque de presbicia mental nos impidiese ver la realidad que tenemos cerca.

Libre es solamente quien no está sometido a otro. Pero en modo alguno puede considerarse libre quien para subsistir necesita agachar la cerviz ante quien controla los recursos que le son necesarios.

En nuestra opulenta civilización occidental cristiana, libres son los amos del mundo, y nadie más. Y amos son quienes detentan la propiedad de la tierra, quienes controlan las finanzas, los recursos alimentarios de la población, los medicamentos y todo cuanto es necesario para la subsistencia. Pero también son amos quienes controlan los medios de información-desinformación de masas, los sistemas educativos, las ofertas de ocio, y todo cuanto contribuye a configurar la forma de pensar y sentir de la población, porque la esclavitud se forja en la mente de la persona. Quien le controla la mente controla todo su hacer.

A los pobres se les ha controlado siempre la mente. Siempre sus amos les han dicho qué debían pensar, qué debían hacer, cómo tenían que actuar, cómo comportarse, cómo vestirse, qué deben elegir, a quién tienen que votar... Y eso se lo han dicho siempre quienes no han pensado sino en sus propios beneficios, con desprecio absoluto del bien común y de la igual dignidad que todos los seres humanos tenemos por la sola razón de serlo.

Hoy los pobres del mundo, al igual que en tiempos remotos, son esclavos de los ricos. Poco importa que esa esclavitud no sea evidente para la mayor parte de la población, la cual no piensa sino en satisfacer sus necesidades más primarias, porque quienes sí piensan se dan de bruces con ella en cuanto intentan sobrepasar los límites que quienes mandan les tienen fijados.

Los amos del mundo y sus paladines se llenan la boca hablando de libertad y democracia. En un discurso más que dudoso se atreven incluso a contraponer libertad a equidad, como si necesariamente fuesen incompatibles. ¡Falso! La libertad y la equidad son inherentes a la naturaleza humana y solamente son incompatibles cuando prevalece el modo de pensar de quienes mediante la violencia se apropiaron de la tierra y de todos los bienes necesarios al resto de sus congéneres.

No vamos a entrar en demasiadas polémicas porque de poco sirven, pues cada cual ve lo que puede ver. Pero sí que merece la pena lanzar algunas preguntas que nos inquietan.

¿Tiene realmente la población pobre las mismas posibilidades que la rica para hacer respetar sus derechos en los países que se denominan democracias libres? ¿Tiene los mismos medios para cuidar de su dignidad humana, igual alimentación, igual sanidad, igual vivienda e igual educación que la rica? ¿Puede elegir entre los derechos que se le conceden y los que la sociedad concede a la población rica? ¿Puede la población pobre pactar en igualdad de condiciones con la rica las normas que rigen la vida ciudadana y las relaciones de trabajo? ¿Puede la población pobre subsistir sin que su trabajo sirva para procurar un mayor beneficio a la población rica? ¿Acaso no es la población rica quien establece las normas y la pobre quien las acata? Entonces, ¿puede alguien decirme de qué son libres los pobres en el mundo que gobiernan los ricos?


Pep Castelló

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domingo, 8 de noviembre de 2009

Reivindicar la guillotina

Pepcastelló

Escuchando y leyendo cuanto dicen los informativos referente a geopolítica, a distribución mundial de riqueza-pobreza y al impune abuso de poder de quienes detentan la propiedad del mundo, se me ocurre que desde una posición contraria a la pena de muerte es digno y justo, equitativo y saludable reivindicar la guillotina, ese afilado instrumento de podar nobles testas que sirvió antaño para atajar de raíz el pensamiento reaccionario.

Posiblemente la restauración de ese terrorífico ingenio comportaría no pocos “daños colaterales”, como eufemísticamente se les llama ahora a los inocentes que mueren por causa de las guerras que mueve la codicia del imperio. Pero dudo que el número de víctimas fuesen ni de lejos comparable al que ahora da la defensa de la democracia, esa diabólica falacia mediante la cual una mínima parte de la población mundial convierte en esclava suya al resto.

Esclavitud, hambre, miseria de todo orden que condena a muerte a millones de seres humanos por el solo delito de haber nacido pobres. Luego he dicho bien cuando he reivindicado la guillotina desde una posición contraria a la pena de muerte.

Hoy la humanidad entera está dividida entre ricos y pobres, al igual que desde los más remotos tiempos históricos. La democracia sigue siendo un acuerdo entre ricos, al igual que lo fue en sus comienzos. Los pobres siguen sin contar para nada en ella, por más que ahora se intente disimular ese ninguneo mediante la falacia del voto. La realidad es que en las decisiones que toman quienes gobiernan no está previsto que el pueblo pueda siquiera opinar. ¿Qué diferencia hay entre el despotismo reinante en la Francia del siglo XVIII y el que impera actualmente en el mundo?

Si los aristócratas eran los odiados amos de la tierra en aquellos tiempos, hoy son los ricos del mundo quienes esa propiedad detentan. Ellos son quienes deciden la vida o la muerte de millones de personas mediante los diversos procedimientos que tienen a su alcance. Los políticos son los paladines de tan altos señores, quienes dan la cara por ellos y les protegen y defienden mediante el brazo armado de toda esa chusma de esbirros, ejecutores, torturadores y asesinos profesionales que tienen a sus órdenes. Nada ha cambiado pues, salvo las apariencias.

Si en aquel tiempo hubo una clerecía encargada de lavar el cerebro al pueblo sometido, hoy ésta ha sido desplazada por los llamados medios de comunicación de masas, “mass media” en la lengua del imperio. El método es básicamente el mismo, pues consiste en forjar una cadena esclavizante en la propia mente del esclavo.

A la vista de todo ello, no puedo evitar pensar si no se estarán dando en el presente de nuestra opulenta civilización occidental cristiana motivos similares a los que puso en marcha el infernal invento propuesto allá por 1789 a la Asamblea Constituyente Francesa por Joseph-Ignace Guillotin.

El conflicto moral que tales pensamientos generan en mi mente hace que aparezcan en ella, rebeldes y victoriosos, héroes pacifistas como Gandhi o Martin Luther King y otros no tan famosos pero igualmente merecedores de admiración por haber sabido combinar la resistencia al oprobio con el respeto a la vida.

“Más vale padecer injusticia que cometerla” dicen que decía Sócrates. Sin duda. Pero ¿es injusto tratar de evitar que millones de seres humanos sean víctimas de algunos de sus congéneres?

Como un eco sin respuesta resuena en mi mente esta pregunta mientras como entre brumas desfilan las imágenes de quienes a lo largo de la historia, en diversas luchas, han dado fe con su sangre de que los derechos de los pueblos nunca fueron un regalo de quienes los oprimían.

De pronto una música estridente me sobresalta. Ante mí el televisor muestra imágenes de un spot publicitario. ¿Será cuanto antecede una pesadilla que me vino en un instante que me quedé traspuesto? Quizá. Ruego a quienes lo hayan leído que me disculpen por no haber podido evitar su relato.


Pepcastelló

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miércoles, 21 de octubre de 2009

Maldición eterna a quienes bendicen sables

Pepcastelló

Con el mayor respeto por quienes profesan creencias religiosas, entre ellas las cristianas, que son las que guiaron los primeros años de mi vida y en las que me eduqué. Desde mi actual perspectiva humana, en tanto que cristiano de corazón pero agnóstico de pensamiento, no puedo sino maldecir el uso perverso que de la buena fe de la gente hacen algunas iglesias cristianas, entre ellas la Iglesia Católica Romana. Me mueve a ello la noticia publicada el 14 de octubre por “Mémoire des luttes”, traducida y difundida por “Rebelión” en lengua castellana con fecha 16/10, con el título “El sable, el hisopo y la sala de mercados”. [1]

Hace falta tener muy poca conciencia y unos principios éticos muy relajados para contemplar fríamente la desvergüenza con que el cardenal y arzobispo de Tegucigalpa Óscar Rodríguez Madariaga dio por legítimo el actual golpe militar de Honduras y el silencio que ha mantenido luego ante los atropellos y crímenes que los golpistas están produciendo en ese pequeño, pobre y maltratado país de América Latina, en el cual se ceban ahora las oligarquías de toda América del Sur y las clases dominantes de la América del Norte.

Que el Instituto Católico de Paris conceda las insignias de doctor honoris causa a alguien que acaba de manifestarse tan en contra de los más elementales derechos humanos, y que sean dos cardenales quienes convoquen el acto y pronuncien los discursos panegíricos, el cardenal André Vingt-Trois y Monseñor Hippolyte Simón, arzobispo de Clermont, no puede ser sino un oprobio para quienes de corazón se sientan miembros de esa Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana.

El Banco Central Europeo (BCE) de la mano del Fondo Monetario Internacional (FMI) y juntos del brazo con eminencias cardenalicias, altas jerarquías de la Iglesia católica, no puede ser sino causa de repulsión profunda en el alma de quienes sientan un mínimo respeto por la paz y la justicia equitativa.

Si el mundo necesita con urgencia alzarse contra la injusticia, París será el próximo 24 de noviembre uno de los muchos lugares propicios para ese alzamiento.

Desde mi ancestral espíritu cristiano emplazo a las buenas personas católicas a alzar la voz y manifestarse públicamente contra semejante ignominia. El lema «todos somos Iglesia» no tiene que servir para escudar a los canallas que forman alianzas de poder contra los pobres del mundo entero, sino para exigir a sus autoridades eclesiásticas, en nombre de esa santa institución a la cual pertenecen y veneran, que sean consecuentes con los más elementales principios éticos que deben regir la convivencia humana. De no hacerlo así, quienes sienten el catolicismo en lo hondo de su alma tendrán que asumir también en ella la complicidad con semejantes criminales que su silencio conlleva.

[1] Homenajean al cardenal golpista de Tegucigalpa y al ex director general del FMI el día 24 de noviembre en la Universidad Católica de París http://www.rebelion.org/noticia.php?id=93350
Se puede ver también en "La hora del Grillo"
http://bibliotecadelgrillo.blogspot.com/2009/10/el-sable-el-hisopo-y-la-sala-de.html


Pepcastelló

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sábado, 17 de octubre de 2009

Es en la rebelión donde el alma se revela

Pepcastelló

Rebelarse es una actitud visceral, un movimiento sísmico humano que arranca de lo hondo del alma. Cuando alguien se rebela lo hace con las entrañas y aun en contra de toda razón y conveniencia. Las grandes rebeliones de la historia las han protagonizado pueblos con conciencia, con el alma despierta. Pueblos formados por hombres y mujeres conscientes de su dignidad humana que se han rebelado contra la injusticia, la mentira, la humillación, y se han lanzado a la lucha en pos del ideal que brillaba en su mente, en su corazón y pensamiento, en su alma despierta.

Rebelarse es la condición esencial del ser humano, el baremo que marca el nivel de humana dignidad de la persona. Y puesto que la natura humana tiene tendencia a someter al otro, a explotarlo, a obtener beneficio del esfuerzo ajeno, es preciso que el alma esté despierta para cerrarle el paso a toda esa injusticia, ajena y propia, puesto que todos estamos expuestos a caer en la más absoluta iniquidad. De ahí que la rebelión no sea tan sólo un acto contra otro u otros sino que puede y aun debe serlo también contra uno mismo cuando la conciencia a ello llama.

Pero para que la conciencia grite reclamando justicia hay que tenerla viva y bien despierta. Forjarse una conciencia no es algo gratuito; quiere dedicación, tenacidad, continuidad, firmeza, reflexión, meditar, contemplar la belleza de la vida con el alma serena y el corazón henchido. Requiere educación y aun autoeducación, y un largo y generoso filosofar durante toda la vida. Forjarse una conciencia, hacer crecer el alma no es algo gratuito ni es nada banal que se obtenga sin más; requiere esfuerzo.

Ese ente misterioso y metafórico, el alma humana, que tanto verbo ha movido, no es algo que se pueda dejar en el olvido, al margen de la vida cotidiana pensando en sacarlo a relucir cuando convenga, igual que los pendones en las celebraciones y fiestas lugareñas. El alma vive y crece al ritmo de nuestra propia vida o se atrofia como miembro en desuso y al final fenece o si más no queda inservible.

Y es tal vez por eso que ahora en nuestro mundo acomodado rebelarse no se estila, que es una actitud fuera de moda, que no se lleva ya. Ha quedado tan sólo en rasgo peculiar de adolescentes, una incomodidad inevitable que padres y educadores intentan casi siempre esquivar y aun neutralizar, para bien del educando, según dicen. La mayoría de la población al asumir su condición de adulto entiende que madurar consiste en ser feliz a ultranza, adaptándose al sistema y sumiendo su alma en una estado de sopor que le impida plantearse toda cuestión acerca de cuanto pueda acaecerle, evitando de ese modo cualquier incomodidad de cuerpo y de alma, aun a costa de su propia dignidad humana. Algo así como un proceso de hibernación mental de por vida que garantice la supervivencia en el glacial panorama moral que va a envolverle.

Actualmente acá, la gente lleva años ya sin rebelarse más que contra la misma rebelión, contra todo lo que pueda constituir un estorbo en el camino trazado por la propia inercia. La inmovilidad parece ser uno de los valores máximos de esta sociedad nuestra que, paradójicamente, se caracteriza por la velocidad, por el movimiento permanente, por lo poco que duran ya las cosas empezando por los cacharros esos a que tan aferrados estamos y sin los cuales parece como si no pudiéramos vivir. Un afán desquiciado de renovación y consumo, que afecta incluso a la estructura emocional de las personas y a su vida afectiva, es la principal característica de esa inercia esclavizante contra la cual parece imposible rebelarse.

Un correr permanente, sin alma, sin conciencia, para así ir mas deprisa a nadie sabe donde, hace como de balanceo de las almas, justo para mecerlas y dormirlas, para inmovilizarlas hasta atrofiarlas y así poder embrutecer a las personas hasta convertirlas en simples individuos de una gran masa, amorfa y manipulable por quienes ostentan el poder. Masa en lugar de pueblo. Individuos sin alma en lugar de personas conscientes.

Ese es el gran triunfo del capitalismo, convertir el pueblo en masa. Pero ese ha sido también siempre el gran objetivo de todas las ideologías y religiones generadoras de creencias: esclavizar el pensamiento, secuestrar las mentes, anular las conciencias, adormecer las almas para así convertir las personas en individuos y el pueblo en masa.

Personas sin alma, pueblos sin alma, individuos, masa... Sumisión permanente... Triunfo del poder esclavizante. Un pueblo sin conciencia, con el alma dormida, es un pueblo vencido y sometido.

Pero no para siempre, pues que ninguna esclavitud es perpetua. La crisis de opiáceos alcanza ya al mundo acomodado. Entre la gran masa empieza a florecer la conciencia ¿Despertarán las almas? ¡Quién sabe! Es en la rebelión donde el alma se revela.


Pepcastelló

NOTA: El presente artículo ha sido reeditado por su autor sobre uno que publicó en KAOSENLARED.NET el 9/7/2004 con el título “Es en la rebelión donde el alma se revela”.

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miércoles, 7 de octubre de 2009

Educar para la Paz

Pepcastelló

Hay palabras que por el uso perverso que de ellas se ha hecho han sido condenadas a la más absoluta ambigüedad, motivo por el cual generan sospechas cuando no rechazo en buena parte de quienes las reciben. Y así vemos que un término tan loable en su origen como es “paz” genera en no pocas mentes tantas alarmas como su contrario “guerra”. Razones hay para ello más que sobradas, pues como todo el mundo sabe incluso las Fuerzas de Paz de la ONU son en realidad fuerzas represoras, un ejército compuesto por tropa proveniente de las clases pobres, especializado en reprimir los movimientos de liberación de los pueblos en beneficio de los poderes establecidos, es decir, de las clases ricas dominantes.

La palabra “paz” es a todas luces una falacia. Piden paz los déspotas, los opresores de todo género cuando quieren que nadie se oponga a sus punibles actuaciones. Apelan a la paz ciudadana y a su correlato el orden los gobiernos autoritarios que no aceptan que nadie discuta sus arbitrarias decisiones. La paz es, para toda esa canallada, el escudo que les permite permanecer en la arbitrariedad y la injusticia sin que nadie les discuta nada.

Desde muy antiguo se ha asociado paz con sumisión, con aceptación resignada de las imposiciones de quienes detentan el poder. En la formación de esa idea ha contribuido no poco la religión católica. Habiendo nacido en el seno del poder, la Iglesia Católica Romana ha tenido sumo cuidado de predicarle al pueblo la paz asociándola a la sumisión y desvinculándola de la justicia, algo que por pocas luces que se tenga ya se ve claramente que es un camino sin otra salida que la impunidad de quienes detentan el poder.

La paz como incondicional mansedumbre, como sumisión de unos seres humanos a la voluntad de otros no es sino una apología de la injusticia y del más absoluto desorden, tanto si esa sinrazón ocurre en el seno de un sistema tan sencillo como puede ser una familia como si es a nivel estatal o mundial.

Afortunadamente, la naturaleza humana tiene en su raíz suficiente sentido de la supervivencia como para despertar de todos los letargos mentales en que puedan intentar sumirlo quienes manipulan el pensamiento colectivo, lo cual hace que cada vez sea más manifiesto el rechazo a semejante forma de entender la paz.

Desde una perspectiva pedagógica, superada la trasnochada idea de paz que nos predicaron durante siglos las fuerzas del poder, debemos entender hoy que educar para la paz es educar en el respeto a la dignidad humana, en la justicia equitativa, en la libertad responsable y en el compromiso humano, valores sin los cuales cualquier simulacro de paz es pura falacia.

Sin dioses, sin ídolos, sin mitos, sin falacias ni dogmas; con tan sólo la confianza profunda en la capacidad humana para discernir el bien del mal, lo justo de lo injusto, lo noble de lo espurio, lo humano de lo inhumano... Esa es la senda que la pedagogía actual tiene que hollar de nuevo en esta civilización que ha emponzoñado con intereses y odios los viejos caminos de la sabiduría.

La tarea de educar y de educarse no exime a nadie. Es un imperativo categórico que afecta a todo ser humano. Cada cual debe llevarla a cabo en la medida de sus capacidades sin que quepa excusa alguna. Nadie puede sentirse exento de esta obligación, pues es la principal de las funciones de relación que tenemos en tanto que miembros de la gran familia humana.

A la vista de la situación mundial presente, quienes tienen responsabilidades educativas, sea cual sea el grado de responsabilidad que ocupen y el modo como lo hagan, deberán replantearse qué senda van a seguir en sus tareas de ahora en adelante. Nadie puede ignorar que llevamos siglos avanzando por una ruta equivocada, la cual nos ha traído hasta el caos presente y nos conduce inexorablemente hacia el caos total.

Luchar por la paz equivale a sublevarse contra la injusticia, contra quienes la ejercen y contra las instituciones que la promueven, por más legales que estas puedan ser.

La Paz tiene un precio. Y ese precio es el esfuerzo propio necesario para construirla conjuntamente con el resto de la Humanidad.


Pepcastelló

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sábado, 3 de octubre de 2009

Retiro espiritual de un no creyente

Josep Castelló

Perspectiva agnóstica y humanista de la Comunidad de Taizé

Una vez más he cumplido con mi peregrinación anual a Taizé [1], ese oasis de paz y concordia hecha posible mediante la acogida fraterna exenta de imposiciones doctrinales, el trabajo desinteresado, la vida sencilla y austera y una plegaria en común centrada en el canto y en el silencio. Quienquiera que allí vaya podrá respirar esa atmósfera de abierta fraternidad que lleva a la cumbre de la espiritualidad inherente a la humana natura. Da igual el credo que se profese o incluso el no credo, porque el camino está abierto a quien lo quiera transitar.

Somos muchas las personas de mi generación que fuimos educadas católicamente y, andando el tiempo, tras cuestionar las creencias que nos habían sido transmitidas, decidimos abandonar la religión. Eran tiempos aquellos en los que nuevas perspectivas se abrían al pensamiento y entraban en conflicto con la moral católica tradicional y muy especialmente con la actitud retrógrada y oscurantista de la Iglesia que teníamos en nuestro entorno. El paulatino descubrimiento de la triste realidad política española, cuya reciente historia se nos había transmitido bajo una atmósfera de institucional engaño; del soporte que la Santa Madre Iglesia dio a los militares golpistas que implantaron una férrea dictadura en España y el que siguió dando a las sanguinarias dictaduras de América Latina; del posicionamiento político de la alta clerecía, amiga de los poderosos y los ricos, sexista, discriminadora, negadora de derechos humanos reconocidos por la sociedad civil, y un sinnúmero de iniquidades más, pasadas y presentes, que las buenas personas católicas prefieren ignorar o excusar, generó un firme y profundo rechazo a cuanto de la Iglesia Católica nos llegaba, empezando por su doctrina.

El alejamiento religioso nos impidió vivir la renovación eclesial del Vaticano II y el nacimiento de la Teología de la Liberación, verdaderos esfuerzos por retornar a las fuentes del cristianismo desde perspectivas de humana actualidad. Por ello, pese a la educación que recibimos en nuestra infancia, seguimos viviendo lejos de todo discurso religioso, en una posición agnóstica cuyo conflicto no era ni es Dios sino los hombres que dicen hablar en su nombre. Hoy somos muchas las personas que rechazamos a la Iglesia y su discurso conservador y soberbio y nos planteamos la religión desde una perspectiva antropológica y humana.

Al margen de que se profesen o no creencias religiosas, es preciso aceptar que la mente humana es creadora de mitos y misterios, a partir de los cuales las sociedades han ido elaborando sus religiones desde los más remotos tiempos. El hecho de que estas religiones hayan servido de guía a los pueblos que las profesaban durante largos períodos de su historia nos lleva a pensar que en su origen hay un importante caudal de sabiduría que merece ser estudiado. Y por el mismo motivo merece serlo el funcionamiento de la estructura mental que con el fenómeno religioso se relaciona.

A quien observe hoy el mundo occidental superficialmente le podrá parecer que la gente vive libre de discursos religiosos e ideológicos, pero se equivoca. La publicidad hace continuas referencias a mitos paradisíacos que en otro tiempo daban lugar a afirmaciones religiosas. La forma como los medios de comunicación transmiten los acontecimientos son un continuo de eslóganes doctrinales dictados por los poderes fácticos y quienes abogan por la forma de vida que nos han impuesto. Los discursos no son hoy tan explícitos como lo fueron en determinados momentos del siglo pasado, pero son mucho más intensos y persuasivos. La mayor parte de la población no es consciente de los continuos mensajes subliminales que recibe, por lo que estos calan hondo en su mente configurándola en una ideología nihilista y deshumanizadora. Como consecuencia de ello, se vive hoy sin otras referencias que las dictadas por las necesidades inmediatas, objetivas y subjetivas a un tiempo, aceptando como máximos valores el confort y el éxito personal. Los sistemas educativos de los países más desarrollados técnica y económicamente han sucumbido a la vorágine materialista desatada por tan irreflexiva forma de vivir. El individualismo ha destronado al espíritu colectivo que durante siglos guió a la humanidad hacia horizontes de utopía. Y como colofón podemos decir que el mundo entero se debate hoy por subsistir en un planeta que la ambición y la desmesura destruyen a velocidad vertiginosa.

Nuestra civilización occidental cristiana necesita descubrir urgentemente un modo de vivir completamente distinto del que promueve la ideología capitalista. No podemos seguir basando nuestra subsistencia en la agresividad, sino que es urgente poner en práctica formas de vivir basadas en la cooperación. Y es en este contexto y bajo esta perspectiva humana, tanto o más que en la religiosa, que Taizé se nos muestra como un puerto hacia la esperanza.

La forma de vida austera a la vez que gozosa que se da en Taizé desmiente el discurso consumista y permite descubrir el valor de la colaboración y del trabajo desinteresado, algo impensable según la ideología que el voraz capitalismo ha extendido a lo largo y ancho de nuestro planeta. La organización temporal que allí rige atiende las necesidades materiales a la par que las espirituales, dimensión humana ésta de la mente que no suele formar parte de la filosofía del occidente actual, abocada a una dinámica de actividad permanente, ya sea productiva ya para procurarse diversión. La invitación a un recogimiento interno en forma de plegaria colectiva, abierta y plural, que puede ser aceptada por creyentes de diversas confesiones cristianas y no cristianas y aun por personas agnósticas, supera todas las intolerancias habituales en los entornos religiosos confesionales y abre la puerta a la libre introspección. Todo allí está pensado para favorecer el crecimiento humano de quienes participan. Si la forma de vida condiciona la forma de pensar, allí se da una forma de vida humanizadora. Si la reflexión es el camino necesario para el crecimiento humano, allí se da reflexión desde diversas perspectivas religiosas y humanas. Si el silencio interior es la condición necesaria para alcanzar el propio conocimiento, allí se da ese silencio. La ausencia de afanes materiales, la reflexión, el silencio interno, la paz en el entorno que favorece hallar la de la propia alma son los aspectos que remarco de cuanto allí percibo.

No toda la población visitante comparte esta perspectiva, pues en su mayoría son personas provenientes de entornos religiosos confesionales, mayoritariamente católicos, para quienes la religión consiste en una relación personal con el Dios del cielo, lo cual si no está completamente al margen de la forma de vida que se siga puede no guardar una estrecha relación con ella siempre que se observen las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia, que no son precisamente un modelo estimable en cuanto a justicia equitativa ni a relación entre las personas y los pueblos. Pero aun cuando esta abundancia de población creyente abocada a la práctica religiosa convencional tiende a ofrecer una imagen exterior que puede no diferenciarse demasiado de la que se obtiene en determinados eventos religiosos de la Iglesia Católica Romana, quien se acerque con una visión humanista y más cercana al agnosticismo que a la creencia religiosa podrá observar cuanto decimos.

Por supuesto que una semana de estancia en Taizé difícilmente puede cambiar la forma de pensar y de sentir a nadie, pero puede servir de referencia para posteriores reflexiones, para cuestionar falsas certezas, para reabrir esperanzas... A buen seguro que quien más quien menos saldrá de allí con alguna novedad interna, tal vez atisbando alguna posibilidad hasta entonces no considerada, o tal vez afirmándose en alguna anteriormente descubierta. Y quien a tanto no llegue, habrá vivido al menos la ocasión de dar un primer paso en alguna de esas direcciones. En cualquier caso, desde una perspectiva agnóstica y humana es una experiencia recomendable.

[1] http://www.taize.fr/es

NOTA: Como podrán ver quienes entren en la página web de la Comunidad de Taizé, su ya remoto origen se sitúa en los tristes años de la segunda guerra mundial, cuando los ejércitos alemanes invadieron Francia y la locura nazi desencadenó una feroz persecución de judíos, gitanos y otros seres que en su ideario figuraban como inferiores. Allí el Hermano Roger de la Iglesia Calvinista y otras personas compasivas de diversas confesiones religiosas escondieron a cuantos pudieron e hicieron cuanto les fue posible para ayudarles a huir. Taizé nació pues horizontalmente, con amplia vocación fraterna en favor del débil, del injustamente perseguido por el poder.

Pasada la gran guerra, una parte de quienes allí actuaron, provenientes de diversas iglesias cristianas, decidieron unirse en comunidad fraterna para dedicarse a organizar encuentros de jóvenes procedentes de diversos países e iglesias con el fin de que se conociesen y amasen y fuesen capaces de negarse a repetir la barbarie de la guerra que tan de cerca ellos habían vivido.


Josep Castelló

Este artículo ha sido publicado en:

ECUPRES - (09/09/21) - PreNot 8416
http://www.ecupres.com.ar/noticias.asp?Articulos_id=3996

MERCOSUR NOTICIAS (21/09/2009)
http://www.mercosurnoticias.com/index.php?option=com_content&task=view&id=30319&Itemid=30

KAOSENLARED.NET
http://www.kaosenlared.net/noticia/retiro-espiritual-no-creyente


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viernes, 2 de octubre de 2009

Perspectiva educativa de la comunidad de Taizé

Josep Castelló

Si partimos de que el respeto mutuo y la colaboración son la base de la convivencia, acordaremos que deben serlo también de todo proceso educativo que se precie, dando por sabido que educar no es amaestrar sino ayudar a construir mentes capaces de vivir de una forma plenamente humana y aportar a la sociedad los logros de su persona.

Mucho estamos oyendo últimamente en pro de la “firmeza” como base de la educación, tanto en la familia como en la escuela. Tanto que a nadie podrá extrañar que en breve algunos países “civilizados” instauren de nuevo el castigo físico como recurso básico “educativo”. Una clara alerta de ello es el pretendido descenso de la edad penal a fin de poder encausar a los delincuentes menores de edad. ¡Qué tristeza tan grande produce ver como el fracaso debido a no haber sido consecuentes con los más elementales principios de equidad y justicia social se quiere remediar mediante bárbaros retrocesos en los derechos humanos!

Si esa bárbara idea triunfa, quienes comparten capas sociales más favorecidas ya no tendrán que temer que las pobres criaturas hijas del desamor y de la miseria atenten contra sus posesiones e integridad física, porque ya se ocupará de que eso no ocurra la justicia establecida por quienes gozan de los mayores privilegios sociales. Y tampoco hará falta amor y dedicación a la vez que recursos humanos para educar, sino que se podrá recurrir legalmente y en conciencia al castigo físico. Quienes tenemos ya alguna edad recordamos todavía los ensañados castigos recibidos en la escuela por maestros permanentemente malhumorados cuya pedagogía era fiel a la máxima de «la letra con sangre entra». Pues camino vamos de nuevo a ello, ya que el frustre y la irreflexión de quienes no supieron avanzar humanamente ahí nos lleva.

Frente a esto, la Comunidad de Taizé, sigue una senda bien distinta, como es el que pasa por confiar en el ser humano. Basada en el amor cristiano y forjada desde un buen comienzo en el respeto mutuo que exigía la diversidad de confesiones de quienes la fundaron y de la gente joven que querían acoger, se nos muestra como un proyecto educativo centrado en el amor, el respeto y el espíritu de colaboración que llevan a la convivencia.

Todas las actividades que allí se ofrecen van encaminadas a desarrollar en cada participante estos principios básicos: la inserción responsable en el trabajo cotidiano, el cuidado espontáneo del entorno natural y humano, la reflexión ética sobre temas básicos centrados en los intereses comunes a grupos de iguales... Todo se lleva a cabo en un ambiente de colaboración y gozosa camaradería.

Ese auténtico recreo educativo, esa permanente atmósfera de responsabilidad y colaboración fraterna no pueden por menos que calar hondo en la mente de quienes la comparten. La esperanza de que de algún modo influya en su conducta futura a lo largo de toda su vida no es baldía. Una incipiente prueba de ello nos la da la cantidad de jóvenes que repiten año tras año su asistencia en funciones de voluntariado y asumen el trabajo necesario para tener en marcha toda esa gran organización.

Quienes tenemos responsabilidades educativas, ya sean familiares o profesionales, sabemos bien cuales son las consecuencias de la permanente acción de estímulos emocionales, centrados estratégicamente en jóvenes y adolescentes, que la ideología dominante utiliza como cebo para subyugar a la población. La mayor parte de las familias carece de los conocimientos y recursos necesarios para hacer frente a semejante agresión, para educar a sus hijos en la reflexión y en la sensibilidad humana, ya que consciente o inconscientemente participa en la dinámica autodestructiva impuesta por la insensata codicia de los poderosos.

En nuestra civilización occidental cristiana apenas nadie se percata hoy de que no hace falta ser mala persona para hacer daño, sino que basta con vivir de forma irreflexiva y dócil, como vive casi todo el mundo.

Los gobiernos, sometidos a los intereses de las clases dominantes, abandonado ya hace tiempo cualquier principio que no sea conseguir un mayor crecimiento económico, se inhiben ante esta imperiosa necesidad educar en humanidad. Los programas educativos de los países que marcan las pautas del desarrollo prescinden de todos los recursos de sabiduría que la humanidad ha generado a lo largo de los tiempos y genera actualmente, con lo cual el proceso educativo se reduce a un simple proceso de instrucción.

Es a todas luces evidente que si no se emprende urgentemente un proceso de humanización a nivel mundial la Humanidad entera corre grave riesgo de desaparecer. La socialización de esa dimensión educativa es una urgencia por la cual la sociedad en peso se debe movilizar. De no hacerlo, el mundo entero sufrirá las consecuencias de haber olvidado la esencia de la dimensión humana en el proceso educativo de nuestra descendencia.

Es absolutamente necesaria y urgente una acción decidida en el campo educativo. La Comunidad de Taizé hace una labor modélica; en el mundo hay muchas organizaciones que de un modo u otro se ocupan de complementar los procesos educativos y de mejorarlos en los ámbitos que les son accesibles. Pero aun así, la educación en humanidad a nivel mundial es insuficiente. Tan sólo los gobiernos de los diversos pueblos del mundo pueden ejercer en grado suficiente esa tan necesaria acción educativa de igual modo a como han ejercido la alfabetización de las clases más humildes y proveen actualmente a la sociedad de los conocimientos necesarios para formar parte del sistema y colaborar con él.

La población responsable debiera tomar conciencia de esta carencia y exigir a sus respectivos gobiernos la creación y fomento de espacios públicos semejantes al que ofrece la Comunidad de Taizé, atendidos por personal docente debidamente capacitado, a los cuales debería concurrir obligatoriamente toda la población escolar del mismo modo que concurren a las aulas, en los cuales se dé en períodos previamente establecidos la educación humana que se desatiende en los actuales programas de instrucción aprendizaje impuestos por los intereses del sistema.

¿A qué esperamos para exigirlo?

Josep Castelló

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domingo, 20 de septiembre de 2009

La cultura de la violencia

Pepcastelló y Maya Lambert

Se quiera o no, internet es un foro de diálogo. Unas veces son palabras, otras son imàgenes, pero siempre es un medio de comunicación que nos invita a pensar y a dialogar.

Me llegó por correo una ilustración titulada “40 años de educación” que consta de dos viñetas. La primera viene fechada en 1969 y muestra a un padre y una madre regañando a su hijo porque ha sacado malas notas en la escuela. La segunda lleva la fecha de 2009 y muestra a un padre y una madre armándole la gran bronca a una maestra que había puesto malas notas a su hijo.

La difundí y ha suscitado los comentarios que siguen:

1 La gente ha perdido el Norte. No hay sentido común. Antes el maestro o la maestra eran personas respetadas en tanto que ahora ya ves... ¿A dónde iremos a parar si no hay respeto?

2 Vivimos en una sociedad inmoral. Todo el mundo habla de derechos, pero nadie de deberes. Todo derecho comporta algún deber, pues las cosas no bajan del cielo, y eso se ha olvidado por completo. Y no es porque sí que se ha olvidado sino porque la estructura social no puede ser ya más injusta. Quienes detentan el poder carecen de todo principio ético y a pura fuerza bruta acaparan para sí lo que pertenece a todo el pueblo. Pura codicia; puro egoísmo. De ahí que todo el mundo piense tan sólo en exigir y reclamar, nadie en colaborar.

3 Los codiciosos nos han hecho un mundo violento. Han organizado una sociedad competitiva. Compiten entre ellos los de más arriba y hacen que compitant entre ellos tambien quienes tienen debajo. Es pura violencia, apología ciega y absoluta del triunfo y, por ende, de la violencia. Una violencia que en consecuencia desencadena la de los desposeídos porque, ¿cómo no iba a ser así si es luchar o morir?

4 Hay un desfase de valores total, pero los padres de hoy son los niños maltratados de ayer. Nada que conlleve violencia engendra dulzura y comprension. Ahi tenés en los dos cuadros el 2do consecuencia del primero. Aqui se ve que los mismos padres por momentos son hijos de sus hijos que se dejan maltratar y a su vez, maltratan a sus hijos, sus mujeres, sus amantes, etc. y descalifican a sus hijos si son tranquilos y (como decimos aca) "boludos" si no gritan y pegan para hacerse "respetar u oir" y para que no los descalifiquen. Hay alteracion de los valores, ¿si o no? Esto es Cambalache de Discépolo, donde da todo igual y se confunde lo correcto con debilidad, lo honesto con idiotez, ¿o no? La unica forma de relacionarse es a traves de la violenci y te maltratan en la calle, el trabajo, en la vida... “Cambalache "...todos manoseaos". [1]

5 ¿Cual es el grueso de las series de TV? Todo es violencia y se arregla asi todo. El policia mata y no le pasa nada. ¿Cuales son los que triunfan? ¿Que hay de contenido en las innumerables series de terror, asalto, catastrofes, de los super heróes, etc. etc? Desde hace añares no creo que esto sea casualidad o inocencia. Esta hecho y dirigido desde el Imperio desde hace años, los 60 y 70 para el resto. Y los países de la UE no se quedan atras. Todas las pelis de la 2da. guerra mundial, son terribles, las de Vietnan, Apocalisis Now, empezá a recordar... Bueno me excedi en la charla, somos el producto de los poderosos que la han hecho muy bien.

6 Estamos todavía en las cavernas, a mitad del proceso de evolución humana. Hay que salir de la violencia para avanzar humanamente. Hay que hollar sendas de paz. Y eso que puede parecer un imposible o una necedad es una necesidad. Porque fuerza bruta tienen mucha más los brutos. La única forma de vencerlos es desarmarlos ideológica y moralmente. Dejar de seguirles el juego. Rechazar sus zalameras ofertas de confort físico a cambio de esclavitud moral. Pero que nadie pregunte eso como se hace, porque para eso no hay camino, hay que hollar sendas. Lo que sí es seguro es que hay que cambiar de rumbo y aplicarse a construir en vez de destruir.

7 ... Venga, anímate a añadir tu comentario.

[1] http://www.todotango.com/spanish/las_obras/letra.aspx?idletra=154


Pepcastelló y Maya Lambert

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jueves, 17 de septiembre de 2009

Redención cristiana

Pepcastelló

Cada día me llega un nuevo motivo para no confiar en la capacidad redentora del cristianismo. Y no porque no crea que la tenga sino porque estoy firmemente convencido de que no la va a ejercer. Se adueñaron de su espíritu redentor las fuerzas del poder en los siglos III y IV y ya no le dejaron levantar cabeza ni se la van a dejar levantar. Un día me lo recuerda el apoyo del cardenal Oscar Rodríguez Maradiaga a los golpistas hondureños, que a su vez me trae a la memoria el soporte que anteriormente dieron durante años las jerarquías eclesiásticas católicas a los criminales regímenes dictatoriales de América Latina y de otros sitios del mundo como éste mismo desde el cual escribo. Otro día son las medias tintas de las mentes católicas que difieren de la jerarquía vaticana y se reúnen en congreso teológico para repetir lo que ya sabemos y lanzar a la población creyente un mensaje aguado y blando que no sirve sino para dejar constancia de su propia existencia. Otro, las páginas web religiosas supuestamente de avanzada, dispuestas a decir solamente las verdades que no van a incomodar al público católico que las lee...

Posiblemente el cristianismo no sea la más profunda de las tradiciones de sabiduría que se han dado en la historia de los pueblos, pero es la que se ha implantado con más fuerza en occidente, ya que contó con el empuje del Imperio Romano y de cuantos poderes terrenales le sucedieron a lo largo de los siglos. Y esa fuerza que adquirió indignamente, bien pudiera servirle ahora para redimirse a sí mismo si la aplicara en beneficio de la humanidad.

Se me ocurre que podría empezar redimiendo a la Iglesia Católica Romana, la mayor de las iglesias cristianas, la cual, siguiendo las enseñanzas del evangelio podría prescindir de sus bienes suntuarios e invertir ese dinero en beneficio de los más pobres. Luego, continuando su proceso de redención, podría ponerse al lado de quienes están luchando por un mundo más justo, en vez de seguir al lado de quienes lo hacen más injusto. Ese ya sería un buen principio de redención cristiana, pues como alguien dijo muy acertadamente, si las buenas personas católicas actuasen cristianamente, millones de gentes se convertirían en cristianas.

Pero no va a ser fácil. Quienes manejan los hilos de esa Santa Madre Iglesia no están dispuestos a mover un solo dedo para modificar nada. Al contrario, que se empecinan en seguir con su catolicismo cultista y esa espiritualidad solipsista y egocentrada que de nada le sirve a un mundo cada día más extraviado. Aferrados a sus dogmas y a sus “verdades de fe”, seguirán esperando, sin duda, a que el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» redima con su Divina Sangre a quienes en él creen y les depare un lugar en lo alto del cielo, al cual accederán al son de las trompetas del Juicio Final. Entretanto eso no llegue, seguirán arrimándose a los gobiernos conservadores, reclamándoles prebendas y privilegios para su Iglesia, que es lo que siempre han hecho.

No quiero decir con esto que en el mundo cristiano no haya personas estimables ni que el cristianismo no sea camino de redención humana. Muestras las tenemos en abundancia en las personas que llevadas por su fe se han jugado y se juegan el todo por el todo en una lucha desigual con las fuerzas opresoras en America Latina y en tantos otros sitios del planeta Tierra. La pena es que ellas, a sabiendas o no, lavan la cara de la Iglesia y colaboran con ello a sustentar esa estructura clerical que tan lamentables acontecimientos ha protagonizado y protagoniza. Pero dejando ahora eso, que no es el tema, lo que digo es que no me parece digno de crédito ese cristianismo acomodaticio, catequético, que no cuestiona lo que esa catequesis dice que tiene que creer y hacer ni la valía humana de quienes se lo dicen. Porque ese creer sin pensar, sin cuestionar para nada lo que se cree ni a quienes lo predican, es lo que lleva a la mayor parte de la población creyente a vivir con la misma inconsciencia que vive la mayor parte de la no creyente en esta opulenta y feliz civilización occidental cristiana. Y así, Dios por un lado y la vida cotidiana por el otro, creyentes y no creyentes se tragan irresponsablemente las patrañas que los líderes político-económicos les soplan continuamente al oído a través de los medios de comunicación de masas de que disponen y contribuyen así a convertir el mundo en un infierno.

¡Qué poco sirve a la Humanidad de hoy día, deseosa de conocimiento y necesitada de valores claros por los que apostar, un cristianismo de esta guisa, pusilánime, hipócrita y acomodado, que no se atreve a afrontar su propia realidad y sigue escondiendo debajo de la alfombra la basura acumulada a lo largo de diez y seis siglos! Servirá talvez a quienes haciendo mundo aparte les baste su vida interior y no quieran afrontar en absoluto la realidad humana, pero eso ya se ha visto que no redime a nadie ni cambia nada.

El mundo se nos viene abajo por segundos y no se ve brillar por parte alguna la redención cristiana. Las voces que se alzan hoy anunciando apocalipsis y clamando en pro de la justicia no son mayoritariamente religiosas sino profanas. ¿Será que el Espíritu traspuso ya la religión y se hizo finalmente carne humana?

Pepcastelló

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domingo, 6 de septiembre de 2009

Soledad

Pepcastelló

No hay sueño más solaz para quien camina largamente por desierto, de pozo en pozo seco, que el de encontrarse en el lugar más impensado con un oasis donde el agua mane ricamente. En esa imaginable situación la alegría podría ser tan grande como la incredulidad que hubiese generado la desesperanza, por lo que ganas le vendrían al espíritu soñante de lanzarse de cabeza al estanque aun a riesgo de romperse la crisma en caso de espejismo.

En el desierto del pensamiento y las ideas no todo el mundo se encuentra a gusto en una caravana de la cual se desconoce el rumbo y el destino, por lo que son muchas las personas que con riesgo de gran reprobación buscan e indagan la información que les niegan quienes sin más autoridad que la autoinvestida, mansamente aceptada por la gran mayoría, marcan la ruta de todo el colectivo. La exclusión suele ser en esos casos la carga que hay que asumir, pues no es bien acogida la disensión entre las timoratas almas que cifran su seguridad en la sumisión a quienes son su protección y guía.

Abandonar el grupo, caminar en solitario por la vida comporta tanto riesgo como puede ser el de sin darse cuenta seguir las sendas de caminantes en perpetuo extravío, con lo cual el desenlace deviene tan funesto como el peor que pudiera esperarse de haber seguido con sumisión gregaria en la seguridad del colectivo.

Durante siglos, desde que el ser humano empezó a caminar sobre la tierra, se ha vivido en comunidad con otros seres configurados a imagen y semejanza en razón de cuanto el colectivo había vivido. Y eso ha sido así hasta que los avances de la técnica han permitido a los humanos abandonar el pueblo de su origen y desplazarse sin excesivo riesgo de un lugar a otro de la tierra. Y ahí, en ese deambular, lejos de su cultura, de sus dioses y mitos, de cuanto había dignificado a sus ancestros y dádoles soporte, se gesta el desarraigo en el que vive una buena parte de nuestro actual mundo.

Pero roto el anclaje de las naturales raíces, desarraigada el alma, con la mente flotando en el vacío, la soledad aparece amenazante, por lo que otros dioses y mitos extraños a esas almas solitarias así como a lo más hondo de sus carnes, se aparecen ofreciendo protección, sagaz engaño, ya que en abrirles las barreras del corazón se adentran en su mente y la colonizan. Pues no sólo las armas son instrumentos de dominio al servicio de las fuerzas del poder, sino que con ventaja emplean éstas el extravío de las mentes, a fin de que en su ciega búsqueda de identidad y guía caigan en la almadraba donde se las captura y aherrojándolas se las somete para siempre. Y así encadenadas y anilladas en previsión de posible fuga o extravío, se las lanza de nuevo a caminar formando nuevas caravanas de esclavitud mental destinadas a la consecución y producción de bienes para sus esclavistas.

Tal es la tragedia de quien dejó sus dioses y su gente y a la ventura echó a andar sin haber aprendido de antemano a subsistir en solitario y a orientarse contemplando los astros.

Caminar en libertad por la vida sin tener que temer la soledad es una utopía que tal vez esté próxima cuando el mundo esté lleno de almas libres al igual que ahora lo está de encadenadas. Mientras esto no llegue y la libertad se siga pagando con soledad o con amargo extravío, un objetivo será prioritario para quienes no soportamos las cadenas: mantener libre y despierta nuestra mente y encender luces para que otras almas huellen nuevas sendas.


Pepcastelló

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jueves, 3 de septiembre de 2009

Taizé en perspectiva agnóstica

PepCastelló

Somos muchas las personas de mi generación que fuimos educadas católicamente y, andando el tiempo, tras cuestionar las creencias que nos habían sido transmitidas, decidimos abandonar la religión. Eran tiempos aquellos en los que nuevas perspectivas se abrían al pensamiento y entraban en conflicto con la moral católica tradicional y muy especialmente con la actitud retrógrada y oscurantista de la Iglesia que teníamos en nuestro entorno. El paulatino descubrimiento de la triste realidad política española, cuya reciente historia se nos había transmitido bajo una atmósfera de institucional engaño; del soporte que la Santa Madre Iglesia dio a los militares golpistas que implantaron una férrea dictadura en España y el que siguió dando a las sanguinarias dictaduras de América Latina; del posicionamiento político de la alta clerecía, amiga de los poderosos y los ricos, sexista, discriminadora, negadora de derechos humanos reconocidos por la sociedad civil, y un sinnúmero de iniquidades más, pasadas y presentes, que las buenas personas católicas prefieren ignorar o excusar, generó un firme y profundo rechazo a cuanto de la Iglesia Católica nos llegaba, empezando por su doctrina.

El alejamiento religioso nos impidió vivir la renovación eclesial del Vaticano II y el nacimiento de la Teología de la Liberación, verdaderos esfuerzos por retornar a las fuentes del cristianismo desde perspectivas de humana actualidad. Por ello, pese a la educación que recibimos en nuestra infancia, seguimos viviendo lejos de todo discurso religioso, en una posición agnóstica cuyo conflicto no era ni es Dios sino los hombres que dicen hablar en su nombre. Hoy somos muchas las personas que rechazamos a la Iglesia y su discurso conservador y soberbio y nos planteamos la religión desde una perspectiva antropológica y humana.

Al margen de que se profesen o no creencias religiosas, es preciso aceptar que la mente humana es creadora de mitos y misterios, a partir de los cuales las sociedades han ido elaborando sus religiones desde los más remotos tiempos. El hecho de que estas religiones hayan servido de guía a los pueblos que las profesaban durante largos períodos de su historia nos lleva a pensar que en su origen hay un importante caudal de sabiduría que merece ser estudiado. Y por el mismo motivo merece serlo el funcionamiento de la estructura mental que con el fenómeno religioso se relaciona.

A quien observe hoy el mundo occidental superficialmente le podrá parecer que la gente vive libre de discursos religiosos e ideológicos, pero se equivoca. La publicidad hace continuas referencias a mitos paradisíacos que en otro tiempo daban lugar a afirmaciones religiosas. La forma como los medios de comunicación transmiten los acontecimientos son un continuo de eslóganes doctrinales dictados por los poderes fácticos y quienes abogan por la forma de vida que nos han impuesto. Los discursos no son hoy tan explícitos como lo fueron en determinados momentos del siglo pasado, pero son mucho más intensos y persuasivos. La mayor parte de la población no es consciente de los continuos mensajes subliminales que recibe, por lo que estos calan hondo en su mente configurándola en una ideología nihilista y deshumanizadora. Como consecuencia de ello, se vive hoy sin otras referencias que las dictadas por las necesidades inmediatas, objetivas y subjetivas a un tiempo, aceptando como máximos valores el confort y el éxito personal. Los sistemas educativos de los países más desarrollados técnica y económicamente han sucumbido a la vorágine materialista desatada por tan irreflexiva forma de vivir. El individualismo ha destronado al espíritu colectivo que durante siglos guió a la humanidad hacia horizontes de utopía. Y como colofón podemos decir que el mundo entero se debate hoy por subsistir en un planeta que la ambición y la desmesura destruyen a velocidad vertiginosa.

Nuestra civilización occidental cristiana necesita descubrir urgentemente un modo de vivir completamente distinto del que promueve la ideología capitalista. No podemos seguir basando nuestra subsistencia en la agresividad, sino que es urgente poner en práctica formas de vivir basadas en la cooperación. Y es en este contexto y bajo esta perspectiva humana, tanto o más que en la religiosa, que Taizé se nos muestra como un puerto hacia la esperanza.

La forma de vida austera a la vez que gozosa que se da en Taizé desmiente el discurso consumista y permite descubrir el valor de la colaboración y del trabajo desinteresado, algo impensable según la ideología que el voraz capitalismo ha extendido a lo largo y ancho de nuestro planeta. La organización temporal que allí rige atiende las necesidades materiales a la par que las espirituales, dimensión humana ésta de la mente que no suele formar parte de la filosofía del occidente actual, abocada a una dinámica de actividad permanente, ya sea productiva ya para procurarse diversión. La invitación a un recogimiento interno en forma de plegaria colectiva, abierta y plural, que puede ser aceptada por creyentes de diversas confesiones cristianas y no cristianas y aun por personas agnósticas, supera todas las intolerancias habituales en los entornos religiosos confesionales y abre la puerta a la libre introspección. Todo allí está pensado para favorecer el crecimiento humano de quienes participan. Si la forma de vida condiciona la forma de pensar, allí se da una forma de vida humanizadora. Si la reflexión es el camino necesario para el crecimiento humano, allí se da reflexión desde diversas perspectivas religiosas y humanas. Si el silencio interior es la condición necesaria para alcanzar el propio conocimiento, allí se da ese silencio. La ausencia de afanes materiales, la reflexión, el silencio interno, la paz en el entorno que favorece hallar la de la propia alma son los aspectos que remarco de cuanto allí percibo.

No toda la población visitante comparte esta perspectiva, pues en su mayoría son personas provenientes de entornos religiosos confesionales, mayoritariamente católicos, para quienes la religión consiste en una relación personal con el Dios del cielo, lo cual si no está al margen de la forma de vida que se siga puede no guardar una estrecha relación con ella siempre que se observen las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia, que no son precisamente un modelo estimable en cuanto a justicia equitativa ni a relación entre las personas y los pueblos. Pero aun cuando esta abundancia de población creyente abocada a la práctica religiosa convencional tiende a ofrecer una imagen exterior que puede no diferenciarse demasiado de la que se obtiene en determinados eventos religiosos de la Iglesia Católica Romana, quien se acerque con una visión humanista y más cercana al agnosticismo que a la creencia religiosa podrá observar cuanto decimos.

Por supuesto que una semana de estancia en Taizé difícilmente puede cambiar la forma de pensar y de sentir a nadie, pero puede servir de referencia para posteriores reflexiones, para cuestionar falsas certezas, para reabrir esperanzas... A buen seguro que quien más quien menos saldrá de allí con alguna novedad interna, tal vez atisbando alguna posibilidad hasta entonces no considerada, o tal vez afirmándose en alguna anteriormente descubierta. Y quien a tanto no llegue, habrá vivido al menos la ocasión de dar un primer paso en alguna de esas direcciones. En cualquier caso, desde una perspectiva agnóstica y humana es una experiencia recomendable.


PepCastelló
http://lahoradelgrillo.blogspot.com/

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sábado, 29 de agosto de 2009

Taizé, diversidad y respeto

PepCastelló

Como podrán ver quienes entren en la página web de la Comunidad de Taizé [1], su ya remoto origen se sitúa en los tristes años de la segunda guerra mundial, cuando los ejércitos alemanes invadieron Francia y la locura nazi desencadenó una feroz persecución de judíos, gitanos y otros seres que en su ideario figuraban como inferiores. Allí el Hermano Roger de la Iglesia Calvinista y otras personas compasivas de diversas confesiones religiosas escondieron a cuantos pudieron e hicieron cuanto pudieron para ayudarles a huir. Taizé nació pues horizontalmente, con amplia vocación fraterna en favor del débil, del injustamente perseguido por el poder.

Pasada la gran guerra, una parte de quienes allí actuaron, provenientes de diversas iglesias cristianas, decidieron unirse en comunidad fraterna para dedicarse a organizar encuentros de jóvenes procedentes de diversos países e iglesias con el fin de que se conociesen y amasen y fuesen capaces de negarse a repetir la barbarie de la guerra que tan de cerca ellos habían vivido.

La diversidad confesional de los hermanos imprimió desde un buen comienzo un carácter nada común en las iglesias cristianas, pues nadie impuso allí credo ni doctrina alguna. Ni se le impone a nadie todavía. Cada cual es aceptado con sus creencias y sus diferencias personales en pensamiento y en fe. La plegaria responde a la pluralidad de confesiones e iglesias cristianas de quienes allí se acogen y puede ser compartida por creyentes de otras religiones y aun por no creyentes. Nadie queda excluido del ágape, de la comunión simbólica, ya que incluso quienes no comparten las creencias eucarísticas pueden participar tomando un simple pedazo de pan bendecido.

La acogida y el respeto mutuo son los principios fundamentales de la Comunidad de Taizé. Bien distinto de los que rigen en la Iglesia Católica Romana, perseguidora de herejes e infieles desde su comienzo y a lo largo de los siglos y de disidentes aun en la actualidad, que desde su instauración como religión del Imperio tuvo como principal objetivo la unidad religiosa y la sumisión de toda la población a su doctrina, en ámbito imperial primero y mundial después. Tanto fue así que cabe preguntarse si aquel cristianismo lleno de humanidad que afirmaba «no se ha hecho el hombre para la Ley sino la Ley para el hombre», una vez convertido en religión del Imperio no sirvió para lo contrario, para someter al hombre a la Ley que dictaban los poderes de turno.

Pienso que la Comunidad de Taizé es un posible modelo de lo que debieran ser las comunidades cristianas en nuestro mundo occidental. Ecuménica desde su origen, ha hecho del respeto a la diversidad de pensamiento y creencias uno de sus principios fundamentales. Completamente autónoma, basa su economía en su propia actividad y no acepta donativos personales ni dinero de institución alguna, ni civil ni eclesiástica. La forma de vida sencilla y solidaria que allí se sigue es un modelo estimable de conducta. La pluralidad confesional que la hace eclesiásticamente libre, la independencia económica, la sencillez de vida y la ausencia absoluta de aspiraciones expansionistas, junto con su fidelidad al evangelio libran a la Comunidad de Taizé de dar soporte mediante ignominiosas connivencias y sacrílegas bendiciones a regímenes políticos autoritarios e injustos, a criminales golpistas, a poderosos adoradores de Mammón cuya codicia es la principal causa del sufrimiento de millones de seres humanos, algo bien distinto de cuanto ha hecho la Iglesia Católica Romana a lo largo de los tiempos.

Si observamos con atención podremos ver que en Taizé bien poco cuenta el desmesurado afán de confort, prestigio y poder que constituyen los valores máximos en nuestra civilización occidental cristiana, hoy extendidos a lo largo y ancho del mundo. La extrema sencillez que allí reina en todas sus dependencias, empezando por el templo, contrasta con la magnificencia de los grandes templos cristianos de todas las épocas. Sin duda alguna Taizé es un claro esfuerzo por poner en práctica la Buena Nueva evangélica en su más pura esencia; un camino hacia la equidad mediante la acogida, la colaboración, la ayuda mutua, el alegre compartir, la austeridad necesaria para que en el mundo no haya pobreza. No en vano uno de sus cantos dice «Beati voi poveri, perché vostro è il regno di Dio». ¡Qué absurdo e hipócrita resultaría este texto en el interior de la basílica de San Pedro de Roma o en el de tantas magníficas catedrales ricamente ornamentadas, que no son sino elocuentes manifestaciones del poder eclesiástico!

Quienes quieran cerciorarse del contraste que acabamos de señalar, no tienen más que detenerse en su regreso a casa a visitar la catedral de Albi, dedicada a Santa Cecilia (siglos XIII al XVI), impresionante mole de ladrillo rojo, con más aspecto de fortaleza que de templo, construida para conmemorar la victoria de la Iglesia Católica Romana sobre la herejía cátara, exterminada a fuego y filo de espada, y advertir del fin que les esperaba a quienes irreflexivamente intentasen apartarse de sus enseñanzas. Por si la gran estructura no fuese suficientemente elocuente, el interior majestuosamente decorado es un rendido homenaje escultórico y pictórico a los poderes temporales y a la gloria de los elegidos, los cuales, como es de esperar, son los poderosos de turno fieles a la Iglesia y quienes les obedecían. En esa visita y en otras a similares monumentos podrá ver, quien tenga ojos y los quiera usar, qué derroteros tan poco evangélicos ha recorrido la Iglesia a lo largo de los siglos. Ante semejantes manifestaciones de prepotencia, tan comunes y tan frecuentes en los grandes templos católicos y tan presentes en todas las manifestaciones de la alta jerarquía eclesiástica desde los más remotos tiempos hasta el presente, una pregunta surge de lo más hondo de mis entrañas: ¿abandonará algún día la Iglesia Católica Romana su intolerancia doctrinal y ese gran apego al poder que le impiden hoy colaborar en el proceso de evolución humana que tanto necesita el mundo y en especial nuestra civilización occidental cristiana?

Por supuesto que no tengo respuesta para esta pregunta, pero a fuer de sincero debo decir que no espero que eso ocurra, pues son muchos los intereses personales y colectivos que atenazan a esa macro organización religiosa. No hay nada que me anime a esperar ningún cambio de conducta en quienes la rigen y quienes les rodean, sino al contrario, que persistan hasta el final en la misma obcecada cerrazón que ahora muestran. Ya vimos el pasado siglo XX que la curia pudo más que el papa Juan XXIII, de modo similar a como casi dos mil años antes el poder religioso había podido más que el mensaje humano de Jesús de Nazaret. Cabe esperar no obstante, pues a ello nos lleva el conocimiento que tenemos del devenir humano a lo largo de los tiempos, que con creencias religiosas diversas o sin ellas siga habiendo en el mundo personas que evolucionen hacia cotas cada vez más elevadas de humanidad, para su bien y el del universo entero. Y cabe esperar también −¿cómo no?− que nuestro ánimo pueda permanecer hasta el final en esta remota, tenue y peregrina esperanza. A ello contribuyen, entre miles y millones de personas diversas, la Comunidad de Taizé y quienes con ella colaboran.

[1] http://www.taize.fr/es

Artículos anteriores relacionados con el presente:
I -
Taizé, peregrinación y encuentro
http://lahoradelgrillo.blogspot.com/2009/08/taize-peregrinacion-y-encuentro.html


PepCastelló


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miércoles, 26 de agosto de 2009

El problema no es Dios sino la Iglesia

PepCastelló

Dios será lo que será según cada cual crea, piense o sienta a lo largo de su vida, pero la Iglesia Católica Romana no ofrece lugar a dudas. Es un organismo allegado al poder que nació del trasvase de las primigenias creencias cristianas a una religión gestada según las conveniencias del Imperio Romano. Y ahí ha seguido siempre más, al servicio de los emperadores, los reyes y las gentes poderosas que en todos los tiempos han ocupado la cumbre de la pirámide social.

Por si alguien no lo tenía suficientemente claro, no paran de darse día a día sucesos en los que la vergüenza cae sobre esa internacional del pensamiento único religioso que con sede en el Vaticano actúa en todo el mundo a través de sus embajadas y su bien organizada red de servidores y voluntariado diversos. El último de estos acontecimientos es la reciente declaración del cardenal Jorge Urosa Sabino, presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana, que a propósito de la nueva Ley Orgánica de Educación surgida en Venezuela el pasado 15 de agosto, con tono melodramático afirma que «Dios se fue de la escuela». Pues no, que no se confunda su eminencia, que Dios no se va a ir de parte alguna. Quienes se van a ir de la escuela son los clérigos y su equipo de difusión de su doctrina católica clasista y antidemocrática.

La actuación de la derecha católica venezolana con su máxima autoridad al frente no deja lugar a muchas dudas referente a de qué parte está la Iglesia Católica Romana. Resonaban todavía en el aire las ignominiosas declaraciones del cardenal Oscar Rodríguez Madariaga en favor de los golpistas hondureños, las cuales nos trajeron a la memoria las ya lejanas actuaciones de tantos ilustres prelados en América Latina y tantas otras partes del mundo donde a punta de bala los ejércitos se habían adueñado del poder para proteger a las clases sociales más privilegiadas y someter a la población pobre rebelde. Estas recientes actuaciones de la jerarquía católica en Honduras y Venezuela no dejan duda alguna de que el Vaticano sigue alineado al lado de la máxima potencia mundial los EE.UU. de América del Norte, como bien sentado lo dejó Su Santidad Juan Pablo II.

Hogaño como antaño el Imperio se expande con la ayuda de la Iglesia Católica Romana. Que nadie me salga con el cuento de que no es la Iglesia sino la jerarquía eclesiástica, porque le responderé que ésta nada puede sin toda la población católica que le da soporte. «Iglesia somos todos» suelen decir las buenas gentes interponiéndose como escudos humanos para defender a su Santa Madre Iglesia cuando sienten que se la acusa. Pues sí, razón tienen; Iglesia son también ustedes y tan culpables por tanto como los de más arriba, ya que sin su incondicional apoyo esos hombres ambiciosos, cuyo discurso falaz cala en tantas pobres mentes en todo el mundo, no tendrían ningún poder.

No es Dios ni el cielo lo que les mueve a ellos y a quienes les dan apoyo, sino su afán de privilegio social y de dominio de su identidad religiosa sobre las demás. El Dios del Jesús de los evangelios y el que la misma Iglesia Católica predica, no necesita de militares golpistas, ni de gobiernos de derechas. Quienes de todo eso necesitan son los ricos del mundo, los que establecen las normas sociales y con todos los medios a su alcance las imponen sobre los demás. Esos sí que necesitan llevar a cabo acciones políticas y militares y campañas catequéticas a lo largo y ancho del planeta Tierra.

Señoras y señores de la derecha católica, dejen ya de una vez por siempre de sembrar esa semilla de discordia y agresión que tanto tiempo llevan cultivando. Deténganse a pensar un poco desde una perspectiva ética y humana. Acallen su ambición y contemplen el sufrimiento que esa doctrina imperialista ha esparcido por todo el mundo y sigue esparciendo. Y si algún ápice de compasión les queda dentro del alma, plantéense si deben seguir dándole soporte.

Atrévanse a cuestionar a sus “pastores” eclesiásticos y su endiablada actividad política. Y si alguna duda les queda acerca de su bondad, echen mano de la Biblia y vean que dice: «por sus hechos los conoceréis». Pues ahí están los hechos. Saquen sus conclusiones.


PepCastelló

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jueves, 20 de agosto de 2009

Taizé, peregrinación y encuentro

PepCastelló

Una vez más he cumplido con mi peregrinación anual a Taizé, ese oasis de paz y concordia ecuménica hecha posible mediante la acogida fraterna exenta de imposiciones doctrinales, el trabajo desinteresado, la vida sencilla y austera y una plegaria en común centrada en el canto y en el silencio. Quienquiera que allí vaya podrá respirar esa atmósfera de abierta fraternidad que lleva a la cumbre de la espiritualidad inherente a la humana natura. Da igual el credo que se profese o incluso el no credo, porque el camino está abierto a quien lo quiera transitar.

Siempre mis estancias en ese bendito lugar han comportado intensas experiencias emocionales que han dejado huellas reconocibles en mi memoria. Piedras apiladas al azar entre las muchas que una a una han ido edificando la estructura de mi pobre persona. Brisa que vivifica y renueva. Viento que arrastra y lleva lejos el polvo de viejos caminos recorridos en el extravío de búsquedas infructuosas.

Aunque pensado para jóvenes, Taizé es un lugar reconfortante para quienes, adultos ya, amamos la vida austera, la música, la paz, la fraternidad y el silencio, entendido éste en el más estricto sentido interno, ya que el entorno de gente joven es un permanente gorjeo que no da reposo a los tímpanos excepto durante las plegarias y el descanso nocturno.

Somos muchas las personas que año tras año llevamos a cabo ese peregrinaje. Procedentes de diversos países, hablando diversas lenguas que la Comunidad de Taizé tiene buen cuidado en recoger y usar fraternalmente en las plegarias, compartimos unos días de búsqueda interior favorecida por el silencio y la cálida compañía. El gesto amical, la ayuda espontánea a cualquier esfuerzo que alguien realice y la buena disposición para el entendimiento constituyen el lenguaje mayormente usado, el que sirve para comunicar las buenas intenciones que anidan en el corazón de quienes se encuentran y para difundir los principios de solidaridad que animan sus almas.

Expresión a la vez de Buena Nueva cristiana y de sabiduría humana común a las más variadas culturas, Taizé ofrece todos los ingredientes para un encuentro con la propia persona, para ejercitarse en la bondad, para hallar formas de acercamiento humano por encima de intereses, creencias e identidades. Frente a una civilización ruidosa y frenéticamente activa, allí se encuentra tiempo para el silencio, la meditación y el goce de la paz del alma. Frente a la primitiva agresividad que heredamos de nuestros antepasados primates, eufemísticamente denominada ahora “competencia”, que rige como principio de vida en nuestra civilización occidental cristiana, individualista y egocéntrica, sin otros valores que el bienestar material y el éxito personal sinónimo de fracaso ajeno, allí se encuentra colaboración y solidaridad a raudales.

Bien podemos decir que Taizé es singular por cuanto acabamos de ver y por bastantes cosas más. Pese a ello, no es un lugar donde se produzcan milagros, ni creo que nadie vaya allí a buscarlos. Cada cual llega con su propio bagaje de creencias, certezas, convicciones, afectos... No parece que nadie vaya allí con la intención de cuestionar sus propias seguridades sino de afianzarlas, de adquirir más de lo mismo. Y no obstante, el contraste entre el modo de vida que allí se sigue y el que tenemos en nuestros respectivos entornos cotidianos es una buena invitación a cuestionarnos en profundidad lo que pensamos, lo que creemos, lo que hacemos, cómo vivimos y cómo nos relacionamos con el resto del mundo, algo a lo que no está dispuesta la mayor parte de la población creyente y no creyente de nuestro opulento mundo occidental.

El mundo está plagado de injusticia; la opulencia del mundo rico la están pagando con sufrimiento y miseria millones de seres humanos en el mundo pobre; nuestra forma de vida está al borde de agotar los recursos del planeta; pero la mayor parte de la gente le sigue el juego a la ambición capitalista y aun las buenas personas creyentes viven sin analizar su forma de vida a la luz del evangelio ni de la más elemental ética. La espiritualidad cristiana está tan centrada en el culto y en el goce íntimo de la relación personal con Dios que ni por asomo invita a sus fieles a pensar que con nuestra forma acomodada de vivir estemos atizando el infierno en que viven la mayor parte de los seres humanos. Con los ojos puestos en el más allá y en el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo», esperan que sus almas sean acogidas en la gloria por los siglos de los siglos con solo seguir las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia, que para nada se opone a que otros paguen el gasto. ¿Para que marearse si la esperanza en un más allá feliz nos permite seguir viviendo con el mundo por montera? Bendita santidad que acepta tener esclavos con tal de no verlos y puede comer carne tranquilamente porque manos ajenas sacrifican las reses.

Cada año mi estancia en Taizé estimula mi reflexión y renueva mis inquietudes religiosas y políticas. En esta ocasión me he ocupado en contemplar ese bello lugar desde diversas perspectivas, (educativa, religiosa, política, social...) las cuales me propongo compartir en sucesivos escritos con quienes leen esta página. Talvez mis puntos de vista no coincidan con los de quienes me lean, pero para eso está el diálogo y el sitio previsto para comentarios.

Hasta pronto, pues, si nada me lo impide.

PepCastelló

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miércoles, 5 de agosto de 2009

“Cuerpo espiritual”

Emma Martínez Ocaña (Ed. Narcea)

Pepcastelló

Con su habitual estilo ágil y emotivo, con un lenguaje directo, siempre en primera persona, Emma Martínez Ocaña nos ofrece esta colección de relatos que hacen vivir intensamente la ternura y la pasión derramada por los corazones de unas mujeres que merecieron en su día el respeto y la consideración de sus contemporáneos hasta el punto de incluirlas en las escrituras.

Bien documentada, arropada por especialistas de acreditado saber, nos transporta a un pasado digno de estudio que nos sorprende por desconocido a quienes hemos recibido las enseñanzas impregnadas de mentalidad patriarcal que han dominado la escena religiosa durante tantos siglos y que por desgracia persisten.

Conmueve en especial a quien esto escribe el hondo lamento en forma de plegaria del segundo capítulo, un diálogo amoroso con Jesús de Nazaret que desde su «cuerpo de mujer» «se hace protesta y denuncia», según había indicado la autora en el capítulo anterior.

Si la reflexión es el principal camino para el crecimiento humano, éste es un libro que por él transcurre. Si lo que tienen de valioso los relatos evangélicos es mostrarnos la conducta nada convencional de Jesús, ese romper suyo con lo establecido para poner la dignidad humana en el primer plano de del pensamiento y de la acción, de esa fuente bebe la autora en el momento de poner palabras a su sentir.

En un período de la historia en el que la mujer ocupa puestos principales en casi todas las naciones y en todos los estamentos, parece de sentido común que el pensamiento católico no pueda ni deba caminar por otros derroteros. Y no obstante, la norma de relegar a las mujeres a tareas de segundo orden sigue plenamente vigente en la Iglesia Católica. Esta apropiación patriarcal del cristianismo, cuyo fundamento es más que discutible, constituye un menosprecio institucional que, traicionando las enseñanzas del mismo Jesús, condiciona fuertemente el pensamiento de la población creyente y lo aleja de un mundo en el que la emergencia de valores femeninos en la sociedad ha sido el paso decisivo hacia la consecución de derechos humanos básicos.

Urge, pues, recuperar esa visión humana y en absoluto discriminadora que, según nos narran las escrituras, mantuvo Jesús. Y a ello contribuye este libro mediante las reflexiones que nos propone. Como bien en él se señala, con el desprecio de la mujer también se ha despreciado cuanto está relacionado con su cuerpo. El goce del amor corporal se ha venido demonizando durante siglos, lo cual ha generado mucha confusión y no pocos sentimientos de culpa y ha contribuido a endurecer el alma de mujeres y hombres al negarles en conciencia ese gran vehículo para la expresión amorosa que es el cuerpo, base de toda relación de pareja.

Si antaño el pensamiento cristiano giró en torno a la dualidad cuerpo alma, espíritu materia, hoy creyentes y no creyentes necesitan ser conscientes de la unidad indivisible que somos los seres humanos, tanto para no desviar el pensamiento religioso por derroteros de extravío como para no prescindir en el pensamiento laico de ese gran valor que es la espiritualidad del cuerpo y cuanto con el se relaciona, a fin de darle la dignidad que merece tanto desde una perspectiva religiosa como profana. Y es desde esta doble perspectiva que no dudamos en recomendar a creyentes y no creyentes la lectura de este bello libro que ahora se nos ofrece.

Con nuestra felicitación a la autora y a la editorial NARCEA, el sincero deseo de que lo gocéis plenamente, en el alma y en el cuerpo.


Pepcastelló

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jueves, 18 de junio de 2009

Se nos cayó la ética

Pepcastelló

¿Se nos cayó, o fue que nos la echaron por la ventana quienes manejan el mundo?

Cuando estos días entramos a comentar las votaciones europeas, una de las conclusiones más compartidas es que a la población del viejo continente se le cayó la ética; que votó con las tripas en vez de hacerlo con la cabeza, algo alarmante que no debiera esperarse en los tiempos que corremos, tanto por el nivel de instrucción básica alcanzado por la mayoría de la población como porque tenemos información suficiente para saber cuales pueden ser las consecuencias de las decisiones que tomemos. Y no obstante ahí está ese voto a la irreflexión, la intolerancia y a la continuidad de este sistema capitalista que no solamente mata de hambre y enfermedades a una buena parte de la población mundial, sino que está asfixiando a la totalidad del planeta y esparciendo por él tal cantidad de virus que posiblemente dentro de muy poco ni estos ni los muertos de hambre van a poder ser parados por las fronteras.

No deja de ser curioso que justamente a este viejo mundo que exportó la civilización cristiana al resto del planeta sea a quien se le haya venido abajo la ética en su diario quehacer. ¿Será talvez porque el cristianismo que exportó carecía de ella y sólo era institucional, ritualista, cultista, sin hondura humana, sin el espíritu que se supone invistió a quienes siguieron a Jesús de Nazaret más o menos de cerca? Pues si así fuere, y motivos hay más que sobrados para pensarlo, de lejos nos vendría la desgracia, porque ese cristianismo imperialista arranca del siglo tercero, cuando algunas comunidades cristianas decidieron ponerse bajo el amparo del poder, lo cual representó una clara renuncia al espíritu profético y revolucionario que las animaba.

Pero sin hacer cábalas que nos lleven a un pasado discutible por lejano, veamos que está ocurriendo en nuestro entorno. Veamos si es verdad que se nos cayó la ética o si lo que ha ocurrido es que nos la echaron por la ventana quienes manejan el mundo porque una masa sin principios humanos les es más provechosa que una población de personas sensatas.

Desde la segunda mitad del siglo pasado, finalizada la guerra, el “american way of life” ha bombardeado al mundo occidental mediante todos los recursos publicitarios que ha tenido a su alcance. EEUU, esa gran nación formada por invasores genocidas provenientes del viejo continente, no ha parado de dar lecciones de vida al mundo civilizado hasta imponer su modo de pensar y hacer en todos los rincones del planeta con posibilidades inmediatas o potenciales de consumir. El deseo de adquirir y poseer ha sido exacerbado continuamente por la publicidad y las nuevas formas de negocio que al amparo de esa forma de vida han ido surgiendo.

En ese permanente discurso ideológico, no se ha parado ni un solo instante de hablar de ética y de derechos humanos, sólo que del modo más falaz que cabe imaginar y como recurso para atrapar a las sociedades que todavía no estaban bajo el control de ese colonialismo económico y mental. Las Iglesias cristianas le han seguido el juego a ese desaforado discurso, haciéndolo compatible con las enseñanzas evangélicas mediante asombrosos malabarismos mentales y cómplices silencios. Los partidos políticos del mundo entero han entrado también en el juego de la falsa democracia, renunciando para ello a sus principios los que tuvieron su origen en la lucha por la dignidad humana. Algo parecido han hecho las organizaciones sindicales, más atentas a su propio beneficio que a sus obligaciones con la clase obrera. Y para acabarlo de embrollar, han surgido infinidad de ONG que al igual que una buena parte de los sindicatos, los partidos políticos y algunas iglesias hacen muchas de ellas de la solidaridad, la compasión y las buenas obras un provechoso negocio.

Entretanto, a lo largo de ese medio siglo, el pueblo ha ido alcanzando un nivel de confort que avala sin el menor reparo la forma de vida que se le ha impuesto. La reflexión y el pensamiento han desaparecido de la vida cotidiana, como no sea para ver el modo de conseguir un nivel de vida todavía más confortable. La ética y los valores humanos han sido manipuladas hasta el extremo por ese capitalismo colonizador y expansionista que está llegando a sus propios límites y que en sus estertores está dispuesto a llevarse por delante cuanto pille. No es de extrañar pues que sin hábito de reflexionar y con una mentalidad cada día más primitiva y cargada de deseos una buena parte de la población europea se comporte como auténticas bestias.

El futuro es imprevisible y no está en el ánimo de quien esto escribe hacer profecías, pero es a todas luces evidente que estamos destruyendo el planeta y con él a la humanidad entera. Cada vez nos quedan menos posibilidades de maniobra a quienes deseamos legar un mundo más humano a las próximas generaciones. El panorama no es esperanzador. Europa parece caminar sobre sus propios pasos: el fascismo resurge de la tumba en la que oficialmente yacía; la Iglesia Católica se enroca en su catolicismo confesional y cultista y restaura el lefebrismo; los discursos ideológicos de los gobernantes y de instituciones de gran influencia social miran también hacia atrás y ensalzan las formas tradicionales de familia, educación y relaciones sociales ignorando las causas de su evolución. Y así podríamos seguir largo y tendido.

No obstante, cabe pensar que si todo tiene un límite, también lo ha de tener la estulticia humana. No debemos desesperar de que entre tanta bestia haya suficiente número de personas con sentido común como para poner las cosas en su sitio y devolverle a la dignidad humana el lugar que le corresponde; de que entre la clase política haya quien se dé cuenta de que no se puede seguir con engaños y mentiras y propugnado una forma de vida que destroza el planeta y solamente favorece a las capas más ricas de la población; de que la población cristiana salga de su obcecación y se decida ya de una vez a pensar si lo que hace es vivir y transmitir la Buena Nueva o si está meciéndose en placenteras ensoñaciones; y de que quienes queremos que todo esto ocurra nos demos cuenta de que debemos empezar por hacerlo realidad en el día a día de nuestras propias vidas.

La ética no es una flor muerta y marchita como nos pueden hacer pensar los tristes acontecimientos que a diario constatamos, sino un brote constante de vida y esperanza en el alma humana. Solamente hace falta cultivarla debidamente para que crezca.


Pepcastelló

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