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jueves, 26 de marzo de 2009

La religión y (los) Bergman

Mario Goloboff

¿Quién, en nuestros años mozos, no acudía a ver el cine de Ingmar Bergman como se asiste a un templo? Al igual que, años después, las obras de Woody Allen o, ahora, las de Quentin Tarantino, las películas del artista sueco formaban parte de lo más refinado de la cultura audiovisual, aquí y en el extranjero poblaban nuestros atardeceres y nuestras noches, y luego los cafés y las discusiones, con el recuerdo de sus imágenes artesanalmente elaboradas, de sus diálogos escuetos y abismales, de su hermetismo y extrañeza, de su erotismo a contrapelo de las enseñanzas recibidas, de su belleza nueva y cómplice.

Aquel hijo de pastor protestante, que había vivido en el presbiterio una infancia rígida y atormentada, una juventud rozada apenas por el nazismo y la guerra, y una lenta y larga madurez signada por su rica y profunda productividad, nos comunicaba una filosofía en la que sombríamente se mezclaban Sören Kierkegaard con Martin Lutero, Johann Sebastian Bach con Wolfgang Amadeus Mozart, y las preguntas por el amor, la muerte o el destino humano con la ignorancia o el alejamiento definitivo de la religión: “Dios y yo nos hemos separado hace ya mucho tiempo. Aquí estamos, sobre esta tierra, y ésta es nuestra única vida”, declararía en 1976.

Incomodidad metafísica e intelectual, estremecimientos y temblores, vacilaciones, inseguridades producían sus escenas, sus frases en la doble “noche oscura” mística del cine o, fuera de él, en la áspera tiniebla de la identidad personal. Incertidumbres, sí, y hasta temores, que hacían pensar en el vasto mundo, en la realidad y en la irrealidad de la realidad, a través de esas representaciones fílmicas, circenses, teatrales, las que fueron sus primordiales pasiones.

De aquellas dudas y enseñanzas, al cabo de los años, no salimos peor. Al contrario, me parece que aprendimos a pensar, que es, quizá, lo más auténtico, lo único importante que un joven, y un no tan joven, deben aprender. A pensar lo abstracto y lo concreto, la complejidad, la espesura y la diversidad de lo real.

En la otra margen de la civilización occidental, qué lejos de aquel genio, de aquel sabio, qué deformación o asimilación insuficiente de los mandatos celestiales, estos pequeños gestos del homónimo rabino, con su kipá de colorinche, su ademán admonitorio y su discurso enhiesto; con sus respuestas elementales a los insondables problemas del miedo, en la escenificación, para la plaza pública, del asustadizo sermón.

Doctor de un pueblo que asumió en carne viva, repetidamente, la opresión y las gestas liberadoras, se caricaturiza en sus jeremíacos lamentos y en el reclamo de vigilar y de castigar más, de reprimir más, de encerrar más. Reincidente él también en su vocinglera actuación, el religioso juega, como en el kafkiano teatro popular de Oklahoma, el papel de sí mismo, y simula lo que ellos quieren escuchar. Retruécanos que avergonzarían a Gracián: “Como puede ser que el mal trabaje tan bien y que el bien lo haga tan mal”; facilidades: “El legado de Perón no puede ser el legado de Nerón”; dudosas fraternidades en las que, generoso, se conchaba, pastorilmente, de alguacil: “Tenemos que tomar eso que aprendimos de los hermanos del campo. Hay que organizarse para defendernos”; rencorosas aunque modestas consignas de comité: “Hay que llenar las mesas para que no nos roben los votos”. Dispuesto a mezclarse y a ser portavoz de tantos pecadores, y a participar, de ser posible, en los asuntos del Estado, el personaje se siente destinado a hacer cumplir lo que alguna vez llamaban “el efecto Prigogyne”: un Dios fuerte y un Príncipe débil, para garantizar el mínimo de desorden público y de orden teológico sin los cuales su actividad (intuimos, espiritual) carecería de sentido.

Menos imaginativo todavía que él, se me ocurre, viéndolo, escuchándolo (entre divertido y atónito, lo admito), sólo una próxima película, igualmente leve y de corta trascendencia. En la cual Liv Ullmann o Bibi Anderson demanden, con anteojos negros y en una conferencia de prensa ad hoc, medidas fuertes para los rubios delincuentes suecos, la prohibición del alcohol, por ejemplo, o de la libertad sexual. Hay, eso sí, una duda sobre el título: ¿el innovador Yo no soy fascista. Tengo un marido judío u otro, probablemente repetido, El huevo de la serpiente?


Mario Goloboff
Escritor, docente universitario.
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-122127-2009-03-26.html

Comentarios y FORO...

domingo, 7 de diciembre de 2008

«La Iglesia es un obstáculo para entender el Evangelio»

No le gusta utilizar el término profeta. Por respeto a lo que significa. Pero, sin duda, José María Castillo, es uno de los últimos teólogos-profetas. De los que anuncian el gozo de la autenticidad del Evangelio. Y de los que denuncian su perversión. Su obra, “La religión de Jesús” (Desclée) son comentarios de los textos litúrgicos, en los que aparece un Jesús preocupado sobre todo por la salud y la alimentación de la gente. El teólogo asegura que su “hogar intelectual y espiritual sigue siendo la Compañía de Jesús” y considera que “mantener a Losantos en la COPE hace daño a la credibilidad de la Iglesia”.

P.- Un libro significativo desde su título: “La religión de Jesús”.

R.- Decidí escribir este libro y ponerle ese título por dos motivos. En primer lugar, porque el tema de la religión es más preocupante en estos momentos que el tema Dios. Y en segundo lugar, una de las cosas más sorprendentes de los Evangelios es un Jesús profundamente religioso y, al mismo tiempo, en conflicto con la religión. Con los dirigentes de la religión, con el Templo. Hasta tal punto que éstos últimos lo condenaron a muerte y lo mataron. Es decir, Jesús vive un conflicto radical con la religión, con su religión.

P. ¿Esta es, entonces, la tesis del libro?

R.- Se trata de constatar algo que está en los Evangelios. A saber, que una lectura de los Evangelios hecha desde los criterios de la religión establecida nos imposibilita para entenderlos.

P.- ¿Quiere eso decir que el catolicismo actual dificulta el acceso al Evangelio?

R.- La Iglesia es un gran obstáculo para entender el Evangelio. Por eso, grandes sectores de la Iglesia y del clero le tienen mucho miedo al Evangelio. Y es que Jesús denunció al Templo y, por supuesto, no instituyó el sacerdocio. Y la eucaristía no fue un rito religioso, sino una cena de amigos. Es decir, la Iglesia ha asumido una serie de prácticas que no están de acuerdo con el Evangelio.

P.- ¿Por ejemplo y en concreto?

R.- Por ejemplo, tener templos. La Iglesia no tuvo templos hasta el siglo IV. Los cristianos se reunían en las casas. Y también todo lo ligado al templo. Desde los altares a los sacerdotes convertidos en funcionarios de esos templos. Es decir, Jesús no instituyó un clero como el que tenemos ahora en la Iglesia. Por ejemplo, los presbíteros vivían de su trabajo y no eran obligatoriamente célibes.

P.- ¿Y la jerarquía episcopal?

R.- La jerarquía episcopal pertenece a la estructura divina de la Iglesia. Jesús elige a los apóstoles para presidir las comunidades. Lo que pasa es que, con el paso del tiempo, la jerarquía se transforma en un episcopado monárquico y en la Iglesia se pierde la práctica democrática. Obispos, sí, pero no separados del resto de los creyentes ni célibes. Dicho de otra forma, el sistema organizativo actual del episcopado no proviene de Jesús.

P.- ¿Qué es lo que va a encontrar el lector que se acerque a su libro?

R.- Se encontrará con comentarios a los textos litúrgicos del Evangelio de cada día. No una exégesis completa, pero sí los puntos clave de cada texto.

P.- ¿Comentarios académicos y espirituales viniendo de quien vienen?

R.- Sí y, en esencia, que les sirvan a la gente para dos cosas. Primero, para conocer el Evangelio. Los católicos lo conocen muy poco, a diferencia de los protestantes. Y en segundo lugar, comentarios que les sirvan a la gente para orar y reflexionar.

P.- Conociendo a su autor, imagino que desde una óptica muy profética.

R.- No pretendo ser ni soy un profeta. Es una palabra a la que le tengo mucho respeto por todo lo que simboliza y encarna. Pero sí un teólogo crítico. Porque Jesús también fue muy crítico y quebrantaba continuamente las normas: comía con pecadores y publícanos, acogía a las mujeres, compartía su vida con los pobres y los pecadores...

P.- ¿Los críticos también son evangélicos?

R.- Claro. Ser crítico es ayudar a entender y a vivir la entraña, la clave y el núcleo de los textos evangélicos.

P.- ¿Con sugerencias prácticas?

R.- La principal sugerencia es cultivar la humanidad. Tenemos que ser humanos, Dios en Jesús se humanizó, se vació de sí mismo. Ese es el misterio de la Encarnación: la humanización de Dios. Jesús nos enseñó, ante todo, a ser profundamente humanos. Lo indispensable para acceder a Dios es humanizarnos. Porque, en cada uno de nosotros, está mezclado lo humano y lo inhumano.

P.- ¿Quiere decir que la tarea del creyente es humanizarse o liberarse de la deshumanización?

R.- Claro. Antes de hablar de caridad, tenemos que hablar de respeto, de dignidad, de tolerancia, de estima, de sensibilidad con los sufrimientos de los demás. Tenemos tendencia a hablar de cosas sublimes, pero lo primero, lo mínimamente humano, aquello en lo que todos los seres humanos coincidimos es nuestra condición carnal, la carnalidad.

P.- ¿Y además de la carnalidad?

R.- La alteridad: nos necesitamos unos a otros.

P.- ¿Estas dos condiciones, la carnalidad y la alteridad, están muy presentes en el Evangelio?

R.- A Jesús le preocupan fundamentalmente tres cosas. Primero, se preocupa constantemente por la salud de la gente. De ahí los milagros o las curaciones. ¿Eran milagros? Difícil de determinar. Lo que sí está claro es que Jesús no soportaba ver a una persona sufriendo. Por eso, siempre está preocupado por la salud de la gente.

P.- ¿La segunda preocupación de Jesús?

R.- La preocupación por la alimentación. Los Evangelios están llenos de pasajes que muestran constantemente la preocupación de Jesús por la salud y por la alimentación de la gente. De ahí que comparta la mesa. Es la comensalidad.

P.- ¿Y su tercera preocupación?

R.- La alteridad, las relaciones humanas, el respeto, la aceptación de las diferencias. Por eso, Jesús se acercó más a lo ‘peor’ de su época: los pobres, las mujeres, los extranjeros o los samaritanos. Y de todos ellos hay relatos conmovedores.

P.- ¿Cuál es el texto evangélico que más le llega?

R.- El que más me impresiona es el del Juicio Final: Tuve hambre y me disteis de comer...Se trata de una enumeración de situaciones de sufrimiento. El juicio último no se hace en función de la fe ni de Dios, sino en función de la relación con los demás.

P.- ¿Y el autor? ¿Cómo se encuentra el autor del libro?

R.- Divinamente. Soy feliz y estoy lleno de optimismo e ilusión, a mis 79 años. A los 78 salí de jesuita, porque creía que así iba a tener una libertad de la que no disponía dentro. No porque la Compañía fuese rígida, sino porque es una institución que tiene que rendir cuentas a otra institución mayor que es la Iglesia. Y había exigencias que afectaban a la institución y que las vivía como un bloqueo.

P.- ¿Su hogar intelectual y espiritual sigue siendo la Compañía?

R.- Por supuesto. Sigo inmerso en los jesuitas. Todo lo que soy y todo lo que tengo se lo debe a los jesuitas. Y por eso no quise seguir creándoles problemas. Además, quería disponer de libertad para poder decir todo lo que pienso. Y me alejé de La Compañía para tener más libertad y no ocasionarle más quebraderos de cabeza. Pero mi hogar espiritual sigue siendo la Compañía de Jesús.

P.- ¿Le duele la situación actual de la Iglesia española?

R.- Me duele y mucho. Porque hay un éxodo muy grande de gente que se aleja de ella. Su imagen pública no ayuda a que la gente de hoy se acerque al Evangelio.

P.- ¿Hay división en la Iglesia? ¿Hay dos Iglesias?

R.- Hay una fractura evidente entre los grupos más fundamentalistas y los más abiertos.

P.- ¿Se han roto los puentes entre ambos sectores?

R.- Y cada día se rompen más. Entre otras cosas, porque la mayoría de la jerarquía se ha inclinado hacia los grupos más fundamentalistas y hacia la derecha política e ideológica.

P.- ¿Le ha desilusionado el Papa Ratzinger?

R.- En un principio, pensé que su categoría teológica iba a influir en el impulso a la renovación de la Teología. Pero no ha sido así. Y me preocupa profundamente el empobrecimiento de la Teología. La generación de los grandes teólogos del Concilio no tuvo sucesores. Y, además, hay una regresión evidente en todos los aspectos.

P.- ¿Qué opina de la polémica de los crucifijos en la escuela pública?

R.- Yo no haría problema de eso. Cristo terminó crucificado, algo que, en aquel tiempo, era lo más laico. Era la ejecución de una condena legal para esclavos y subversivos. Era, pues, lo más secular y lo más laico. Hoy, es lo más sagrado y ha perdido su significado original. Además, Cristo no murió entre dos ladrones, como suele decirse, sino entre dos subversivos, dos revolucionarios.

P:- ¿Es partidario de exhumar a los muertos de la Guerra civil?

R.- Hay que enterrar dignamente a los muertos de la guerra civil. Es un derecho y una obligación para todos. Los familiares tienen la obligación y el derecho de recuperar a sus familiares y darles una sepultura digna. Eso es algo que está pendiente en España. Y la Iglesia también tiene derecho a elevar a sus mártires a los altares.

P.- Federico Jiménez Losantos vuelve a estar tristemente de actualidad por su polémica con el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón. ¿Qué piensa del comunicador estrella de la radio de los obispos?

R.- Apenas lo oigo. Pero no me agrada. Losantos no le hace bien a la cadena de los obispos. Su forma de decir las cosas me repugna. Me siento mal oyéndolo. Siempre está atacando. No le hace ningún bien ni a la Conferencia episcopal ni a la Iglesia. Si los obispos lo mantienen es porque les da beneficios económicos. Pero mantenerlo le hace daño a la credibilidad de la Iglesia.

José María Castillo, teólogo y autor de "La religión de Jesús"
José Manuel Vidal, periodista
http://blogs.periodistadigital.com/desclee.php/2008/12/05/la-religion-de-jesus-editorial-desclee

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viernes, 29 de agosto de 2008

Los guardianes del recato

Raro es el día que no nos llegan noticias que nos dan cuenta de la violencia de las religiones. Violencia de guerras, de atentados terroristas, de odios y actos humillantes relacionados con la religión. Pero hay una forma de violencia religiosa que se lleva la medalla de oro en todas las olimpiadas que organizan los dioses. Me refiero a la violencia de los que han sido calificados como “los guardianes del recato”. Se trata de la “policía” clandestina, que han organizado los judíos ultraconservadores en los asentamientos de Cisjordania, para velar por la pureza y la castidad más estrictas. La cosa llega hasta extremos increíbles, como es quemarle la cara con ácido a una niña de 14 años por el simple hecho de salir a la calle con pantalones (El País, 18, 08). Por la misma razón, los obispos de México han prohibido vestir una minifalda vaquera a las jóvenes católicas de sus diócesis. Y por un motivo similar, será muy raro ver a una joven musulmana jugar un partido de tenis, un deporte que no resulta fácil de practicar con el atuendo que su religión les exige a las mujeres.

¿Por qué esta obsesión de las grandes religiones por este asunto del sexo? Por supuesto, el machismo de las antiguas culturas androcéntricas tiene mucho que ver con esto. Se sabe que, en la cultura de la Grecia clásica, las ideas puritanas dan la cara hacia el s. V (a. c.). Fue Pitágoras el que tomó estas ideas de los chamanes de las religiones del Norte, desde Europa, pasando por Siberia, hasta el Pacífico. Quien más lejos llegó en esta orientación disparatada fue Empedocles, que se atrevió a prohibir el matrimonio como perverso. Hasta que llegó a imponerse la convicción de que “la pureza, más bien que la justicia, es el medio cardinal de la salvación” (E. R. Dodds). Así las cosas, resultó inevitable que estas ideas pasaran de Grecia a las otras culturas del Mediterráneo. Por supuesto, al judaísmo. En la Jerusalén de tiempos de Jesús, las mujeres, los esclavos y los niños eran los tres grupos que siempre tenían que estar sometidos a un amo, que decidía por quienes eran posesión suya (Joachim Jeremias). Por aquel tiempo también, un judío helenista, Filón de Alejandría, escribió: “la descendencia femenina del alma es el vicio y la pasión, mientras que la descendencia masculina es la virtud”. Como es lógico, todo esto influyó decisivamente en el cristianismo y ha marcado la cultura de Occidente. La morbosa obsesión de no pocos predicadores cristianos, confesores y directores espirituales es cosa bien sabida y dolorosamente sufrida por tantas gentes de beuna voluntad que, todavía en los tiempos que corren, están en las listas de espera de sicólogos y siquiatras. Sería falso echar la culpa de tanto destrozo humano a los curas. Pero nadie duda de que el clero ha tenido, y sigue teniendo, no poca responsabilidad en los problemas que genera el sexo. Problemas que las religiones, en lugar de ayudar a resolverlos, lo que han hecho, con demasiada frecuencia, ha sido agravar situaciones que han terminado por romper familias y desequilibrar conciencias.

El fondo del problema es “cuestión de poder”. Sea cual sea la explicación última de todo esto, hay un hecho de sobra conocido: el que domina la fuerza del deseo, los afectos y el sexo de otra persona, tiene controlada y dominada a esa persona. De aquí nace lo que se ha dado en llamar la violencia de género, con los ríos de sangre humana que eso ya ha costado. Y los que costará. En el caso de la religión, la cosa se complica, concretamente cuando la religión no cuenta con un poder coercitivo. Porque entonces echa mano de los oscuros mecanismos de la conciencia, los sentimientos de culpa y los miedos inconfesables, que pueden ser miedos de eterna condenación; o miedos de reprobación social, que suelen ser más duros de soportar que el miedo al castigo eterno.

Como sabemos, el puritanismo religioso es un asunto tan serio, que tiene poder para influir decisivamente en las elecciones presidenciales de Estados Unidos o de cualquier país en el que la religión siga teniendo una presencia consistente. Es la fuerza de los grupos fundamentalistas que ahora, cuando muchos piensan que la religión está más debilitada que nunca, sorprendentemente tiene más poder de lo que podemos imaginar. Y ahí está el peligro. Esos grupos integristas son minoritarios, pero cuentan con el apoyo de los dirigentes religiosos y de los poderes políticos que esperan sacar votos de la religión conservadora en las campañas electorales. Y es que, “después de todo, la religión no ha desaparecido y en algunos círculos ha llegado a ser más militante que nunca. En los tres monoteísmos, los fundamentalistas han reaccionado airadamente a los intentos de llevar la fe al ámbito de lo privado y la han rescatado del olvido” (K. Armstrong). Es bueno que se luche por rescatar la fe del olvido y el desprecio. Lo que no es bueno es que eso se haga apoyándose en poderes criminales, que nada tienen que ver con la inspiración original de las religiones. No sé lo que van a conseguir las religiones que han echado por este camino y se han echado en los brazos de los grupos más fundamentalistas. Lo que sí sé es que, si las religiones siguen por este camino, la fe será cada día cosa de menos gente. Cosa de gente más bien rara. Y, sobre todo, será una fuerza que en vano fomentará la pureza. Y con seguridad ayudará a que cada día sea más débil la justicia, que nos puede devolver la esperanza de un mundo más humano.

José M. Castillo

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