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sábado, 21 de noviembre de 2009

Ni Roma ni Copenhague

José M. Castillo

Está visto que las reuniones en la cumbre, que organizan los líderes mundiales al más alto nivel para resolver nuestros problemas, no sirven para nada. Lo venimos comprobando desde hace décadas. En este momento, cuando estoy escribiendo esta página, se está celebrando la reunión de la FAO en Roma, para resolver el problema del hambre en el mundo. Pues bien, durante los tres días que va a durar la reunión contra el hambre, mientras los reunidos disfrutan de los hoteles de mayor lujo en Roma, más de 60.000 niños habrán muerto de hambre. Todas las reuniones y afanes de la FAO no han conseguido, hasta ahora, frenar la escalada del número de hambrientos en el mundo. En menos de cuatro años, ese número se ha elevado de 800 millones a 1.020 millones. Y conste que estamos hablando de hambre severa, es decir, de seres humanos que tienen que vivir con menos de un dólar al día. Lo que significa que no pueden recibir el número mínimo de calorías diarias para poder vivir. Son, por tanto, más de mil millones de criaturas destinadas a una muerte segura y cercana.

Por otra parte, en vísperas de la anunciada reunión de jefes de Estado en Copenhague, para resolver el angustioso problema del cambio climático, ya nos han advertido los presidentes de Estados Unidos y China que no nos hagamos ilusiones. La cumbre será un fracaso. Porque los países que más contaminan no están dispuestos a disminuir las emisiones de CO 2, por más que las sequías y los huracanes, los tsunamis y el agotamiento de las energías no renovables nos amenacen a todos con desgracias y sufrimientos que seguramente no imaginamos.

¿Qué está pasando? ¿Dónde está la raíz y la explicación de un estado de cosas tan dislocado y tan irracional? Lo más inmediato y lo más evidente es que no hay voluntad política para tomar las decisiones que habría que tomar cuanto antes. Pero, ¿por qué esa falta de voluntad, en los responsables de la política y de la economía, para decidir lo que todo el mundo ve como lo más urgente y lo más necesario? ¿Es por maldad y egoísmo de quienes nos gobiernan?

Vamos a decir las cosas por lo claro. Los líderes mundiales - si es que quieren seguir ocupando los cargos que ocupan - no pueden hacer sino lo que están haciendo. Es verdad que unos escenifican mejor que otros esta macabra comedia de la política mundial. Por ejemplo, es evidente que Obama representa el papel de un buen presidente mejor que Bush. Pero también es cierto que, a fin de cuentas y en los asuntos verdaderamente decisivos para el mundo, Obama se pone de acuerdo con China exactamente lo mismo que lo hubiera hecho Bush. Con lo cual estoy diciendo que los problemas más graves relacionados con la pobreza y la muerte, la destrucción de la naturaleza y del mundo, y las causas de mayor sufrimiento para los más débiles, todo eso no se arregla quitando a quienes ahora nos gobiernan y poniendo a otros. Los que vengan seguirán haciendo lo que hacen éstos. Porque hay un problema de fondo que rebasa a todo posible gobernante que se ponga hoy a gestionar los más graves asuntos que en este momento afectan al mundo. ¿De qué se trata?

El problema consiste en que, de los 6.000 millones de habitantes que vivimos en el planeta tierra, 2.000 millones nos hemos habituado a un nivel de vida y de consumo que no es aplicable a los 4.000 millones restantes. Y no es aplicable por una razón muy sencilla: si los 6.000 millones se pusieran a consumir lo que consumimos los 2.000 millones privilegiados, que tenemos la sartén por el mango, es seguro que las energías de la tierra se agotarían en pocos años, quizá pocos meses. Si el consumo de 2.000 millones contamina hasta el extremo de que, por ejemplo, este año y a finales de noviembre tenemos temperaturas casi veraniegas, ¿es imaginable lo que ocurriría si las emisiones de CO 2 se multiplicaran por tres? La tierra da de sí para satisfacer la ambición y el egoísmo de unos pocos. Para la ambición y el egoísmo de todos no es posible.

¿Consecuencia? Los dirigentes políticos de los 2.000 millones privilegiados no tienen más remedio, si es que quieren seguir gobernando, que hacer lo que están haciendo. Porque saben que si tomasen las medidas restrictivas, que habría que tomar para repartir equitativamente la riqueza y las energías mundiales, perderían a la gran mayoría de sus votantes. Los privilegiados del mundo no estamos dispuestos a perder nuestros privilegios. Por eso votamos y votaremos a favor del que nos asegure mayor bienestar y más seguridad en ese bienestar, aunque sepamos que eso se hace a costa de negar el pan y el agua a los millones de criaturas que se mueren de hambre y de sed.

Por lo tanto, la tesis que yo defiendo - y creo que la defiendo con sólidos argumentos - es que los responsables últimos del desastre mundial que estamos viviendo somos todos. Todos los que votamos al que mejor satisface nuestras insatisfechas apetencias de vivir mejor. Lo normal y lo más generalizado es que la gente vota al que le da más garantías de bienestar y consumo, no al que promete repartir equitativamente nuestro bienestar con los que carecen de ese bienestar. Las políticas de bienestar tienen más éxito que las políticas sociales. Y no digamos nada si un aspirante a gobernar pusiera en su programa de gobierno que está dispuesto a remediar, ante todo, el hambre de los pobres a costa de que los demás ganemos menos y vivamos más austeramente. Al político que dijera eso, lo tomaríamos por loco.

Esto es así de claro y así de duro. Y de este estado de cosas son responsables, no sólo los políticos, los empresarios, los gestores del gran capital y hasta los sindicalistas. No esperemos, pues, la solución de los de arriba. Si quieren estar arriba, no pueden hacer sino lo que hacen, mientras los votantes no cambiemos de mentalidad y tomemos en serio que hay que programar nuestras vidas de otra manera: con menos ambición y más humanidad.


José M. Castillo
Artículo publicado el 20/11/2009 en diario de Granada IDEAL.

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sábado, 7 de noviembre de 2009

Caín y Abel, dos cultos y dos culturas

Jose Maria Castillo

Saramago, motivado por su ateísmo militante, ha querido hacer de Caín una víctima del "dios" más vengativo y cruel que se puede imaginar. No discuto el valor litearario del libro de Saramago. Y respeto sus ideas, como pienso que él respeta las de los demás. Pero nada de eso es lo que aquí me interesa. Sólo quiero aclarar lo que representan Caín y Abel. El relato de la Biblia (Gén 4, 1-16) utiliza materiales que provienen de mitos muy antiguos (G. von Rad). Según este relato, Caín fue agricultor, mientras que Abel era pastor. Es decir, Caín representa la cultura de los pueblos instalados y (en ese sentido) sedentarios, en tanto que Abel representa la cultura de los pueblos nómadas que peregrinan con sus rebaños. En la antigüedad esto era frecuente. En la actualidad, Caín representaría la cultura de los instalados y sedentarios. Abel nos remite a las gentes que se ven obligados a emigrar, los desinstalados y trashumantes. Esto supuesto, es importante recordar que Víctor Maag, siguiendo a M. Buber, ha destacado la diferencia entre la vieja religión de los nómadas y la religión nacional de los instalados en un territorio. Cada una de estas religiones tienen sus "dioses". La religión de los nómadas es religión de promesa. El nómada no vive inserto en el ciclo de la siembra y la cosecha, sino en el mundo de la migración. Este Dios de los nómadas guía y protege a sus fieles, a diferencia de los "dioses" vinculados a un lugar, a un templo, a un culto, a un sistema.

El relato del Génesis dice que Dios aceptó el culto religioso de Abel y rechazó el de Caín (Gén 4, 5). Lo que originó el odio, la violencia y la muerte. Queda así indicada la relación entre religión y violencia. La violencia entre culturas y religiones. La violencia de los instalados frente a los nómadas. Isarel fue un pueblo de nómadas del desierto. Hasta que se instaló en Canaán, la tierra prometida. Una historia marcada por la violencia y la muerte. Una historia que tiene una palpitante actualidad en este momento. No hay que hacer muchos esfuerzos de imaginación para pensar que hoy Caín sigue asesinando a Abel: los pueblos instalados no soportan a las gentes que tienen que emigrar, sin tierra ni nacionalidad que les identifique. El Dios de los templos y sus cultos solemnes no sporta a los "dioses" menores de los nómadas sin patria y sin papeles. La violencia no viene de Dios. La violencia es producto de la cultura (W. Sofsky). Y lo que importa y urge es que creamos en un Dios de paz, respeto y tolerancia, que sea una auténtica rèplica a la violencia que se asocia a la cultura.

Jose Maria Castillo
http://josemariacastillo.blogspot.com/2009/11/cain-y-abel-dos-cultos-y-dos-culturas.html

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martes, 20 de octubre de 2009

Tenemos que cambiar nuestra idea de Dios

José M. Castillo

... el "dios" que mucha gente lleva en su cabeza y en sus entrañas es un "ídolo". Eso no es Dios. No puede serlo. Un "dios" que legitima a los canallas y corruptos, que sella la boca de los cobardes, que atiza sentimientos de venganza, que produce más sensibilidad ante el altar que ante el dolor y la humillación de los humanos, eso no merece el nombre de "dios". Esto es urgente: tenemos que cambiar nuestra idea de Dios.

Fragmento extraído de su blog “Teología sin censura – Atrévete a pensar” [20.10.2009]
http://josemariacastillo.blogspot.com/2009/10/tenemos-que-cambiar-nuestra-idea-de.html

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sábado, 10 de octubre de 2009

Premios Nobel: la responsabilidad de los intelectuales

José M. Castillo

Cuando cada año se conceden los premios Nobel, no sólo se premia el trabajo de investigación de personas eminentes en determinados ámbitos del saber, sino que además e inevitablemente también se presenta un modelo de ciencia, de conocimientos y de avances tecnológicos que se consideran los más importantes de cada año.

Nadie va a poner en duda que los 770 premios Nobel, que la Real Academia Sueca de las Ciencias (y otras conocidas instituciones de alto prestigio) han concedido desde 1901 hasta 2007, representan la enorme aportación que la ciencia, la tecnología, la literatura, al igual que las ciencias económicas y sociales, han hecho en favor de la humanidad. Los asombrosos avances que, en los últimos cien años, se han realizado en medicina, en las más diversas tecnologías, en el progreso de las letras y en el esfuerzo por mejorar las condiciones de paz entre los pueblos, todo eso, en gran medida está reflejado en la impresionante lista de hombres y mujeres que han obtenido el premio Nobel. Si hoy vivimos mejor que las gentes de hace un siglo, se lo debemos a quienes han obtenido el galardón del Nobel y a tantos otros hombres y mujeres que con su paciente y callado trabajo han hecho posible el bienestar y otras ventajas de las que hoy podemos disfrutar.

Todo esto es verdad. Y nunca lo elogiaremos bastante, para fomentar la pasión por el estudio, el trabajo intelectual y la investigación científica. De todo esto depende el futuro de la humanidad. Pero en esto, como en todo, tendríamos que ser más lúcidos de lo que hemos sido hasta ahora. Porque, si es verdad que los premios Nobel de cada año representan, en gran medida, los avances de la ciencia y el saber que han hecho posible el progreso y el bienestar, no es menos cierto que la ciencia y los saberes, que se han premiado en los Nobel, nos han acarreado demasiados sufrimientos y enormes desgracias, hasta abocarnos a un mundo amenazado de destrucción y de posible exterminio. Sin duda alguna, la ciencia y la tecnología, que hoy tenemos, merecen un premio. Pero, si somos honestos y sinceros, hay que reconocer que merecen también un juicio severo y, en asuntos muy determinantes, un justificado castigo. No debe ser mera casualidad el hecho de que, de los 770 premios Nobel que se habían concedido hasta 2007, la gran mayoría (531) se han dado a ciudadanos de Estados Unidos (276), Reino Unido (96), Alemania (76), Francia (50), Rusia (22), Japón (11). Es decir, los países que más premios Nobel han acumulado han sido precisamente los países que más guerras, más violencia y más muerte han causado o permitido en el último siglo. De la misma manera que son los países que más armamentos bélicos han inventado, han fabricado y han vendido, para hacer posibles, no sólo sus propias guerras, sino también las guerras de los demás. Y ya, puestos a hablar de este patético asunto, no olvidemos la lista de los Nobel de economía que, desde 1969, se vienen concediendo. De los 61 premios que se han dado en esta especialidad, el 65 % han sido para economistas de Estados Unidos y el 15 % para los del Reino Unido. Descaradamente se ha privilegiado la economía neoclásica, especialmente la Escuela de Chicago, es decir el modelo económico que nos ha metido en el espantoso desequilibrio económico mundial en que vivimos. El modelo económico que ha entrado en crisis y que, premiando con la impunidad e incluso con enormes cantidades de dinero a los causantes del desastre, ahora todos queremos reconstruir para seguir viviendo, disfrutando y padeciendo, del modelo de “economía canalla” que nos han impuesto los más autorizados Nobel de economía de los últimos cuarenta años. Y a todo esto, hay que sumar el silencio y la complicidad de tantos hombres de ciencia y de tantos intelectuales que trabajan, más para satisfacer los intereses económicos de las multinacionales, que las necesidades de la gente, sobre todo si se trata de las pobres gentes de los países pobres. Por poner un ejemplo, como es bien sabido, los turbios manejos de determinadas empresas químicas y farmacéuticas constituyen auténticos crímenes que claman al cielo.

El problema que todo esto nos plantea es más grave de lo que mucha gente se imagina. Porque estos hechos nos vienen a decir que, en este momento, la ciencia no es neutral. Decididamente, la ciencia ha tomado partido, en favor de quien la costea. Es decir, la ciencia se ha puesto de parte de los intereses de los Estados más poderosos y de las empresas multinacionales que, como sabemos, no tienen como finalidad aliviar el sufrimiento de la gente, sino acumular riqueza y poder. Y llegando más al fondo de las cosas, todo esto nos lleva a pensar que, en el estado actual de la sociedad tecnocrática, no es posible separar la “naturaleza” de la ciencia de los “fines” concretos para los que se utiliza la ciencia. Decir que una cosa es la ciencia “en sí”, y otra cosa es la “utilización” que se hace de la ciencia, es el intento desesperado que hacen no pocos científicos (bien pagados por las empresas para las que trabajan) para tranquilizar sus conciencias. Al decir esto, me parece acertado recordar lo que J. Habermas argumentó contra K. R. Popper, en la conocida “disputa del positivismo en la sociología alemana”: cuando las esferas del “ser” (lo que es la ciencia) y del “deber ser” (para qué se utiliza la ciencia) quedan separadas, se produce el divorcio entre el “conocimiento” y los “valores”. Una ciencia, así entendida, se presta a las manipulaciones más peligrosas y nos puede conducir a los horrores del totalitarismo, ya sea político, ya sea ideológico.

José M. Castillo

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sábado, 3 de octubre de 2009

La humanización de Dios

José M. Castillo
ENSAYO DE CRISTOLOGÍA

Editorial Trotta, 383 pgs.
(Nota de solapa de libro)

¿Existió Jesucristo? Y si es cierto que existió, ¿qué dijo? ¿qué hizo? ¿qué representa Jesús de Nazaret para todos y cada uno de nosotros? Este libro intenta, por supuesto, responder a estas preguntas. Pero, antes que eso, aquí se pretende dejar claro que aquel judío desconcertante, que fue Jesús, llevó a cabo la revolución más asombrosa que se ha producido en la historia de las tradiciones religiosas de la humanidad. Una revolución que pronto fue controlada, domesticada y bien integrada en el sistema por la religión. Sí, fue la religión de los templos y las leyes, de los sacerdotes y los altares, la religión de las muchas liturgias y las pocas entrañas de humanidad, la que expulsó a Jesús de la ciudad santa, lo sacó del espacio sagrado y allí, “fuera de la puerta” (Heb 13, 12), en el ámbito de lo profano, lo laico, lo secular, allí precisamente, lo asesinó. Para que quede en evidencia, por todas las generaciones, que al Dios de Jesús no lo encontramos en la trascendencia y en la divinidad, sino en la inmanencia y en la humanidad. Nos guste o no nos guste, las últimas generaciones que han nacido en los países de Occidente están marcadas por la patética fórmula que acuñó Nietzsche, en El Anticristo (af. 18): “El concepto cristiano de Dios -...- es uno de los conceptos de Dios más corruptos a que se ha llegado en la tierra; tal vez represente incluso el nivel más bajo en la evolución descendente del tipo de los dioses. ¡Dios, degenerado a ser la contradicción de la vida, en lugar de ser su transfiguración y su eterno sí”. Lo que pasa es que ni Friedrich Nietzsche, ni nadie entre los mortales, cuando pronunciamos la palabra “Dios”, estamos hablando de Dios. ¿Qué hacemos nosotros pretendiendo indagar en lo que sólo se puede encontrar más allá del campo inmanente de nuestra capacidad de conocimiento? Por eso, lo que este libro intenta explicar es que en Jesús, Dios “se despojó de su rango y se hizo como uno de tantos” (Fil 2, 7). Y es ahí, sólo ahí, vaciándose de todo poder y de toda gloria, en la búsqueda de nuestra propia humanidad, donde es posible encontrar el sentido de la vida, que trasciende las representaciones del Trascendente que nosotros nos hemos hecho y nos hemos servido a la carta, con frecuencia y por desgracia, para dividirnos más y hacernos más daño los unos a los otros.


Editorial Trotta
(Nota de solapa de libro)

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viernes, 2 de octubre de 2009

La crisis más grave y en la que nadie piensa

José M. Castillo

¿Cómo se explica que hayamos cometido tanta abominación económica y consumista, que nos vemos abocados a la destrucción de las fuentes de energía que hacen posible la vida? ¿Qué decir del desequilibrio económico mundial en el que sabemos que las 10 primeras fortunas del mundo son superiores a la suma de las rentas nacionales de los 55 países más pobres? ¿Cómo es posible que esté pasando todo esto y encima estemos deseando que se acabe pronto la crisis para volver a estar como estábamos antes, o sea a intensificar de nuevo el consumismo insostenible que ha provocado tanta ruina, tanta muerte y tanta miseria? El número de personas, que no pueden recibir diariamente las calorías indispensables para seguir viviendo, ha aumentado, de 800 a 1020 millones. Ni en la última guerra mundial morían cada día más de 70.000 personas, como está ocurriendo ahora mismo. ¿Estamos dispuestos a seguir tan tranquilos, asistiendo a este espantoso genocidio, colaborando (al menos con el silencio) en la masacre?

El problema, a mi manera de ver, no está en nuestra depravación moral. Quiero decir: por muy grave que sea (y lo es) el “problema ético”, existe un problema previo que es mucho mayor. Me refiero a la “disociación interior” que se ha producido dentro de cada uno de nosotros. Sin darnos cuenta, el ritmo del “progreso” acelerado, en que vivimos, nos ha roto por dentro. Y así andamos. Más desquiciados de lo que seguramente podemos sospechar. Lo explicaré de la forma más sencilla posible. Como es sabido, el nacimiento de la civilización (por lo que sabemos hasta ahora) se produjo en Oriente Próximo (Mesopotamia), unos 3.500 años antes de Cristo. La civilización nació cuando aparecieron las primeras tecnologías: agricultura, metalurgia, escritura. Esto fue posible gracias al desarrollo que alcanzaron, en el ser humano, el “cerebro” y la “mano”. No es posible explicar aquí las diversas teorías que se debaten sobre este asunto. En todo caso, los hechos parecen dar la razón a la impresionante teoría de A. Leroi-Gourhan: la disociación que se ha producido entre la mano y el cerebro. Como ha explicado María Daraki, hasta la aparición del hombre “sapiens sapiens”, la evolución del cerebro y las técnicas de la mano avanzaron al mismo ritmo. Pero, desde los principios de la humanidad actual, se produce una “disociación espectacular”: en el preciso momento en el que la “evolución cerebral” toca techo y se estanca, la “evolución tecnológica”, por el contrario, se dispara y crece a un ritmo acelerado. Es lo que estamos viendo en este momento: las nuevas tecnologías nos sorprenden, cada día, con descubrimientos que avanzan a un ritmo imparable, al tiempo que nuestros cerebros ya no son capaces de saber a dónde va todo esto, en qué va a parar tanto avance y tanta tecnología, que nos están arrastrando a todos al mundo más irracional que jamás se haya visto ni previsto. Además, el poder de la tecnología es tal, que ya no hay quien la pare, por más que estemos viendo que las técnicas son más fuertes y más determinantes que las decisiones de los hombres. Y por más que estemos seguros que, a este ritmo, las posibilidades de vida en el planeta tierra tienen los días contados.

¿Es posible detener o reorientar este proceso? No será fácil. Es más, yo me pregunto si no nos hemos metido por un camino sin retorno. ¿Por qué? Está demostrado que el equilibrio material, técnico y económico influye directamente las formas sociales y por consiguiente la forma de pensar, mientras que no es posible establecer una ley según la cual el pensamiento filosófico o religioso coincida con la evolución material de las sociedades. Si se diese tal coincidencia, el pensamiento de Platón o de Confucio nos parecerían algo tan anticuado y ridículo como las desvencijadas y primitivas carretas en las que viajaban los hombres del primer milenio antes de Cristo. Una persona que hoy tiene el talento que tenía Platón es un sabio. Si viaja como viajaba Platón es un loco. La crisis más grave, que padecemos ahora, consiste en que talentos como el de Platón hay pocos, mientras que las tecnologías se han disparado de manera que hasta los mediocres tenemos a nuestra disposición tal cantidad de máquinas y artilugios de todo tipo, con los que ya no es necesario ni memorizar datos, ni relacionar esos datos entre sí, ni sacar de todo ese arsenal interminable de saberes las conclusiones que habría que sacar y que más necesitamos. Se podrán discutir las teorías de antropólogos y paleontólogos. Lo que no admite discusión es que la mano le ha ganado la partida al cerebro.

Las consecuencias de este asombroso fenómeno están a la vista de todos. Una sociedad en la que las tecnologías, que se conectan con la mano, aventajan indeciblemente en importancia a los saberes, que se conectan directamente con el cerebro, es una sociedad que vive a merced de los intereses del gran capital, que es el que, mediante las multinacionales, maneja las investigaciones, los inventos y sus aplicaciones. De ahí, que la evolución tecnológica y la evolución social llegan a disociarse e incluso oponerse, avanzando en sentido inverso: la tecnología como “progreso”, las relaciones sociales y humanas como “degradación”. Exactamente lo que estamos viviendo y padeciendo. Y todavía, algo más preocupante: de la mano y sus tecnologías brota el consumo y el “bienestar”; del cerebro y sus mecanismos emocionales brotan las “convicciones” y los hábitos de conducta. El problema, que se agudiza por días, está en que, manipulados como estamos por tanta tecnología, ya no nos queda sino una sola convicción: lo que importa es ganar mucho, vivir bien y trabajar poco. Me da miedo pensar que este camino no tiene ya retorno.


José M. Castillo

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sábado, 25 de julio de 2009

Ley del menor, bajo sospecha. Ley del mayor, bajo denuncia.

José M. Castillo

A todos nos preocupa, y con razón, la alarmante degradación de tantos niños y niñas, de los que, con frecuencia, nos enteramos que cometen actos de violencia que hace poco tiempo no podíamos ni imaginar. Como es lógico, han saltado las alarmas y hay quienes piden a gritos que los poderes públicos corten, cuanto antes, con semejante degradación. Los hechos recientes son conocidos de todos. Es necesario saber que, por ejemplo, sólo en 2007, se produjeron en España más de 1.500 abusos sexuales, protagonizados por menores. Y ampliando el tenebroso horizonte de la descomposición social, que esto representa, nadie puede saber ya la cantidad de padres y madres de familia, profesores, vigilantes del orden público, etc, que viven asustados, sin saber qué hacer ante el giro que están tomando los acontecimientos en este (des)orden de cosas. En Granada, el juez Emilio Calatayud ha informado en público, repetidas veces, de la cantidad de padres que se ven obligados a denunciar en el juzgado de guardia a sus hijos menores porque les tienen miedo, a veces, mucho miedo. Por eso resulta comprensible que haya quienes piden al Gobierno y a las Cortes que se replantee, lo antes posible, la ley del menor. Y es que, efectivamente, la ley del menor está bajo sospecha. Porque se ve, a todas luces, que es una ley que no ataja los males de los que, con toda razón, nos quejamos.

Todo esto es evidente. Y exigimos que las autoridades competentes tomen las medidas necesarias para acabar con esta lacra y esta vergüenza. Pero ocurre que no hay que ser un lince, ni un “profeta de desgracias”, para darse cuenta de que, si la ley del menor está bajo sospecha, la ley del mayor tiene que estar bajo denuncia. Porque lo que los mayores hacemos con los niños es indeciblemente mucho más grave que todo lo que los niños pueden hacer contra los mayores o contra otros niños. Basta recordar algunos datos, de los que tenemos información fidedigna, suministrada por los organismos internacionales competentes (ONU; UNICEF, FAO...): 600 millones de niños se acuestan cada noche con hambre; 1, 4 millones de niños viven con el VIH/SIDA; 250 millones de niños, entre 5 y 14 años, están en el mercado de trabajo; entre 8.000 y 10.000 niños mueren o quedan mutilados cada año por las minas terrestres; unos 35.000 niños mueren de hambre o desnutrición cada día. Por no hablar de los niños y niñas que son vendidos para el aterrador negocio de la prostitución infantil o para el macabro comercio de venta de órganos. Resulta estremecedor viajar por no pocos países del tercer mundo en los que uno se entera de la cantidad de niños y niñas que desaparecen y no se sabe más de ellos. Los prostíbulos más sórdidos y quizá algunas clínicas distinguidas saben de esto lo que no nos atrevemos a pensar.

Como es lógico, si las leyes (de menores y mayores) están redactadas de forma que, de hecho, sucede lo que estamos viendo y comentando, sin duda alguna es que esas leyes permiten lo que en ningún caso tendrían que permitir o no prohíben lo que es urgente prohibir. Por supuesto, los problemas que acabo de apuntar no se resuelven sólo con leyes, por muy perfectas que sean. Detrás de esta patética situación se ocultan intereses económicos, políticos y quizá entresijos más oscuros e inconfesables que nadie conoce a ciencia cierta. En todo caso, es evidente que la corrupción ética y la descomposición social, que se pone de manifiesto en lo que estamos viviendo, es en realidad una situación tal de violencia, que o acabamos nosotros con ella o ella acaba con nosotros.

¿Qué hacer en estas condiciones? Me parece que no sirve para nada hurgar, una y otra vez, en los sentimientos de culpa. Lo que importa no es verse “culpable”, sino sentirse “responsable”. Es bueno que los padres y educadores pidan al Gobierno que reforme la ley del menor. Pero no olvidemos que eso puede ser una coartada para intentar liberarse de la “culpa” sin asumir la debida “responsabilidad”. Lo más urgente, en este momento, es que nos convenzamos de que todos podemos (y tenemos que) cambiar las cosas de manera que los poderes públicos atajen este proceso de descomposición social en el que nos vamos hundiendo. Utilizando el lenguaje de los antiguos, yo diría que lo que hace más daño es el “pecado de omisión”. El pecado del que dice: “yo no puedo evitar ni que los niños estén como están, ni que se mate o se abuse de tantas criaturas inocentes”. Sí podemos. Podemos más de lo que imaginamos. Si estamos derrotando al terrorismo, es porque todos nos hemos persuadido de que eso es posible. ¿Por qué no se ha creado una conciencia colectiva paralela en cuanto se refiere a la violencia de los niños o a la degradación de los adultos? Sin duda, porque hemos visto más peligro en la violencia del terrorismo que en la violencia de la corrupción. Y sin embargo, ya es hora de comprender que la mayor violencia, que padecemos en este momento, es la violencia de los corruptos. Hay que decirlo sin miedo. El terrorismo ha mutado. El terrorismo más letal de este momento es el que opera en los mercados financieros o en elegantes despachos de gente influyente. Esos son los que han precipitado la crisis económica que estamos padeciendo. Los que han dejado a millones de criaturas sin pan y sin trabajo. Son los que han hecho posible tanto desastre porque se han visto amparados por la violencia de los que, ante tanta corrupción, se cruzan de brazos diciendo: “Esto no va conmigo”.

José M. Castillo

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domingo, 19 de julio de 2009

El defensor del creyente

José M. Castillo

Como es sabido, desde 1981, en aplicación del artículo 54 de la Constitución española, existe en nuestro país el cargo de “defensor del pueblo”, designado por las Cortes, para la defensa de los derechos fundamentales de los ciudadanos. Al igual que el defensor del pueblo, tenemos el defensor del paciente, del consumir, del asegurado, del cliente.... Se comprende, además, que estos cargos son, no sólo importantes, sino sobre todo necesarios. Porque las leyes, por muy bien hechas que estén, no pueden prever todos los casos en los que una persona se puede ver vulnerada en sus derechos. La complejidad de la vida y de las situaciones es imprevisible.

Así las cosas, se comprende que un enorme colectivo de ciudadanos, que se pueden ver vulnerados en sus derechos fundamentales, y desprotegidos en la defensa de tales derechos, somos los creyentes, sea cual sea la confesión religiosa a la que cada cual pertenezca. Y aquí me parece importante destacar cuatro hechos: 1) Las creencias religiosas tienen, para muchas personas, una importancia decisiva. 2) Las creencias religiosas pueden entrar en conflicto con derechos y obligaciones civiles fundamentales en la vida de los ciudadanos. 3) En los asuntos que conciernen a los propios dogmas o creencias, las religiones se sienten más inclinadas a imponer obligaciones que a reconocer derechos. 4) Cuando se presentan situaciones de conflicto entre las obligaciones religiosas y los derechos cívicos, los dirigentes religiosos suelen anteponer las obligaciones “divinas”, a los derechos “humanos”.

Todos sabemos la interminable casuística y las constantes situaciones conflictivas que se plantean en este complejo orden de cosas. Teniendo en cuenta que, con relativa frecuencia, los problemas más serios, a los que se ven confrontados los creyentes, no provienen de sus relaciones con el Estado, sino sobre todo con la propia religión. Es evidente que, cuando se trata de estos problemas, estrictamente religiosos, el recurso a un tribunal civil, al menos en principio, no tiene sentido, ya que las creencias religiosas, por su misma naturaleza, son convicciones libres, de las que cualquier funcionario de un juzgado no tiene por qué saber ni por qué preocuparse. Pero esto, que en teoría es lógico y razonable, en la práctica diaria de la vida y tal como funciona la psicología de muchas personas, puede plantear (y de hecho plantea) situaciones humanas que pueden llegar a ser extremadamente graves. Sobre todo, si tenemos en cuenta que las creencias religiosas tocan en lo más íntimo de la persona. Y además tocan en esa intimidad manejando (a veces, con suprema habilidad) los sentimientos de culpa, mediante los que el sujeto puede verse a sí mismo como una buena persona o, por el contrario, como un traidor o un canalla.

Mucha gente no se imagina la extrema complejidad y hasta la gravedad que este tipo de problemas plantean a muchos ciudadanos, por lo demás, personas de indudable buena voluntad. Por poner algunos ejemplos: piénsese en los profesores de religión que se ven obligados a enseñar cosas de las que no están convencidos o que incluso rechazan. O en los matrimonios, ya cargados de hijos, en los que uno de los cónyuges decide obedecer a su confesor antes que a ninguna autoridad civil, tanto en las relaciones con el otro cónyuge como en todo cuanto se refiere a la educación de los hijos. O en las mujeres que se ven obligadas a compartir la vida con hombres que las maltratan (incluso físicamente) y de los que, por deberes religiosos, no pueden separarse. O en las personas que se ven obligadas en conciencia a no admitir una transfusión de sangre, a vestirse de una manera determinada, a rechazar determinados alimentos y así sucesivamente. Como también se puede pensar en los divorciados o los homosexuales a los que hay sacerdotes que les niegan los sacramentos. La lista de situaciones extrañas, extravagantes o de consecuencias imprevisibles es interminable. En todo caso, si los creyentes se sienten, a veces, agredidos por personas o instituciones laicas, sean las que sean, el Estado debe proteger a tales ciudadanos. Y si los creyentes advierten que son los dirigentes de la propia religión quienes actúan de forma que recortan o limitan los derechos fundamentales de los propios creyentes, debe existir una instancia laica que proteja a tales personas, dado que, con bastante frecuencia, la institución religiosa impone deberes, pero no ofrece la debida protección de los derechos.

Por lo demás, que nadie salga diciendo que todo esto tiene una solución muy sencilla: prescindir de las creencias religiosas, de los curas, los obispos, los pastores, los imanes, los ayatolás, los rabinos, los bonzos, los chamanes y, en general, de todos los que, en nombre de una presunta deidad y esgrimiendo leyes divinas o derechos religiosos, le meten a la gente en la cabeza que, si es que tomamos en serio “lo divino”, todo “lo humano” pasa a segundo término. No. La cosa no es tan sencilla. Porque es un hecho que las creencias religiosas tienen un arraigo personal y social tan fuerte, que tales creencias, sus tradiciones y sus prácticas llegan a formar parte constitutiva de la identidad misma de la persona. Si prescindir de los sentimientos de culpa y de las creencias religiosas fuera tan sencillo, serían bastantes los psiquiatras y psicoterapeutas que tendrían que apuntarse al paro.

Por supuesto, no sería fácil encontrar la persona adecuada para ejercer el cargo de “defensor del creyente”. En cualquier caso, tendría que ser una persona entendida en cuanto se refiere a los derechos fundamentales de los ciudadanos. Y una persona también con una sólida formación en ciencias de las religiones.

José M. Castillo

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viernes, 12 de junio de 2009

Ética y votos

José M. Castillo

Una de las cosas que han quedado más claras, después de las últimas elecciones al parlamento europeo, es que los posibles escándalos de corrupción de PP en Madrid no le han impedido ganar los votos que necesitaba para derrotar al PSOE. Y de la misma manera, los supuestos escándalos de corrupción del PSOE en Andalucía tampoco han sido obstáculo para que gane holgadamente.

Por supuesto, no soy tan estúpido como para dictar sentencia en los casos de corrupción en los que se han visto imputados los miembros del PP o del PSOE. En todo caso, y sea lo que sea del veredicto final de la justicia, el hecho es que una notable mayoría de ciudadanos españoles, a la hora de votar, no parece que tenga en cuenta la presunción de honradez o desvergüenza de los políticos a quienes vota.

A la vista de estos hechos (por no hablar, sin ir más lejos, del comportamiento de los italianos con Berlusconi), resulta inevitable hacerse una pregunta: ¿qué criterios éticos son los verdaderamente determinantes de nuestra conducta?

Cada día está más claro que la seguridad económica nos motiva más que la honradez ética. Es más, seguramente se puede afirmar que el dinero (y todo lo que aporta el dinero: bienestar, consumo, seguridad...) importa más que la honradez.

Por eso se comprende que, después de lo que ha caído con la crisis, si somos sinceros, tenemos que reconocer que la aspiración de millones de ciudadanos es salir cuanto antes de esta situación. ¿Para qué? Muy sencillo: al menos, para volver a donde estábamos antes y, si es posible, para salir mejor y más fortalecidos.

O sea, si es cierto (y parece que lo es) que ha sido el capitalismo descontrolado el que nos he metido en este lío espantoso, resulta que lo que más anhelamos ahora mismo es recuperar lo que teníamos, es decir, volver al capitalismo de antes. Eso sí, organizándolo de forma que funcione mejor.

Con tal que podamos disfrutar de todo lo que nos ha aportado la economía de mercado y el capital financiero, no pensamos, ni por un momento, que ha sido precisamente ese sistema económico el que nos ha acarreado sufrir las consecuencias de la conducta desvergonzada de los que han sabido y han podido manejar los hilos del sistema. Pero no importa. Para mucha gente, es tan maravilloso el sistema, que, si es preciso, nos rendimos a los pies de los más corruptos, con tal de que nos devuelvan el bienestar seguro y desbocado en el que hemos vivido desde que nos hicimos ricos.

Y es obligado recordar, una vez más, que el sistema que tanto nos gusta y que tanto anhelamos, es el sistema que premia a un número cada vez más reducido de ciudadanos del mundo. A sabiendas que el número de los satisfechos es cada día menor, precisamente porque el número de los hambrientos y excluidos de las ventajas del sistema es cada día mayor. Para que los países ricos vivan cada día mejor, eso se consigue a costa de los que demás vivan cada día peor.

Sin necesidad de recordar, una vez más las estadísticas de la opulencia y el hambre, que todos conocemos, con lo dicho basta para volver, con temor y temblor, a la pregunta de antes: ¿qué convicciones éticas nos han metido en la cabeza y en el corazón de nuestras conductas?

A la hora de pontificar sobre el bien y el mal, la justicia y la injusticia, todos somos más honrados que la honradez misma. Pero cuando hablamos así, ni nos damos cuenta de que el sistema capitalista, por su misma naturaleza, nos ha configurado interiormente de forma que ha disociado nuestros pensamientos de nuestras conductas.

Queremos un mundo justo, pero luego resulta que para conseguir lo que decimos que queremos, ponemos al frente de esa tarea a individuos de los que no tenemos seguridad alguna sobre su sinceridad, su honestidad y su vergüenza.

¿A dónde vamos por este camino? ¿Qué mundo les vamos a dejar a nuestros jóvenes, a nuestros niños, a las generaciones futuras? Seguro, un mundo con muchas técnicas y miles de artilugios. Lo que no sabemos es si podrá ser un mundo más humano, más habitable y más honesto.

Será, sin duda, el mundo de los predicadores de la justicia y la verdad. Pero seguramente será también el mundo de la mentira, el mundo en el que nadie podrá fiarse de nadie, el mundo del odio y del desprecio.

No me resisto aquí a recordar el pensamiento acerado de Nietzsce, en su “Genealogía de la moral” (III, 13):

“¡Y cuánta mendacidad para no reconocer que ese odio es odio! ¡Qué derroche de grandes palabras y actitudes afectadas, qué arte de la difamación justificada! Esas gentes mal constituidas: ¡qué noble elocuencia brota de sus labios! ¡Cuánta azucarada, viscosa, humilde entrega flota en sus ojos! ¿Qué quieren propiamente? ‘Representar’ al menos la justicia, el amor, la sabiduría, la superioridad, tal es la ambición de esos ‘ínfimos’, de esos enfermos”.

La conclusión no es despreciar (más todavía) a los políticos. No estoy hablando de ellos. Estoy hablando de todos. De los que hemos votado. Y también de los que no han querido votar.

De pico y lengua, estamos todos bien abastecidos. Lo que no sé es si la coherencia ética se corresponde con nuestras palabras. Ahí está, creo yo, el problema del momento.


José M. Castillo

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martes, 2 de junio de 2009

Cañizares: la inversión de los Derechos Humanos

José M. Castillo

Como es sabido, el cardenal Antonio Cañizares ha hecho recientemente unas declaraciones a la televisión autonómica catalana (TV3) en las que, reconociendo que “son totalmente condenables” los abusos sexuales de niños que se han cometido en colegios católicos de Irlanda (y de otros países también en España), ha afirmado que “no es comparable lo que haya podido pasar en unos cuantos colegios, con los millones de vidas destruidas por el aborto”. Como es lógico, esta afirmación ha dado pie a que mucha gente piense que el cardenal ve peor abortar que abusar de niños.

No voy a entrar en la polémica que las declaraciones de Cañizares han suscitado. Sólo quiero fijarme en una de las razones que ha aducido el cardenal para justificar lo que ha dicho. Su punto de vista es que un Gobierno que permite el aborto (por más que sólo sea en determinados casos) indica con eso “el desconocimiento de la dignidad de la persona y el desconocimiento de los derechos humanos”. A mí me parece que los dirigentes de la Iglesia deberían ser muy cautos cuando hablan de derechos humanos. Porque precisamente el Estado de la Ciudad del Vaticano, como Estado asociado a Naciones Unidas que es, a estas alturas no ha firmado los Tratados Internacionales sobre derechos humanos, aprobados en la Asamblea General de la ONU el 16 de diciembre de 1966. Con lo que el Vaticano está afirmando que, en definitiva, no acepta la Declaración Universal sobre derechos humanos aprobada el 10 de diciembre de 1948. Y es que, en última instancia, la Iglesia católica sigue manteniendo y enseñando una teología que es incompatible con los derechos humanos. Con un ejemplo basta: según las enseñanzas de la Iglesia, las mujeres no tienen, ni pueden tener, los mismos derechos que los hombres. Con lo que, de entrada, se hace imposible aceptar el artículo primero de la Declaración. Por otra parte, es conveniente saber que la Iglesia católica está organizada jurídicamente según el modelo de las antiguas monarquías absolutas en las que todo el poder estaba concentrado en un solo hombre, el soberano, que, en el caso de la Iglesia, es el papa. Para quienes puedan manejar el Código de Derecho Canónico, remito a los cánones 331, 333, 1404, 1372 y 1442. A la vista de lo que se dice en esa legislación, en la Iglesia católica nadie tiene derecho a nada. Porque, si es que hablamos de “derecho” en sentido propio, una persona tiene un derecho sólo cuando, si se ve privada de ese derecho, puede hacer una demanda, es decir poner una denuncia, con garantías de conseguir aquello de lo que esa persona se ve privada. Pero en la Iglesia no se puede hacer eso.

Así las cosas, lo peor que pueden hacer los clérigos es echar mano de los derechos humanos cuando les conviene para justificar planteamientos que, si el asunto se piensa en serio, enseguida se da uno cuenta de que, en realidad, lo que hacen con frecuencia los apologistas eclesiásticos de los derechos humanos es incurrir en una auténtica “inversión” de los mismos. Es decir, se invocan los derechos humanos para justificar la privación de tales derechos. O, al menos, para dar a entender que es más contrario a esos derechos el aborto que el abuso sexual de niños. Decir semejante cosa es, por lo menos, un despropósito que no tiene pies ni cabeza. Primero, porque los documentos de Naciones Unidas sobre derechos humanos nunca hablan de los derechos del embrión o del feto, sino de los derechos del niño, es decir, del nacido. Segundo, porque un cardenal, que se pone a hablar de derechos humanos, se expone a que le digan (con fundamento) que arregle primero los asuntos de su propia casa (la Iglesia) y entonces podrá empezar a pensar si es pertinente que se meta a organizar los asuntos que corresponden a la casa del vecino (el Estado). Tercero, porque un dirigentes religioso, como cualquier otro ciudadano, puede expresar sus opiniones sobre asuntos que conciernen a todos los ciudadanos, pero lo que no puede hacer es dar a entender o insinuar que los “pecados” son “delitos”. Pero resulta que abundan los clérigos que, cuando se refieren al aborto, hablan de “crimen”, “asesinato”, “homicidio”..., es decir, usan términos que son más propios del Derecho que de la Religión. Cuarto, si hablamos de la Iglesia y los derechos humanos, lo más escandaloso no es lo que algunos clérigos dicen sobre este asunto, sino lo que no dicen. Los silencios de la Iglesia sobre las violaciones de los derechos humanos son uno de los asuntos más turbios que hemos vivido en los últimos tiempos. Baste pensar en los silencios de los papas ante las atrocidades que han cometido tantos dictadores con los que el Vaticano ha mantenido excelentes relaciones. Quinto, el momento que ha elegido Cañizares para hacer estas declaraciones, en las que ataca duramente al Gobierno del PSOE, da motivo para sospechar que, detrás del tema del aborto, hay un interés electoralista. Es curioso que, en vísperas de elecciones, suele salir algún alto mandatario de la Iglesia diciendo cosas que favorecen claramente a la derecha política.

Es un hecho que, desde hace algunos años, es frecuente que las intervenciones públicas del papa y de no pocos obispos dan que hablar y hasta generan polémicas que enfrentan a los ciudadanos. No sabemos si estas polémicas y enfrentamientos ayudan a los ciudadanos a ser mejores ciudadanos y, en el caso de los creyentes, a ser mejores creyentes. Lo que sí sabemos con seguridad es que, con este tipo de comportamientos, los “hombres de Iglesia” están consiguiendo tres cosas: 1) Que se hable bastante del papa y de los obispos. 2) Que la población (y la Iglesia) esté cada día más dividida y hasta enfrentada. 3) Que una enorme franja del tejido social se sienta cada día más alejada de la Iglesia, de la Religión y de Dios. No sé si con todo esto, los obispos consiguen que haya menos abortos y más respeto a los niños. No sé si por este camino vamos a llegar a la anhelada meta de un mundo más habitable y más humano. Lo que sí sé es que la Iglesia está cada día más desprestigiada y va aumentando el número de personas que no quieren saber nada ni de la Religión ni de Dios. Lo que hace pensar que a los obispos les está saliendo el tiro por la culata.

José M. Castillo

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jueves, 23 de abril de 2009

El papa y el papado

José M. Castillo

No cabe duda de que el ejercicio del papado es extremadamente difícil. Benedicto XVI dice que se siente solo. Y años atrás, Pablo VI y Juan Pablo II habían pedido ayuda a obispos y teólogos para buscar nuevas formas de ejercer el “ministerio de Pedro”, es decir, el papado. Y es que el problema de fondo no está motivado principalmente por la persona del papa (si es conservador o progresista, de tal o cual tendencia...), sino por el cargo en cuanto tal, es decir, el modo y forma en que el papado ha terminado por organizarse.

Es evidente que una institución de ámbito mundial, como es la Iglesia católica, necesita una autoridad supranacional que pueda coordinar las actividades que trascienden las fronteras y resolver los problemas que no se pueden solucionar localmente. Pero tan cierto como eso, es que una autoridad así, se puede organizar de formas muy distintas. Puede ser una autoridad democrática o, más bien, monárquica. La forma más antigua en la Iglesia fue la democracia. La misma palabra “Ecclesía” se tomó del lenguaje técnico de la democracia griega y significaba la “asamblea” de los ciudadanos libres, reunidos para tomar sus decisiones. Así funcionó la Iglesia durante más de mil años, hasta el s. XI. Los grandes defensores de la democracia en la Iglesia, en aquellos siglos, fueron precisamente los papas. Es ejemplar el texto de san León Magno (s. V): “El que debe ser puesto a la cabeza de todos, debe ser elegido por todos” (Epist. 14, 4). Por otra parte, en aquellos siglos, el obispo de Roma no tenía el papel que tiene ahora. Desde Justiniano (s, VI), la Iglesia quedó gobernada por cinco patriarcados: Roma, Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén (“Novella” 109). Roma aspiró siempre a la presidencia, basada en la tradición según la cual san Pedro estaba allí enterrado. Pero es notable que san Gregorio Magno se resistió siempre a ser designado como “papa universal”. Además, el gobierno no estaba concentrado en ningún patriarca, ni siquiera en el de Occidente (Roma), sino que era compartido por todos los obispos que, en los sínodos locales, tomaban las decisiones doctrinales y de gobierno. Se sabe también que el texto de Mt 16, 18-19, que ahora se aplica al primado de Pedro, en toda la Edad Media se aplicaba a los doce Apóstoles y se leía como evangelio en la misa de ordenación de obispos. Se tenía la conciencia de que los Apóstoles había recibido el mismo “honor” y la misma “potestad” que Pedro (Y. Congar).

A partir de 1073, Gregorio VII tomó la decisión más grave en la historia del papado. Este papa decidió concentrar todo el poder en el obispo de Roma. Una decisión que se reforzó en los siglos siguientes, sobre todo a partir de Inocencio III (1196-1216) cuyos teólogos inventaron la teoría de la “plenitudo potestatis”, en la práctica, el papa como dueño absoluto del mundo, una locura, que no se pudo equilibrar ni siquiera a partir del Gran Cisma, cuando desde 1409 la Iglesia se encontró con tres papas, ninguno de ellos dispuesto a renunciar. El concilio de Constanza (1415) dijo que el concilio estaba sobre el papa, lo que equivalía a defender que el episcopado está sobre el papado. Esta decisión fue ratificada por el concilio de Basilea (1431). Pero duró poco, ya que el concilio de Florencia (1439) definió que “la Sede Apostólica y el Pontífice romano poseen el primado en el universo entero”. Así quedaron las cosas hasta el Vaticano II, que en la Constitución sobre la Iglesia (nº 22) declaró que el papa es el sujeto de suprema y plena potestad en la Iglesia, pero añadiendo inmediatamente que también tiene esa potestad, junto con el papa, el episcopado mundial. Quedó, sin embargo, sin resolver cómo se han de armonizar en la práctica estos dos poderes. El actual Código de D.C. resolvió este enorme problema teológico por vía jurídica, afirmando el poder supremo del papa sobre todos los obispos y sobre toda la Iglesia (Can. 331 y 333). Con lo que la Iglesia entera a quedado a merced de las decisiones de un solo hombre. Cosa que no se puede demostrar ni desde el Nuevo Testamento, ni desde la tradición de la Iglesia en sus veinte siglos de historia.

Esta situación tiene, sobre todo, tres consecuencias graves: 1) Mientras el papado siga como está, es imposible la unión de todos los cristianos. Porque las otras confesiones cristianas saben bien la historia que yo he condensado en pocas palabras. Y esos cristianos no se sienten, ni se pueden sentir, motivados en conciencia a someterse a un poder que no se justifica desde la fe cristiana. 2) El papado así organizado, como monarquía absoluta, hace imposible también que la Iglesia haga suyos e integre en su vida (y en sus relaciones internacionales) los Derechos Humanos. Con lo que los problemas y los conflictos con los poderes públicos y con la cultura actual son y serán incesantes, como lo estamos viviendo a diario y por todas partes. El papado continuará exhortando a los demás a aplicar los Derechos Humanos, pero la Iglesia seguirá sin ponerlos en práctica. Lo que lleva consigo agresiones violentísimas a las personas, a los grupos humanos y a las instituciones públicas. 3) Así las cosas, la Iglesia vive y vivirá en constante contradicción con el Evangelio. Jesús no consintió jamás que ninguno de los apóstoles pretendiera ser el primero, el más importante, el que estaba sobre los demás. Este dato, tan fundamental y tan insistentemente repetido en los evangelios, no ha sido integrado por la teología del papado. Y eso es tanto o mas serio que aquello de “Tú eres Pedro....”. No se puede tomar del Evangelio lo que conviene y dejar lo que incomoda.

Estoy de acuerdo en que Benedicto XVI ha tomado un camino equivocado. Porque es un camino de retroceso, no de progreso. Pero el problema no está en el papa, sino en el papado.

José M. Castillo

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lunes, 6 de abril de 2009

La Cofradía del Cristo Antisistema

José M. Castillo

Los líderes del sistema están haciendo esfuerzos titánicos por sacarnos de la crisis en la que el mismo sistema nos ha metido. Para ello, por lo visto, lo que quieren es mejorar el sistema, a ver si puede funcionar de forma que la codicia de los gestores del propio sistema esté mejor controlada. Tarea en la que, según parece, no acaban de ponerse de acuerdo. Obama, por un lado, Sarkozy y la Merkel, por otro, en definitiva son portavoces de potencias que concentran bastante codicia. Y es claro, no debe ser fácil que los representantes de las grandes potencias codiciosas, por más “gente de orden” que sean, puedan ponerle remedio a la codicia. Se pueden discutir los medios que unos y otros quieren poner para resolver la crisis. Lo que nadie puede discutir es la buena voluntad que a todos se les presupone. Pero ocurre que el problema no está en la buena o mala voluntad que cada cual pueda poner para salir de la crisis del sistema. El problema está en el sistema mismo. Pero ahí es donde no se quiere tocar.

La reunión del G 20 ha coincidido con las vísperas de la Semana Santa. Y mucha gente, en estos días, reaviva los rescoldos de sus creencias religiosas. El hecho es que las numerosas cofradías, con el respeto y el fervor que el asunto se merece, preparan sus estaciones de penitencia con el esplendor y la devoción que inspira el recuerdo de la pasión y muerte del Señor. Yo siento un profundo respeto por tales manifestaciones de religiosidad. Como lo siento cuando veo a los musulmanes rezar en sus mezquitas o en la vía pública o a cualquier persona religiosa expresando públicamente sus creencias.

Con todo, volviendo a la Semana Santa de los cristianos, el problema que yo veo es que, si la muerte de Cristo se recordara públicamente como en realidad ocurrió, la Semana Santa tendría que celebrarse de otra manera. No sé si estoy pidiendo un imposible. Pero, ¿por qué no intentarlo? Jesús no fue paseado por las calles de Jerusalén bajo un palio de oro y brocados, con flores y luces, con el orden de un desfile solemne, al son de trompetas y bandas de música. Yo sé que, al decir estas cosas, resulta fácil manejar el latiguillo de la demagogia. Pero, si he comenzado recordando la crisis y la reunión de los líderes del G 20, es porque me parece que, lo mismo en el caso de las reuniones de los líderes políticos, que en los pasos de nuestras hermosas cofradías, sin darnos cuenta, nos quedamos siempre en la superficie de problemas mucho más graves que nunca nos atrevemos a afrontar. Todos hemos visto que en Londres, cuando los “hombres de orden”, estaban discutiendo cómo salvarnos de la crisis, por las calles, los antisistema, “gentes de desorden”, causaban violencias y destrozos, movidos por la rabia de quienes (muchos de ellos, al menos) gritaban y se exponían a la represión de las “fuerzas del orden”, clamando por un sistema distinto, en el que haya menos ostentación y más verdad.

Por eso estoy aquí apelando a recordar la pasión y la muerte de Jesús de manera distinta a como la recordamos. Se trataría de recordar aquello como realmente ocurrió. Y es que, en realidad, lo que allí pasó es que a Jesús lo condenaron los “hombres de orden” y lo apalearon las “fuerzas del orden” hasta acabar con él. No se trata, por supuesto, de equiparar a Obama con Poncio Pilatos. El problema está en que, a fin de cuentas, la religión es también parte y componente del sistema (¿por qué Zapatero tolera las agresiones clericales que le hacen?). Por eso, porque la religión ha sido siempre parte del sistema, en la pasión y muerte de Jesús, “hombres de orden” fueron lo mismo los hombres de la política que los de la religión. Porque también entonces, Jesús fue “hombre de desorden”, un antisistema, seguramente bastante más peligroso para el sistema que los ácratas, los antiviolencia, los verdes y todos los antisistema que ahora se echan a la calle cuando el G 8 o el G 20 se reúnen para ver cómo organizan el mundo para seguir ellos arriba y los demás abajo, sobre todo los que están más abajo, los “nadies”, los que ya no pueden ni ir a protestar a Londres porque sólo les queda la resignación.

La clave de la Semana Santa está en comprender que una cosa es lo que pasó en Jerusalén el día que mataron a Jesús. Y otra cosa son las interpretaciones religiosas que se le han dado a lo que allí ocurrió. La ejecución de un hombre peligroso (como lo fue Jesús) no era, ni podía ser, un acto religioso. La carta a los Hebreos dice que Jesús “padeció fuera de la puerta” (Heb 13, 12). Era la puerta de la ciudad santa, Jerusalén. Murió fuera del Templo, fuera del lugar sagrado. Jesús vivió como un laico y murió en la laicidad, perseguido y despreciado por la religión, maldecido por la religión, porque era un “maldito de Dios todo el que colgaba de un madero” (Deut 21, 23; Gal 3, 13). La enorme dificultad que nosotros tenemos ahora para caer en la cuenta de lo que representa la Semana Santa es que de nuevo hemos metido a Jesús dentro de la puerta, lo hemos puesto en el lugar santo, lo hemos colocado sobre el altar. Y así, la cruz es objeto de piedad y devoción, es respeto, santidad y orden, sobre todo orden. De forma que ante una cruz juran su cargo hombres que con su poder (político, militar, religioso...) no dudan en causar enormes sufrimientos o se hacen cómplices de ellos. Es el escándalo en toda regla. Sobre todo, cuando al Crucificado lo representan hombres revestidos de oro y púrpura, desde tronos o poltronas de mando. Y en nombre del orden que exige el sistema organizan las cosas de forma que hay miles de niños que cada día se mueren de hambre y enfermos que pierden toda esperanza de seguir con vida. Por eso he dicho - y seguiré diciendo - que necesitamos, ahora más que nunca, la Cofradía del Cristo antisistema. Que no es inventar nada, sino sencillamente recuperar la “memoria subversiva” que es, como decían los antiguos, “el signo distintivo de la libertad”.


José M. Castillo

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martes, 17 de febrero de 2009

El derecho nace viejo

José M. Castillo

La protesta de los jueces y la huelga con que nos han amenazado a todos los ciudadanos me hace recordar lo que solía decir un antiguo profesor de la universidad de Bolonia, “el derecho nace viejo”. Lo cual resulta perfectamente comprensible. Porque las leyes se dictan y se aprueban normalmente como respuesta a una necesidad social que exige la regulación de los derechos de los ciudadanos. Lo cual nos viene a decir que el establecimiento de los derechos de las personas y de los grupos humanos es siempre respuesta a situaciones y necesidades que la convivencia social va presentando. De donde resulta inevitablemente que el derecho, en cuanto respuesta a situaciones y necesidades nuevas, no tiene más remedio que nacer siempre viejo. Y, en lo que se refiere a determinados problemas, sabemos de sobra que el derecho nace, con frecuencia, demasiado viejo.

Sin ir más lejos, el hecho de que los jueces se hayan puesto a discutir si uno de los poderes del Estado (el poder judicial) tiene o no tiene derecho para hacer una huelga, es el indicador más claro de que, efectivamente, el derecho nace viejo. Llegará el día, y ojalá sea pronto, en que se revisen los derechos de los profesionales del derecho. Para que, de una vez, quede claro si tienen derecho a emprender acciones que dañan los derechos de los ciudadanos. El día que el poder judicial se ponga en huelga, por más que los servicios mínimos garanticen la protección de determinados derechos básicos, en el conjunto de nuestros derechos (que son muchos) todos nos veremos desamparados.

Pero con decir esto no estamos nada más que empezando a afrontar un problema que es mucho más grave de lo que seguramente imaginamos. Porque los cambios sociales, políticos, económicos y culturales son casi siempre más rápidos que la respuesta de los poderes públicos para fijar los derechos que puedan proteger a los ciudadanos. Es lo que ocurre ahora, por ejemplo, con el espinoso asunto de la violencia de género. Está claro que, en este caso concreto, la sociedad ha padecido, durante demasiado tiempo, de un vacío legal que nos ha llevado, entre otros motivos causantes de lo que está pasando, al estado de cosas del que ahora nos quejamos. Las mujeres se han visto privadas, durante muchos siglos, de derechos que ahora están conquistando penosamente. Pero ocurre que los derechos de las mujeres, como ocurre con otros grupos humanos (por ejemplo, los homosexuales), están naciendo demasiado viejos. Y ya se sabe que “lo viejo” le estorba a mucha gente. Entre otras razones, porque, como bien se ha dicho, un sistema moral basado más en la imposición de deberes que en la defensa de derechos se convierte en un sistema “moralmente empobrecido” (J. Feinberg), ya que en él las personas no pueden sostener las demandas que un sistema de derechos hace posible. Por eso las personas desarrollan un carácter más servil entre los grupos humanos que no tienen los mismos derechos que en otros grupos que gozan de derechos y son conscientes de ello. Los que carecen de determinados derechos dependen de la buena voluntad de los demás, pero no pueden denunciar a quienes los pisotean. Eso les pasaba antiguamente a los esclavos. Y eso les pasa ahora a demasiadas personas, baste pensar en los inmigrantes y otros colectivos similares.

Por no hablar del problema jurídico más grave que ahora nos azota a todos. Me refiero a la crisis económica mundial. Todos somos conscientes de lo importante que es el que la economía funcione bien. Pero me parece que no todo el mundo se ha dado cuenta de la importancia que tiene el derecho en este asunto, como ocurre en todos los asuntos importantes de la vida. Y es que, por más que, desde los romanos, lo que más ha interesado al derecho occidental han sido las reglas que gobiernan la propiedad individual y las acciones derivadas de ésta (P. G. Stein), el hecho es que los graves problemas que hoy padece la economía son tan graves porque están demasiado desprotegidos de los necesarios derechos. Y es lógico. La economía se ha globalizado, pero carecemos de un derecho global. Ni existe un poder jurídico global que garantice el cumplimiento de los derechos más determinantes en este orden de cosas. Por eso hoy es perfectamente posible, como ya he dicho otras veces, que un individuo, desde el ratón de su ordenador, pueda desestabilizar la economía de un país entero. Y lo puede hacer de tal manera que no existe ley que proteja a los que sufren las consecuencias. Ni hay juez que tenga poder para pedirle cuentas al canalla que hace eso. De ahí que en este momento es demasiada la gente que se ve en situaciones desesperadas y no tiene a donde acudir para poner una denuncia. Y es que en realidad no se nos ha privado de ningún derecho. Porque no existe un derecho adecuado para proteger el sistema económico que ha hecho posible nuestro bienestar. Es más, se saben los nombres de los mayores responsables del desequilibrio económico mundial en que vivimos. Pero ahí están, en la calle y en sus mansiones, disfrutando del dinero que, por complicadísimos procedimientos, nos han arrebatado. Y sin embargo, jurídicamente, no se les puede considerar delincuentes. Porque el derecho que nos puede proteger, en este asunto de tan enormes consecuencias, todavía no ha nacido. Y el día que nazca, será tan viejo que, a lo mejor (o a lo peor) ya no servirá para nada.


José M. Castillo

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miércoles, 28 de enero de 2009

El asesinato de los jesuitas en El Salvador


La Audiencia Nacional investigará la muerte de seis jesuitas y dos mujeres, todos ellos asesinados en el campus de la Universidad Centroamericana (UCA) de El Salvador. El hecho ocurrió en la madrugada del 16 de noviembre de 1989. De los seis jesuitas asesinados, cinco eran españoles, entre ellos el rector de la Universidad, Ignacio Ellacuría. Un año antes, en 1988, al profesor Juan A. Estrada y a mí nos prohibieron seguir enseñando en la Facultad de Teología de Granada. La prohibición vino de Roma y se nos comunicó de palabra, sin que mediara proceso ni documento alguno. Es más, sin que se nos haya dicho por qué se tomó aquella decisión. El hecho es que, cuando la UCA se vio privada de cinco de sus profesores, pidió ayuda a los jesuitas de España. Yo ofrecí mi colaboración, que fue aceptada. La UCA no depende de la Santa Sede, ni por tanto está sometida al control directo del Vaticano. Durante 16 años he compartido mi tiempo entre Granada y San Salvador. Lo que me ha proporcionado conocer y vivir de cerca por qué mataron a los jesuitas, quiénes fueron los ejecutores y responsables de aquella masacre y las consecuencias que se han seguido después.

Cuando en 1992 se firmaron los acuerdos de paz, promovidos y controlados por la ONU, se acordó que una “Comisión de la Verdad” investigara y depurara responsabilidades de los doce años de guerra civil que había sufrido El Salvador. Esta investigación dejó en claro que la decisión de asesinar a los jesuitas se tomó el 15 de noviembre de 1989, en el Estado Mayor, con la autorización del coronel Ponce, ministro de defensa, La ejecución fue encargada al comandante Benavides, bajo la organización del mayor Camilo Hernández, y ejecutada por una unidad del batallón Atlacatl. Como es lógico, una decisión de esta envergadura se debió tomar con conocimiento del presidente Cristiani y con la anuencia de la embajada de Estados Unidos. Yo tuve en mis manos un informe de más de cien folios sobre la masacre, que la embajada americana entregó al superior provincial de los jesuitas en Centroamérica, José María Tojeira. Si no lo hubiera visto, nunca lo habría creído. En aquel montón enorme de papeles, había páginas enteras tachadas, señal evidente de que la embajada tenía mucho que ocultar en el asunto. Los documentos desclasificados después, por influencia del congresista Joe Moakley, reconocen que los funcionarios y la CIA debían haber estado “sordos, mudos y ciegos” para no haber resuelto el caso de los jesuitas, “y esto dicho con cierta benevolencia” (J. Morley, en “The Washington Post”, 18.VII.1993). Ya en octubre de 1983, un “Documento informativo sobre el terrorismo de derecha en El Salvador”, preparado por la CIA y funcionarios del Departamento de Estado, afirmaba que el coronel Ponce “apoya las actividades de los escuadrones de la muerte de ARENA y él mismo era miembro del escuadrón paramilitar de la Policía Nacional”, según informa el documentado estudio de T. Whitfield (“Pagando el precio”, p. 680-681). El partido ARENA, fundado por R. D’Aubuisson, que organizó el asesinato de Mons. Romero, sigue todavía gobernando en El Salvador.

¿Por qué mataron a los jesuitas de la UCA? El Salvador es más pequeño que la provincia de Badajoz. En un espacio tan limitado, viven más de cinco millones de personas. Y un millón más que hay de inmigrantes en Estados Unidos. En la década de los 80, cuando la guerra civil, el país entero era propiedad de 14 familias (sic), que se habían adueñado de las tierras mediante atropellos a los derechos más básicos de los campesinos y trabajadores. Inevitablemente se organizó la resistencia. Y se produjo la confrontación entre ARENA y el FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional). Los jesuitas no eran comunistas. Lo que ellos pretendieron, a toda costa, fue el diálogo entre las partes enfrentadas. Pero eso justamente es lo que no toleraba la derecha intransigente de ARENA. Su ley era la ley del más fuerte. Por eso mataron al jesuita Rutilio Grande, luego a Mons. Romero, a Ellacuría y los otros jesuitas de la UCA, a varias religiosas norteamericanas, y sobre todo a miles de campesinos que no querían nada más que defender sus derechos más elementales.

En 1992 se firmaron los acuerdos de paz. Pero ARENA siguió y sigue en el poder. Ahora, los dueños del país son 21 familias multimillonarias. En el Salvador hay mucho dinero. No hace mucho escuche, en un canal salvadoreño de TV, que de los 15 Bancos más potentes de Centroamérica, 9 están en el país más pequeño. La consecuencia de este estado de cosas es que la violencia, en aquel país, es ahora más brutal que durante la guerra civil. Ya resulta imposible saber el número de muertos, desaparecidos, secuestrados, violaciones, robos. Las “maras” (bandas de delincuentes profesionales perfectamente organizadas) se han repartido las ciudades y barrios en los que cada una ejerce la violencia más brutal. El narcotráfico campa a sus anchas. Y la policía, unas veces por miedo y con frecuencia por complicidad con los narcotraficantes, es ineficaz para controlar la situación. La raíz de tanta violencia está, sin duda alguna, en la descomposición del tejido social. Bastante más del 50 % de las familias son lo que los sociólogos llaman familias “desestructuradas”. Por ejemplo, es frecuente encontrar chiquillos que no saben quién es su padre. Como es significativo el hecho de que las abuelas sean las que están garantizando la seguridad y el cuidado de miles de niños. Así las cosas, la tarea más urgente en aquel país es, sin duda alguna, la educación. Toda la solidaridad que se oriente en esa dirección se quedará corta. Lo sé por propia experiencia, después de quince años trabajando con una “comunidad de desarrollo vecinal” en la que 42 familias, unidas y bien organizadas, están dando frutos que no podíamos ni imaginar. Como dijo el actual rector de la UCA, J. M. Tojeira, “los muertos con espíritu van venciendo gradualmente a quienes los asesinaron”.

José M. Castillo

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martes, 30 de diciembre de 2008

Terrorismo religioso

El ataque de Israel a la ciudad de Gaza, que se anuncia como el principio de una larga guerra, nos motiva, una vez más, a reflexionar sobre las misteriosas e inquietantes relaciones entre religión y violencia. Lo que nos lleva inevitablemente a pensar en algo tan brutal, que mucha gente no se atreve a ponerle nombre. Pero hay que ponérselo. Me refiero al “terrorismo religioso”. Si por terrorismo se entiende la “dominación por el terror” (DLE), la historia nos enseña que, efectivamente, no pocos grupos religiosos, de antes y de ahora, se han dedicado y se dedican a intentar dominar a la gente utilizando para ello la violencia que desencadena el miedo y el terror. No hay que remontarse tiempos antiguos. Desde la guerra civil española del 36 hasta el día de hoy, las guerras que, por el motivo que sea, han sido (y son) guerras, en las que la religión ha jugado un papel determinante, son ya incontables. Pero no hablo sólo de guerras. Porque hay otras formas de violencia que infunden terror, es decir, hay mil formas de “terrorismo religioso”, por más que quienes lo causan no sean conscientes de que, en realidad, son auténticos terroristas. Terroristas quizá de cuello blanco, de alta alcurnia y de mucho rango. Pero, a fin de cuentas, personas o instituciones que, con lo que hacen y dicen, cumplen al pie de la letra la definición de terrorismo: “dominación por el terror”, el “miedo muy intenso”, a veces, tan intenso que el que lo padece ni se atreve a pensar que su vida y sus decisiones están motivadas por el miedo. Y es que hay víctimas del terrorismo que ni son conscientes de que lo son. Hasta ese punto el miedo puede llegar a ser una forma de terror que inhibe hasta la capacidad de pensar para tomar conciencia de lo que realmente padece uno mismo en su intimidad secreta.

Las relaciones entre religión y violencia son un hecho patente. Lo que ocurre es que la religión suele infundir en los creyentes tanto respeto que nos dificulta para darnos cuenta de que el fenómeno religioso, mal interpretado o manipulado por turbios intereses, nos incapacita para ver con objetividad y claridad los desastres de miedo y terror que produce en la sociedad y en cada uno de nosotros.

Dicho esto, creo necesario dejar muy claras tres cosas: 1) Nunca la religión es la única causa que desencadena las guerras y otras formas de terror social. Porque en estos casos los intereses políticos y económicos son evidentes. 2) Desde el momento en que el concepto de Dios se identifica con el Trascendente y el Absoluto (sin más precisiones), la religión resulta un peligro que, en manos de hombres con poder y sin escrúpulos, sirve admirablemente para justificar la violencia, para legitimar el terror, para maquillarlo y hacerlo asumible a tantas criaturas indefensas que prefieren la sumisión porque no se ven con fuerzas para soportar el peso de la libertad. 3) Cuando la religión se asocia con esperanzas que trascienden esta vida, en ese caso el peligro de violencia y la fuerza del terror se refuerza hasta lo inimaginable. Porque lo más seguro es que, en tales esperanzas, se basan los motivos fuertes que empujan a los terroristas suicidas que, tras una muerte instantánea, esperan un paraíso de delicias eternas. Es claro que con semejante discurso se fabrican suicidas violentos en serie. Como también, utilizando hábilmente la esperanza en el cielo, se puede fabricar cobardes resignados y bien dispuestos a soportar lo que les echen encima porque ¿qué importan las penalidades que sufrimos en este valle de lágrimas si las comparamos con el peso de gloria que nos espera? A veces, me da por pensar que este terrorismo puede ser más cruel, para el que lo padece, que el de los suicidas. A fin de cuentas, el suicidio es cuestión de segundos, en tanto que la resignación puede prolongarse durante una vida entera. Es evidente que el terrorista suicida mata quizá a mucha gente. Pero no es menos verdad que, si en este mundo hubiera menos resignación sumisa y más libertad para no soportar las injusticias, es seguro que este mundo sería distinto, seguramente mucho mejor de lo que imaginamos.

Decididamente, una de las cosas que más nos urgen a todos es afrontar en serio el problema de la religión. No para acabar con ella. Ni para pretender ingenuamente marginarla de la vida de los individuos o de la sociedad. Me parece que eso nadie lo va a conseguir. El problema no está en eliminar la religión, sino en persuadirnos de que se puede vivir de otra forma. No pretendo inventar nada. Porque, al menos desde el punto de vista de mi tradición religiosa (la cristiana), hace ya casi veinte siglos que la cosa se inventó. Lo que pasa es que, en estos veinte siglos, hemos sido muchos los cristianos traidores que hemos traicionado el invento. Me refiero al invento que consiste en este solo proyecto: “jamás se puede anteponer una idea (ni religiosa ni política) al bien y a la felicidad de un ser humano, sea quien sea”. Un Dios o una religión que le amargan la vida a los humanos, que les meten miedo, que los someten mediente terrores, quizá tan sutiles que ni nos damos cuenta de ellos, ese Dios y esa religión, no sólo son mentiras y patrañas, sino que sobre todo son un peligro público de consecuencias imprevisibles. Ya está bien de utilizar a Dios y a la religión para matar personas, marginar a colectivos enteros, por ejemplo a las mujeres, o para humillar a seres que no tienen la culpa de ser como son, los homosexuales, pongo por caso. Todo esto, se haga como se haga o por más que se justifique con los más sutiles argumentos teológicos, en realidad, no es sino terrorismo religioso.


José M. Castillo

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lunes, 29 de diciembre de 2008

¿Belén o Nazaret?

La opinión popular generalizada es que Jesús nació en Belén. Esto se dice en el capítulo 2 de los evangelios de Mateo y Lucas. Pero no se dice en ningún otro sitio del Nuevo Testamento. Mientras que de Jesús se afirma que era “Nazareno”, oriundo de Nazaret (“nazarênos”) seis veces (Mc 1, 24; 10, 47; 14, 67; 16, 6; Lc 4, 34; 24, 19). Y otras once veces se le llama “nazôraios” (Mt 2, 23; Lc 18, 37; Jn 18, 5. 7; 19, 19; Hech 2, 22; 3, 6; 4, 10; 6, 14; 22, 8; 26, 9), que corresponde, tanto en el aspecto sintáctico como semántico, al término anterior que indica de dónde era Jesús (H. Kuhli). La equivalencia de ambos términos aparece en el uso que se hace de ellos en Mc 14, 67 y Mt 26, 71. También en Mt 2, 23. Prescindo de otras precisiones técnicas que discuten los especialistas. En todo caso, está claro que, según una gran mayoría de textos del Nuevo Testamento, Jesús no era de Belén, sino de Nazaret.

Entonces, ¿por que los evangelios de la infancia dicen que Jesús nació en Belén? Porque Belén era la ciudad donde el rey David recibió la unción real (1 Sam 16, 4. 18; Rut 1, 2. 19; 4, 11). De ahí que Belén era la “ciudad de David” (Lc 2, 4. 11. 15). Y los judíos tenían la convicción de que el Mesías nacería en Belén, no en Galilea (Jn 7, 42). La relación del Mesías con el rey David ya se encuentra en Rom 1, 3-4 y en 2 Tim 2, 8. La estima que el pueblo de Israel sentía por su gran rey David se debía cumplir plenamente en el Mesías.

Lo que pretendo aclarar, al explicar todo esto, no es meramente una cuestión histórica. ¿A qué viene discutir un asunto de tan poca importancia como es saber si Jesús nació en Judea o en Galilea? ¿No da igual lo uno que lo otro? Por supuesto, no es lo mismo. ¿Por qué? El nacimiento de Jesús en Belén no es un dato histórico, sino un “teologúmeno” (una idea teológica narrada como un dato histórico) (J. P. Meier) con el que se pretende exaltar al Mesías, al presentarlo como un ilustre descendiente de la familia del rey David. Por el contrario, si Jesús nació en la aldea de Nazaret, entonces era un “donnadie”. De Nazaret no podía salir nada bueno, se pensaba en aquel tiempo (Jn 1, 46). La ridícula vanidad de presumir de un origen ilustre, de una buena familia o de un sitio importante ya funcionaba entonces. Y es que se sabe que Galilea y los galileos tenían mala fama en tiempo de Jesús. Galilea era la región de los pobres y sus gentes eran vistas como ignorantes, poco religiosos y, a veces, como disidentes subversivos contra los romanos. En Hech 5, 27 se menciona a “Judas el Galileo” y se sabe que Pilatos ordenó una matanza de galileos (Lc 13, 1-2). Es más, a los galileos se les llegaba a considerar como ignorantes, impuros, con los que no había que relacionarse (TB Pesahim 49b). Es famosa la exclamación de Yojanán ben Zakkai: “Galilea, Galilea, tú odias la Torá” (Ley divina) (M. Pérez Fernández).

Ya se ve, pues, que si he planteado la cuestión del pueblo donde nació Jesús, no es por una simple curiosidad histórica. Y menos aún por afán de decir cosas novedosas. Se trata de un asunto muy serio. Jesús no vino a este mundo para presumir de orígenes ilustres o antepasados famosos, por más que eso se considere importante para prestigiar a un mensajero divino. Si algo hay claro en los evangelios, es precisamente lo contrario. Jesús vino a quitarnos los humos de ridículas grandezas. Porque sabía muy bien que nuestros ingenuos orgullos son una de las muchas manifestaciones de nuestros inconfesables sentimientos de omnipotencia, anhelos turbios que nos dividen, nos distancian y nos enfrentan. Con semejantes pamplinas, la convivencia se nos hace más difícil y los rechazos de unos a otros son constantes. Y lo peor de todo es cuando todo eso se reviste con argumentos religiosos que sólo sirven para hacer cada día más odiosa y detestable la dichosa religión.

A ver si de una vez nos metemos en la cabeza que el nacimiento de Jesús, en una aldea perdida, desconocida y despreciada, en una familia a la que nadie daba importancia alguna (Mc 6, 1-6), es el indicador más claro de que, cuando Dios entra en la historia, lo hace de forma que se despoja de todo su poder y su gloria, se identifica, no con las familias ilustres y los títulos famosos, sino con los últimos, los desconocidos, los “nadies”. ¿Es que era masoquista? No se trata de eso. La clave de todo este asunto está en que la “encarnación” de Dios, en el desconocido y humilde ciudadano Jesús de Nazaret, nos viene a decir, a quienes nos consideramos cristianos, que este mundo tiene solución y salvación, no desde arriba, sino desde abajo; no desde los primeros, sino desde los últimos. Porque los últimos no tienen - ni pueden tener - nada más que su humanidad. No tienen títulos, ni poderes, ni influencias. Sólo tienen su condición humana, la debilidad y las muchas carencias de los humanos. En lo poco que tienen los últimos, todos coincidimos. En eso, y sólo en eso, es donde lo que llamamos Dios se puede hacer presente. Porque Dios no viene a dividirnos. Y menos aún a enfrentarnos. Dios sólo puede estar en lo que nos une, en lo que no tenemos más remedio que coincidir todos. Dicho sin remilgos: cada día veo más claro que los “dioses” que nos dividen, nos separan, nos humillan o nos enfrentan, son “dioses de mentira”. En Jesús podemos decir que se hace presente Dios porque en Jesús Dios se despoja de las grandezas de lo divino y se funde con lo humano, con lo mínimamente humano, en lo que todos somos iguales.


José M. Castillo

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domingo, 21 de diciembre de 2008

El derecho de los codiciosos

¿Dónde está la raíz de la crisis económica que estamos padeciendo? Se dice que la explicación de este desastre radica en la codicia de los gestores de las grandes empresas. Y es verdad. Cuando la economía mundial se ha organizado de forma que se ha convertido en una “economía electrónica”, no nos hemos dado cuenta, cuando todavía el desastre se podía remediar, que estábamos instalados sobre un polvorín que en cualquier momento podía estallar. Cuando se crea una economía en la que los gestores de fondos, bancos, empresas o simplemente los millones de inversores individuales, pueden transferir cantidades enormes de capital de un lado del mundo al otro apretando el ratón de su ordenador, a nadie se le debería haber ocultado que estábamos al borde de un precipicio cuyo fondo nadie conoce todavía. Si un individuo, con el simple gesto de apretar un dedo, puede desestabilizar lo que podían parecer economías fuertes, como ocurrió en Asia en la década de los 90, tendríamos que habernos dado cuenta de que la codicia de los más poderosos podía, en cualquier momento, desestabilizar al mundo entero. Y eso es lo que ha ocurrido.

¿Quiere esto decir que los grandes empresarios, que han causado este desastre, y los políticos que lo han permitido, son más codiciosos que el resto de los mortales? No creo que eso sea así. Porque codicias y codiciosos siempre ha habido. Y los hay por todas partes. Lo que ha pasado es que ahora se han dado las condiciones propicias para que la codicia de unos cuantos haya tenido la fuerza necesaria para desestabilizarnos a todos. ¿Por qué? No porque haya aumentado la codicia de unos cuantos, sino porque no ha existido una legislación y un derecho de ámbito mundial con el poder y las garantías necesarias para impedir que ocurriera lo que ha ocurrido. Cuando la justicia y las leyes están pensadas y organizadas de manera que lo que se impone no es “la ley del más débil” (L. Ferrajoli), sino “el interés del más fuerte”, entonces la economía cesa de ser “un servicio para los ciudadanos” y se convierte en “una fuerza salvaje, orientada exclusivamente aganar dinero rápido a expensas de los consumidores” (L. Napoleoni).

Es un hecho que la manera de pensar que está persuadida de que “el beneficio es lo que cuenta” (N. Chomsky), es un componente constitutivo de la cultura de Occidente. Y esto, no sólo como apetencia interna del ser humano, sino sobre todo como componente del Derecho que ha configurado nuestra cultura. Me refiero al Derecho romano. Pues bien, lo que siempre interesó a los creadores del Derecho romano (base del Derecho de Occidente) eran “las reglas que gobernaban la propiedad individual y las acciones derivadas de ésta” (Peter G. Stein). Esto explica por qué los juristas de la antigua Roma dieron tanta importancia al Derecho privado y apenas se preocuparon de los asuntos públicos. Ya las XII Tablas (451 años a. C.) disponían que si el propietario de una casa capturaba a un ladrón cuando robaba, si el ladrón se resistía al arresto, el propietario podía matar al delincuente. Era una forma eficaz de enseñar que la propiedad privada está antes que la vida humana. Y la historia de nuestra cultura occidental se ha encargado de dar cuenta fehaciente de que el poderoso Occidente ha tomado en serio que la propiedad es más importante que la vida. Ahora empezamos a comprender la atrocidad que hemos hecho, cuando a fuerza de agresiones a toda forma de vida, nuestro Derecho (y nuestra codicia) de propiedad está a punto de liquidar las fuentes mismas de la vida en el planeta. Al decir esto, no hablo de comportamientos éticos. Insisto en que, al decir estas cosas, estoy hablando de uno de los pilares básicos (el Derecho) de una cultura, la llamada cultura de Occidente. Por supuesto, nuestro Derecho no dice que se puede matar para apoderarse de lo ajeno. Pero es que lo grave de nuestro Derecho no está en lo que dice, sino en lo que no dice. De ahí el vacío legal que ha hecho posible tanto atropello financiero. Y - lo que es más indignante - que, después de lo ocurrido, los gigantes de la codicia, cuyos nombres y rostros se conocen, están todos en la calle disfrutando impunemente de sus asombrosas fortunas. ¿No se podía haber evitado semejante atrocidad? Seguramente, el vertiginoso crecimiento de la economía y el alarmante debilitamiento de la política han fomentado el logro de tanta barbarie. Me temo que estamos pagando los costos espantosos que ahora nos impone la matriz jurídica y cultural en la que nacimos y en la que nos han educado. En el s. XIX, Bermhard Windscheid, en su excelente estudio sobre el espíritu del Derecho romano, advertía que la tradición de este cuerpo legal dio la máxima libertad a la propiedad privada y redujo al mínimo la responsabilidad de los hombres de negocios. Occidente ha redactado la Carta de los Derechos Humanos. Pero antes codificó el Derecho romano, por cuyos principios se ha configurado nuestra cultura. La cultura en la que hemos sido educados. Lo hemos mamado. De forma que esto nos constituye sin que nos demos cuenta. Por eso se comprende la mentalidad brutal de tanta gente cultivada en los saberes que impregnan el tejido social en el que nos hemos criado. Por eso me atrevo a decir que no nos entusiasmemos con esperanzas fundadas en Obama y sus economistas o en posibles decisiones que se vayan a gestar en Bruselas. Por muy importante que sea el acierto de los economistas y la gestión de los políticos, me temo que el problema no tendrá solución si no cambiamos de mentalidad. Mientras sigamos pensando que lo mío es mío y que la ganancia es lo que importa, podemos estar seguros de que no salimos de la crisis. Y si es que levantamos cabeza, antes o después nos volveremos a hundir. Por no hablar de los más de mil millones de seres humanos que ya están abocados a una muerte cercana y sin remedio.

José M. Castillo

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