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jueves, 3 de septiembre de 2009

Taizé en perspectiva agnóstica

PepCastelló

Somos muchas las personas de mi generación que fuimos educadas católicamente y, andando el tiempo, tras cuestionar las creencias que nos habían sido transmitidas, decidimos abandonar la religión. Eran tiempos aquellos en los que nuevas perspectivas se abrían al pensamiento y entraban en conflicto con la moral católica tradicional y muy especialmente con la actitud retrógrada y oscurantista de la Iglesia que teníamos en nuestro entorno. El paulatino descubrimiento de la triste realidad política española, cuya reciente historia se nos había transmitido bajo una atmósfera de institucional engaño; del soporte que la Santa Madre Iglesia dio a los militares golpistas que implantaron una férrea dictadura en España y el que siguió dando a las sanguinarias dictaduras de América Latina; del posicionamiento político de la alta clerecía, amiga de los poderosos y los ricos, sexista, discriminadora, negadora de derechos humanos reconocidos por la sociedad civil, y un sinnúmero de iniquidades más, pasadas y presentes, que las buenas personas católicas prefieren ignorar o excusar, generó un firme y profundo rechazo a cuanto de la Iglesia Católica nos llegaba, empezando por su doctrina.

El alejamiento religioso nos impidió vivir la renovación eclesial del Vaticano II y el nacimiento de la Teología de la Liberación, verdaderos esfuerzos por retornar a las fuentes del cristianismo desde perspectivas de humana actualidad. Por ello, pese a la educación que recibimos en nuestra infancia, seguimos viviendo lejos de todo discurso religioso, en una posición agnóstica cuyo conflicto no era ni es Dios sino los hombres que dicen hablar en su nombre. Hoy somos muchas las personas que rechazamos a la Iglesia y su discurso conservador y soberbio y nos planteamos la religión desde una perspectiva antropológica y humana.

Al margen de que se profesen o no creencias religiosas, es preciso aceptar que la mente humana es creadora de mitos y misterios, a partir de los cuales las sociedades han ido elaborando sus religiones desde los más remotos tiempos. El hecho de que estas religiones hayan servido de guía a los pueblos que las profesaban durante largos períodos de su historia nos lleva a pensar que en su origen hay un importante caudal de sabiduría que merece ser estudiado. Y por el mismo motivo merece serlo el funcionamiento de la estructura mental que con el fenómeno religioso se relaciona.

A quien observe hoy el mundo occidental superficialmente le podrá parecer que la gente vive libre de discursos religiosos e ideológicos, pero se equivoca. La publicidad hace continuas referencias a mitos paradisíacos que en otro tiempo daban lugar a afirmaciones religiosas. La forma como los medios de comunicación transmiten los acontecimientos son un continuo de eslóganes doctrinales dictados por los poderes fácticos y quienes abogan por la forma de vida que nos han impuesto. Los discursos no son hoy tan explícitos como lo fueron en determinados momentos del siglo pasado, pero son mucho más intensos y persuasivos. La mayor parte de la población no es consciente de los continuos mensajes subliminales que recibe, por lo que estos calan hondo en su mente configurándola en una ideología nihilista y deshumanizadora. Como consecuencia de ello, se vive hoy sin otras referencias que las dictadas por las necesidades inmediatas, objetivas y subjetivas a un tiempo, aceptando como máximos valores el confort y el éxito personal. Los sistemas educativos de los países más desarrollados técnica y económicamente han sucumbido a la vorágine materialista desatada por tan irreflexiva forma de vivir. El individualismo ha destronado al espíritu colectivo que durante siglos guió a la humanidad hacia horizontes de utopía. Y como colofón podemos decir que el mundo entero se debate hoy por subsistir en un planeta que la ambición y la desmesura destruyen a velocidad vertiginosa.

Nuestra civilización occidental cristiana necesita descubrir urgentemente un modo de vivir completamente distinto del que promueve la ideología capitalista. No podemos seguir basando nuestra subsistencia en la agresividad, sino que es urgente poner en práctica formas de vivir basadas en la cooperación. Y es en este contexto y bajo esta perspectiva humana, tanto o más que en la religiosa, que Taizé se nos muestra como un puerto hacia la esperanza.

La forma de vida austera a la vez que gozosa que se da en Taizé desmiente el discurso consumista y permite descubrir el valor de la colaboración y del trabajo desinteresado, algo impensable según la ideología que el voraz capitalismo ha extendido a lo largo y ancho de nuestro planeta. La organización temporal que allí rige atiende las necesidades materiales a la par que las espirituales, dimensión humana ésta de la mente que no suele formar parte de la filosofía del occidente actual, abocada a una dinámica de actividad permanente, ya sea productiva ya para procurarse diversión. La invitación a un recogimiento interno en forma de plegaria colectiva, abierta y plural, que puede ser aceptada por creyentes de diversas confesiones cristianas y no cristianas y aun por personas agnósticas, supera todas las intolerancias habituales en los entornos religiosos confesionales y abre la puerta a la libre introspección. Todo allí está pensado para favorecer el crecimiento humano de quienes participan. Si la forma de vida condiciona la forma de pensar, allí se da una forma de vida humanizadora. Si la reflexión es el camino necesario para el crecimiento humano, allí se da reflexión desde diversas perspectivas religiosas y humanas. Si el silencio interior es la condición necesaria para alcanzar el propio conocimiento, allí se da ese silencio. La ausencia de afanes materiales, la reflexión, el silencio interno, la paz en el entorno que favorece hallar la de la propia alma son los aspectos que remarco de cuanto allí percibo.

No toda la población visitante comparte esta perspectiva, pues en su mayoría son personas provenientes de entornos religiosos confesionales, mayoritariamente católicos, para quienes la religión consiste en una relación personal con el Dios del cielo, lo cual si no está al margen de la forma de vida que se siga puede no guardar una estrecha relación con ella siempre que se observen las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia, que no son precisamente un modelo estimable en cuanto a justicia equitativa ni a relación entre las personas y los pueblos. Pero aun cuando esta abundancia de población creyente abocada a la práctica religiosa convencional tiende a ofrecer una imagen exterior que puede no diferenciarse demasiado de la que se obtiene en determinados eventos religiosos de la Iglesia Católica Romana, quien se acerque con una visión humanista y más cercana al agnosticismo que a la creencia religiosa podrá observar cuanto decimos.

Por supuesto que una semana de estancia en Taizé difícilmente puede cambiar la forma de pensar y de sentir a nadie, pero puede servir de referencia para posteriores reflexiones, para cuestionar falsas certezas, para reabrir esperanzas... A buen seguro que quien más quien menos saldrá de allí con alguna novedad interna, tal vez atisbando alguna posibilidad hasta entonces no considerada, o tal vez afirmándose en alguna anteriormente descubierta. Y quien a tanto no llegue, habrá vivido al menos la ocasión de dar un primer paso en alguna de esas direcciones. En cualquier caso, desde una perspectiva agnóstica y humana es una experiencia recomendable.


PepCastelló
http://lahoradelgrillo.blogspot.com/

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sábado, 29 de agosto de 2009

Taizé, diversidad y respeto

PepCastelló

Como podrán ver quienes entren en la página web de la Comunidad de Taizé [1], su ya remoto origen se sitúa en los tristes años de la segunda guerra mundial, cuando los ejércitos alemanes invadieron Francia y la locura nazi desencadenó una feroz persecución de judíos, gitanos y otros seres que en su ideario figuraban como inferiores. Allí el Hermano Roger de la Iglesia Calvinista y otras personas compasivas de diversas confesiones religiosas escondieron a cuantos pudieron e hicieron cuanto pudieron para ayudarles a huir. Taizé nació pues horizontalmente, con amplia vocación fraterna en favor del débil, del injustamente perseguido por el poder.

Pasada la gran guerra, una parte de quienes allí actuaron, provenientes de diversas iglesias cristianas, decidieron unirse en comunidad fraterna para dedicarse a organizar encuentros de jóvenes procedentes de diversos países e iglesias con el fin de que se conociesen y amasen y fuesen capaces de negarse a repetir la barbarie de la guerra que tan de cerca ellos habían vivido.

La diversidad confesional de los hermanos imprimió desde un buen comienzo un carácter nada común en las iglesias cristianas, pues nadie impuso allí credo ni doctrina alguna. Ni se le impone a nadie todavía. Cada cual es aceptado con sus creencias y sus diferencias personales en pensamiento y en fe. La plegaria responde a la pluralidad de confesiones e iglesias cristianas de quienes allí se acogen y puede ser compartida por creyentes de otras religiones y aun por no creyentes. Nadie queda excluido del ágape, de la comunión simbólica, ya que incluso quienes no comparten las creencias eucarísticas pueden participar tomando un simple pedazo de pan bendecido.

La acogida y el respeto mutuo son los principios fundamentales de la Comunidad de Taizé. Bien distinto de los que rigen en la Iglesia Católica Romana, perseguidora de herejes e infieles desde su comienzo y a lo largo de los siglos y de disidentes aun en la actualidad, que desde su instauración como religión del Imperio tuvo como principal objetivo la unidad religiosa y la sumisión de toda la población a su doctrina, en ámbito imperial primero y mundial después. Tanto fue así que cabe preguntarse si aquel cristianismo lleno de humanidad que afirmaba «no se ha hecho el hombre para la Ley sino la Ley para el hombre», una vez convertido en religión del Imperio no sirvió para lo contrario, para someter al hombre a la Ley que dictaban los poderes de turno.

Pienso que la Comunidad de Taizé es un posible modelo de lo que debieran ser las comunidades cristianas en nuestro mundo occidental. Ecuménica desde su origen, ha hecho del respeto a la diversidad de pensamiento y creencias uno de sus principios fundamentales. Completamente autónoma, basa su economía en su propia actividad y no acepta donativos personales ni dinero de institución alguna, ni civil ni eclesiástica. La forma de vida sencilla y solidaria que allí se sigue es un modelo estimable de conducta. La pluralidad confesional que la hace eclesiásticamente libre, la independencia económica, la sencillez de vida y la ausencia absoluta de aspiraciones expansionistas, junto con su fidelidad al evangelio libran a la Comunidad de Taizé de dar soporte mediante ignominiosas connivencias y sacrílegas bendiciones a regímenes políticos autoritarios e injustos, a criminales golpistas, a poderosos adoradores de Mammón cuya codicia es la principal causa del sufrimiento de millones de seres humanos, algo bien distinto de cuanto ha hecho la Iglesia Católica Romana a lo largo de los tiempos.

Si observamos con atención podremos ver que en Taizé bien poco cuenta el desmesurado afán de confort, prestigio y poder que constituyen los valores máximos en nuestra civilización occidental cristiana, hoy extendidos a lo largo y ancho del mundo. La extrema sencillez que allí reina en todas sus dependencias, empezando por el templo, contrasta con la magnificencia de los grandes templos cristianos de todas las épocas. Sin duda alguna Taizé es un claro esfuerzo por poner en práctica la Buena Nueva evangélica en su más pura esencia; un camino hacia la equidad mediante la acogida, la colaboración, la ayuda mutua, el alegre compartir, la austeridad necesaria para que en el mundo no haya pobreza. No en vano uno de sus cantos dice «Beati voi poveri, perché vostro è il regno di Dio». ¡Qué absurdo e hipócrita resultaría este texto en el interior de la basílica de San Pedro de Roma o en el de tantas magníficas catedrales ricamente ornamentadas, que no son sino elocuentes manifestaciones del poder eclesiástico!

Quienes quieran cerciorarse del contraste que acabamos de señalar, no tienen más que detenerse en su regreso a casa a visitar la catedral de Albi, dedicada a Santa Cecilia (siglos XIII al XVI), impresionante mole de ladrillo rojo, con más aspecto de fortaleza que de templo, construida para conmemorar la victoria de la Iglesia Católica Romana sobre la herejía cátara, exterminada a fuego y filo de espada, y advertir del fin que les esperaba a quienes irreflexivamente intentasen apartarse de sus enseñanzas. Por si la gran estructura no fuese suficientemente elocuente, el interior majestuosamente decorado es un rendido homenaje escultórico y pictórico a los poderes temporales y a la gloria de los elegidos, los cuales, como es de esperar, son los poderosos de turno fieles a la Iglesia y quienes les obedecían. En esa visita y en otras a similares monumentos podrá ver, quien tenga ojos y los quiera usar, qué derroteros tan poco evangélicos ha recorrido la Iglesia a lo largo de los siglos. Ante semejantes manifestaciones de prepotencia, tan comunes y tan frecuentes en los grandes templos católicos y tan presentes en todas las manifestaciones de la alta jerarquía eclesiástica desde los más remotos tiempos hasta el presente, una pregunta surge de lo más hondo de mis entrañas: ¿abandonará algún día la Iglesia Católica Romana su intolerancia doctrinal y ese gran apego al poder que le impiden hoy colaborar en el proceso de evolución humana que tanto necesita el mundo y en especial nuestra civilización occidental cristiana?

Por supuesto que no tengo respuesta para esta pregunta, pero a fuer de sincero debo decir que no espero que eso ocurra, pues son muchos los intereses personales y colectivos que atenazan a esa macro organización religiosa. No hay nada que me anime a esperar ningún cambio de conducta en quienes la rigen y quienes les rodean, sino al contrario, que persistan hasta el final en la misma obcecada cerrazón que ahora muestran. Ya vimos el pasado siglo XX que la curia pudo más que el papa Juan XXIII, de modo similar a como casi dos mil años antes el poder religioso había podido más que el mensaje humano de Jesús de Nazaret. Cabe esperar no obstante, pues a ello nos lleva el conocimiento que tenemos del devenir humano a lo largo de los tiempos, que con creencias religiosas diversas o sin ellas siga habiendo en el mundo personas que evolucionen hacia cotas cada vez más elevadas de humanidad, para su bien y el del universo entero. Y cabe esperar también −¿cómo no?− que nuestro ánimo pueda permanecer hasta el final en esta remota, tenue y peregrina esperanza. A ello contribuyen, entre miles y millones de personas diversas, la Comunidad de Taizé y quienes con ella colaboran.

[1] http://www.taize.fr/es

Artículos anteriores relacionados con el presente:
I -
Taizé, peregrinación y encuentro
http://lahoradelgrillo.blogspot.com/2009/08/taize-peregrinacion-y-encuentro.html


PepCastelló


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jueves, 20 de agosto de 2009

Taizé, peregrinación y encuentro

PepCastelló

Una vez más he cumplido con mi peregrinación anual a Taizé, ese oasis de paz y concordia ecuménica hecha posible mediante la acogida fraterna exenta de imposiciones doctrinales, el trabajo desinteresado, la vida sencilla y austera y una plegaria en común centrada en el canto y en el silencio. Quienquiera que allí vaya podrá respirar esa atmósfera de abierta fraternidad que lleva a la cumbre de la espiritualidad inherente a la humana natura. Da igual el credo que se profese o incluso el no credo, porque el camino está abierto a quien lo quiera transitar.

Siempre mis estancias en ese bendito lugar han comportado intensas experiencias emocionales que han dejado huellas reconocibles en mi memoria. Piedras apiladas al azar entre las muchas que una a una han ido edificando la estructura de mi pobre persona. Brisa que vivifica y renueva. Viento que arrastra y lleva lejos el polvo de viejos caminos recorridos en el extravío de búsquedas infructuosas.

Aunque pensado para jóvenes, Taizé es un lugar reconfortante para quienes, adultos ya, amamos la vida austera, la música, la paz, la fraternidad y el silencio, entendido éste en el más estricto sentido interno, ya que el entorno de gente joven es un permanente gorjeo que no da reposo a los tímpanos excepto durante las plegarias y el descanso nocturno.

Somos muchas las personas que año tras año llevamos a cabo ese peregrinaje. Procedentes de diversos países, hablando diversas lenguas que la Comunidad de Taizé tiene buen cuidado en recoger y usar fraternalmente en las plegarias, compartimos unos días de búsqueda interior favorecida por el silencio y la cálida compañía. El gesto amical, la ayuda espontánea a cualquier esfuerzo que alguien realice y la buena disposición para el entendimiento constituyen el lenguaje mayormente usado, el que sirve para comunicar las buenas intenciones que anidan en el corazón de quienes se encuentran y para difundir los principios de solidaridad que animan sus almas.

Expresión a la vez de Buena Nueva cristiana y de sabiduría humana común a las más variadas culturas, Taizé ofrece todos los ingredientes para un encuentro con la propia persona, para ejercitarse en la bondad, para hallar formas de acercamiento humano por encima de intereses, creencias e identidades. Frente a una civilización ruidosa y frenéticamente activa, allí se encuentra tiempo para el silencio, la meditación y el goce de la paz del alma. Frente a la primitiva agresividad que heredamos de nuestros antepasados primates, eufemísticamente denominada ahora “competencia”, que rige como principio de vida en nuestra civilización occidental cristiana, individualista y egocéntrica, sin otros valores que el bienestar material y el éxito personal sinónimo de fracaso ajeno, allí se encuentra colaboración y solidaridad a raudales.

Bien podemos decir que Taizé es singular por cuanto acabamos de ver y por bastantes cosas más. Pese a ello, no es un lugar donde se produzcan milagros, ni creo que nadie vaya allí a buscarlos. Cada cual llega con su propio bagaje de creencias, certezas, convicciones, afectos... No parece que nadie vaya allí con la intención de cuestionar sus propias seguridades sino de afianzarlas, de adquirir más de lo mismo. Y no obstante, el contraste entre el modo de vida que allí se sigue y el que tenemos en nuestros respectivos entornos cotidianos es una buena invitación a cuestionarnos en profundidad lo que pensamos, lo que creemos, lo que hacemos, cómo vivimos y cómo nos relacionamos con el resto del mundo, algo a lo que no está dispuesta la mayor parte de la población creyente y no creyente de nuestro opulento mundo occidental.

El mundo está plagado de injusticia; la opulencia del mundo rico la están pagando con sufrimiento y miseria millones de seres humanos en el mundo pobre; nuestra forma de vida está al borde de agotar los recursos del planeta; pero la mayor parte de la gente le sigue el juego a la ambición capitalista y aun las buenas personas creyentes viven sin analizar su forma de vida a la luz del evangelio ni de la más elemental ética. La espiritualidad cristiana está tan centrada en el culto y en el goce íntimo de la relación personal con Dios que ni por asomo invita a sus fieles a pensar que con nuestra forma acomodada de vivir estemos atizando el infierno en que viven la mayor parte de los seres humanos. Con los ojos puestos en el más allá y en el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo», esperan que sus almas sean acogidas en la gloria por los siglos de los siglos con solo seguir las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia, que para nada se opone a que otros paguen el gasto. ¿Para que marearse si la esperanza en un más allá feliz nos permite seguir viviendo con el mundo por montera? Bendita santidad que acepta tener esclavos con tal de no verlos y puede comer carne tranquilamente porque manos ajenas sacrifican las reses.

Cada año mi estancia en Taizé estimula mi reflexión y renueva mis inquietudes religiosas y políticas. En esta ocasión me he ocupado en contemplar ese bello lugar desde diversas perspectivas, (educativa, religiosa, política, social...) las cuales me propongo compartir en sucesivos escritos con quienes leen esta página. Talvez mis puntos de vista no coincidan con los de quienes me lean, pero para eso está el diálogo y el sitio previsto para comentarios.

Hasta pronto, pues, si nada me lo impide.

PepCastelló

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